dossier Paz DIC.2024

Diego Trujillo-Pisanty

La bomba de 300 años (doce años después de su creación)

Para este número, la reflexión sobre la paz en las artes visuales se comisionó al artista Diego Trujillo-Pisanty, quien, en 2012, creó un artefacto electrónico con materiales durables que se asemeja a un explosivo. En realidad, se trata de una batería oculta de muy larga duración, que alimenta una pantalla con diez dígitos hecha de tecnología basada en materiales orgánicos. Ésta, a su vez, cuenta en segundos el tiempo que hay en tres siglos; es una cuenta regresiva que no veremos terminar. La bomba de 300 años, como se tituló este objeto artístico, también se sostiene sobre el relato ficticio de su detonación, que desató elucubraciones como un edificio de seguridad para resguardarla y la razón misma de su existencia. Con ello, el artista reflexiona sobre nuestra noción del tiempo, la duración de los conflictos bélicos (y de la violencia), así como la fascinación de la humanidad con las armas, visible en las colecciones de museos y el cine.


El tiempo es quizás uno de los fenómenos más abstractos que experimentamos. A nivel sensorial, se reduce a la percepción del cambio de las cosas o del ambiente en el que nos encontramos, pero el tiempo es más que la mutación de la luz a lo largo del día o el paso de las estaciones durante el año. Es un concepto tan importante en nuestra existencia que la humanidad ha dedicado gran parte de su historia a definirlo, medirlo y optimizarlo.

Diego Trujillo-Pisanty, el contador de tiempo de _La bomba de 300 años_, 2012. Tecnología orgánica OLED desarrollada por PolyPhotonix, © cortesía del artista.Diego Trujillo-Pisanty, el contador de tiempo de La bomba de 300 años, 2012. Tecnología orgánica OLED desarrollada por PolyPhotonix, © cortesía del artista.

Nuestra concepción actual, por ejemplo, está inevitablemente mediada por las tecnologías que lo rodean —es imposible hablar de él y no pensar en relojes— e incluso se podría decir que tales tecnologías han redefinido la palabra en sí. De la misma forma en que el reloj (en sus diversas manifestaciones) creó un consenso sobre las horas del día que nos permitió operar en sincronía, podemos pensar que tecnologías como la fotografía, el fonógrafo y el cine redefinieron el pasado volviéndolo también un consenso colectivo. Podemos considerar la app como la tecnología dominante de nuestra época, aunque a primera vista no está necesariamente ligada al tiempo. Sin embargo, el éxito de Waze, Uber, Rappi, Tinder, Netflix e Instagram se debe a la promesa de una recompensa inmediata. El tiempo se asimila así a la optimización y al máximo rendimiento que caracterizan a la existencia moderna.

Diego Trujillo-Pisanty, _La bomba de 300 años_, 2012. Dispositivo electrónico de bajo consumo energético, compuesto de una batería y un contador de tiempo, © cortesía del artista.Diego Trujillo-Pisanty, La bomba de 300 años, 2012. Dispositivo electrónico de bajo consumo energético, compuesto de una batería y un contador de tiempo, © cortesía del artista.

Esta indagación sobre el efecto de la tecnología en el concepto de tiempo fue el origen de La bomba de 300 años. El hecho de que un objeto violento produzca víctimas en un tiempo tan distante en el futuro respecto del creador del artefacto invita a reflexionar sobre las temporalidades extensas que especulan, a su vez, sobre la permanencia de las estructuras políticas y sociales. ¿Qué enemistad podría justificar un ataque en trescientos años? ¿Qué pasa con nuestras nociones del tiempo cuando el pasado lejano se vuelve una amenaza y cuando planeamos acciones fuera de nuestro periodo de vida? El diseño y la construcción del artefacto atiende a estas preguntas, centrándose en las tecnologías necesarias para garantizar que el dispositivo detone en el momento planeado. El aparato posee un indicador de cuenta regresiva en segundos que emplea una tipografía diseñada para consumir la menor cantidad de energía posible. El número de segundos se presenta de forma abstracta tanto por su representación gráfica como por la cantidad de sus dígitos, pues resulta imposible medir el tiempo a partir de los diez dígitos de la pantalla y nos queda claro que llegará al cero mucho después de que lo podamos presenciar. Esto nos desconecta del acto violento y éste resulta tan remoto, que las muertes que causará nos son irrelevantes.

Diego Trujillo-Pisanty, la batería de _La bomba de 300 años_, 2012, © cortesía del artista.Diego Trujillo-Pisanty, la batería de La bomba de 300 años, 2012, © cortesía del artista.

De manera paralela, el transcurso de los años afecta nuestra noción de la tecnología. Conforme los dispositivos se vuelven obsoletos, su interacción en lo rutinario pasa al recuerdo histórico. Un teléfono de disco o el icono de “guardar archivo” con forma de disquete ya no pertenecen a la cotidianeidad; es más probable encontrarlos en la vitrina de algún museo o en una tienda de antigüedades. Lo mismo ocurre con los objetos utilizados para ejercer violencia: las colecciones de armas antiguas y armaduras, tan comunes en los museos, aparecen como artefactos dignos de veneración tan sólo por su edad, y rara vez se hace notar que algunas de esas armas cobraron vidas humanas. La bomba de 300 años se pregunta: ¿cuándo le pasa esto a un artefacto funcional? ¿El que la bomba continúe operando basta para negarle su carácter histórico?

Diego Trujillo-Pisanty, el cableado de la batería de _La bomba de 300 años_, 2012, © cortesía del artista. Diego Trujillo-Pisanty, el cableado de la batería de La bomba de 300 años, 2012, © cortesía del artista.

Me interesa señalar que el efecto del tiempo hará que la violencia de la bomba se disuelva y se normalice, como ha pasado con otras armas del pasado. La detonación de la bomba deja de ser una amenaza y se convierte en un espectáculo. Como parte del proyecto se sugiere la construcción de un edificio especial para presenciar la detonación de la bomba de manera segura. La audiencia contemplaría la explosión alejada de la edificación y la población que originalmente se buscó destruir. La conversión de violencia en espectáculo se da al cambiar al dispositivo de contexto tanto en el tiempo como en el espacio. Sin embargo, es el reflejo de una sociedad que comercializa la documentación de actos violentos de manera cotidiana, tanto en portadas de periódicos amarillistas como en programas de análisis geopolítico. Visto de esta manera, La bomba de 300 años no es más que un dispositivo que resalta nuestra relación con otros artefactos de violencia.

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Imagen de portada: Diego Trujillo-Pisanty, boceto de La bomba de 300 años, 2011, © cortesía del artista.