dossier Alturas MAR.2025

Javier Garciadiego

La literatura hipocondriaca de Alfonso Reyes

Leer pdf

Nacido en Monterrey en 1889 y muerto en la Ciudad de México en 1959, Alfonso Reyes vivió setenta años, cifra muy superior al promedio de vida del mexicano de mediados del siglo XX. Lo sorprendente es que siempre tuvo mala salud, desde niño, y que padeció cuatro infartos: uno en 1944, dos en 1947 y el más grave en 1951. Reyes se refería constantemente a sus dolencias y malestares, tanto en páginas publicadas como en escritos privados, incluso íntimos, ya fuera en cartas o en su tenaz y longevo Diario. Hubo épocas en las que describió casi cada día sus padecimientos, al grado de que llegó a conformar un género literario con ello, la literatura hipocondriaca.

​ El primer libro sobre sus enfermedades lo escribió en 1931, a sus 42 años, y lo tituló Memoria a la Facultad. En él hizo un recuento de sus experiencias médicas, especificando malestares y curas. Comienza con el recuerdo de su dentista, un norteamericano ya anciano que se había asentado en Monterrey, pero que al cruzar la frontera había cambiado de oficio, pues antes era un cowboy; resulta comprensible que este dentista, muy “grosero de manos”, lo haya hecho “sufrir lo indecible”.

​ Por otro lado, de niño no sufrió fracturas ni accidentes serios; la explicación es sencilla: no fue “un niño travieso”, por lo que no habría de sufrir “muchos daños”. En cuanto a “dolencias crónicas”, cuenta que padecía una “afección en la garganta” que le producía “una tosecita maniática”; otra secuela de ella, cree Reyes, era su voz “muy ronca y algo ahogada”. Por eso, cuando él y otros amigos organizaron una becerrada en la que se lidió un becerro “tan tierno y tan inofensivo como nosotros”, en el programa fue anunciado como Alfonso Reyes, “el Ronquito”. Poco después sus padres acordaron que se le extirparan las adenoides, por lo que fue sedado con cloroformo, lo que fue “una temeridad”, pues estaba contraindicado. Como fuera, cuando recuperó la conciencia se sintió “resucitado”.

​ Ya siendo adolescente, en el cálido verano del año 1904 se propagó en Monterrey una epidemia de fiebre amarilla. En algún momento, Reyes se sintió enfermo, con temperaturas altas. El médico aseguró que los síntomas “eran claros” y le recomendó reposo, pero a los dos días el mismo médico declaró que “los síntomas se habían desvanecido como por ensalmo”, y poco después lo dio de alta. Alfonso Reyes, convencido de que gozaba de padecer siempre “síntomas atenuados”, presumía haber padecido una fiebre amarilla “bien educada”.

George Kirtland, Dos vistas laterales del corazón humano, 1806. Wellcome Collection, dominio público.

​ ¿Qué sentido le vio a escribir una pequeña autobiografía teniendo como hilo conductor sus enfermedades? Muchos escritores han escrito memorias amorosas, intelectuales, de viajes, pero pocos se han enfocado en los recuerdos de las enfermedades sufridas. Alfonso Reyes lo hizo, a pesar de que negaba ser hipocondriaco, o incluso ser simplemente “aprensivo”. Su siguiente recuerdo fue el de una peritonitis, allá por 1910. Por ese entonces iba a entregar a la imprenta su primer libro. Nótese su hipocondria, su pesimismo: “Desde la cama, veía yo los originales de mi libro, Cuestiones estéticas, que había comenzado a sacar en limpio, y me decía con tristeza que iba a morir sin ver siquiera mi primera obra publicada”.

​ No sólo no le llegó la muerte entonces, sino que insistió en su supuesta característica de padecer siempre “síntomas atenuados”: “aunque creo nunca haber padecido dolores más agudos, hay que confesar que el mal, para ser peritonitis, fue bastante benigno”. ¿Qué sucedió en realidad? ¿Será cierto que Reyes era “un buen enfermo”, como tantas veces lo presumió, o en verdad su naturaleza lo favoreció con padecer dichos “síntomas atenuados”? Como haya sido, las siguientes dolencias que registró fueron una tifoidea y un surmenage, ya durante su etapa madrileña. Aunque negara ser aprensivo, reconoce haber oído que muchos de los enfermos de tifoidea “quedan con la mente débil y […] padecen desmayos, enajenaciones y terribles dolores de cabeza”. Nada de esto tuvo que sufrir, pero quedó convencido de que la tifoidea “apresuró” su calvicie. Del surmenage dice que simplemente tomó un reposo total: no leyó y no escribió durante un mes; ni siquiera permitió “hacerse leer”. Como buen hijo de militar, sabía que “hay enemigos que se vencen sin combatir”, según refiere por no haber tomado medicina alguna.

​ La siguiente enfermedad nos remite a otro campo de actividad suyo. En efecto, sin mayor pudor confiesa que por razones académicas tuvo que viajar en 1919 a Burdeos, donde aún se disfrutaban la alegría del armisticio y las secuelas de la guerra, lo que acaso explique que tuviera allí un contagio venéreo, al que llamó su “primer tropiezo”. Como historiador, me atengo a las fuentes documentales; como biógrafo, descanso en las confesiones del personaje. Así, Reyes cuenta que al regresar a España notó “las primeras extrañezas”, que pronto se convirtieron en “flujo y sangre”. Cometió el error de consultar a su “médico de cabecera” en lugar de a un especialista. El tratamiento recomendado debió ponerlo sobre aviso: “dieta de leche pura”. Como debió haberlo previsto, el tratamiento lácteo acaso mitigó un poco el malestar, pero “sin desterrar del todo la clásica gotita clara”. Tuvo entonces que acudir al especialista, quien lo sanó luego de tres meses de tratamiento. “Sufrí mucho, física y moralmente”, nos dice. Antes de dejar Europa, en París padeció otro contagio, pero de sarna, de la que se curó con un “tratamiento guerrero”, dividido en cuatro tiempos: primero, romperse “el pellejo con jabón negro”; luego, untarse azufre; después, baño “con abundante jabonadura” y, finalmente, vaselina y “forrarme en talco para mitigar las llagas”.

Alfonso Reyes, ca. 1924. Fotografía de los hermanos Casasola. Fototeca Nacional, Creative Commons 4.0.

​ Reyes dejó Francia y llegó como embajador a Argentina a principios de 1927, donde estuvo tres años; después pasó a Río de Janeiro, donde también fue embajador por casi el doble de tiempo, antes de regresar a Buenos Aires para una segunda gestión. Volvió a México definitivamente a principios de 1939, donde supuestamente tendría una vida sedentaria y una alimentación más casera. Sin embargo, si bien durante sus más de diez años como diplomático en Sudamérica no padeció trastornos de salud graves, sí sufrió sus típicos malestares crónicos: dolores de cabeza, estomacales e insomnio. Paradójicamente, cinco años después de arribado al país comenzó su viacrucis cardiaco. Entre 1944 y 1959, año de su muerte, padeció cuatro infartos. De ellos nos informa en su segundo libro de memorias médicas, titulado Cuando creí morir, en el que rememoró y diferenció cada uno de sus infartos. El primero sobrevino en la madrugada del 4 de marzo de 1944, “mientras yo escribía afanosamente ciertas páginas”. Comenzó con el dolor del brazo izquierdo y con la imposibilidad de moverlo, al grado de que tuvo que usar la mano derecha como “pisapapeles”. El agudísimo dolor pronto afectó al pecho. Para su fortuna, “el mal no resultó ser orgánico” y se curó con un par de meses de descanso en Cuernavaca.

​ El segundo tuvo lugar tres años después, en marzo de 1947, al regresar de un rápido viaje a París para presidir la comisión mexicana que asistió a la Primera Asamblea Internacional de la Unesco. Para su desgracia, “esta vez el mal sí fue orgánico y los exámenes revelaron el primer ataque de la trombosis coronaria”, a pesar de lo cual no requirió atención hospitalaria. El tercero le dio a mediados de ese mismo año, cuando se aprestaba a viajar para recibir un doctorado honoris causa en la Universidad de Princeton. La recuperación ahora le tomó tres meses; Reyes lo entendió claramente: los dos ataques sucesivos de 1947 eran “ciertamente más graves que la perturbación sufrida en 1944”. Es obvio que Reyes era consciente de la amenaza, lo que explica que los siguientes años viviera con miedo, aunque no por ello adecuó sus hábitos cotidianos.

Jacques-Fabien Gautier D’Agoty, Figura de pie con columna vertebral, nervios, riñones, corazón y cerebro, 1764-1765. Wellcome Collection, dominio público.

​ Sobre todo, intuía que tarde o temprano sufriría otro infarto y éste sobrevino en 1951, tras el cual confesaría: “realmente creí morir”. Reyes nos cuenta que el 5 de agosto estaba trabajando “muy quitado de la pena” en Góngora, lo que interrumpió para acudir a una cena en casa del doctor Ignacio Chávez, a la que asistieron otros médicos como Gustavo Baz, Manuel Martínez Báez y Raoul Fournier, así como el expresidente Ávila Camacho y los hacendistas Eduardo Suárez y Eduardo Villaseñor, todos con sus esposas. Fue al regresar a su casa cuando se desencadenó el ataque. Lo atendió de urgencia su hijo, también médico y vecino suyo. Al día siguiente lo revisó el ya mencionado doctor Chávez, quien lo remitió de inmediato al Instituto de Cardiología, al que llegó “con los pulmones ya edematizados, y con las uñas y los labios cianóticos”.

​ Estuvo poco más de dos meses hospitalizado. Ya en su casa comenzó un larguísimo tratamiento de recuperación, al que Reyes dice que se entregó “con placentera docilidad”, como correspondía a un “buen enfermo”. Para comenzar, se le impuso una “estricta prohibición de fumar”, que le costó menos trabajo cumplir que el cambio en sus hábitos alimenticios. Con todo, “lo único que de veras me hacía sufrir era el no poder bajar de la cama para ciertas cosas, el abominable y obligado uso del ‘cómodo’, [que es] lo más ‘incómodo’ que existe”.

​ Reyes insiste en que fue un “buen enfermo”, que incluso enfrentó con “buen humor” los tres meses “de quietud en el lecho”: reitera que soportó “con resignación” la deshidratación a la que fue sometido como precaución contra el edema pulmonar, “la dieta sin sal, la inmovilidad, el suero, las pruebas de sangre, los piquetes […], electrocardiogramas, inyecciones, medicamento, tomas de presión arterial, fricciones de alcohol y mudas de la ropa haciéndome rodar a un lado y a otro”. Aunque no precisa cuáles, es evidente que le administraron algunas sustancias que lo llevaron “al túnel de la inconsciencia” y le produjeron “deliciosas visiones”.

​ Fue tan “buen enfermo”, que se permitió escribir unos consejos para los cardiacos:

No corras, no saltes, no riñas, no te excites, no frecuentes los sitios tumultuosos de la ciudad ni concurras a reuniones muy numerosas, no hagas lo que mucho te enoje, sé mesurado en todo según la teoría griega […], déjate deslizar por las horas lo más que puedas, y acuérdate de que el solo correr de los días y la tranquilidad están trabajando para ti.

​ Aunque Reyes pretendió mostrar serenidad y buena actitud, lo cierto es que ese cuarto infarto lo aterrorizó, al grado que, al regreso a su casa habitación, lo equiparó a un “segundo ingreso a la tierra”. Contra lo dicho y presumido sobre sus “síntomas atenuados”, quedó convencido de que no podría “resistir el quinto”. Sin duda, esta situación determinaría el futuro estilo de su vida cotidiana. Obviamente, también determinó su labor literaria durante los ocho años de vida que le quedaban. Si bien ya no escribió un tercer texto de naturaleza médica, lo cierto es que en el Diario que desde 1924 escribía rigurosamente hay incontables referencias a su débil corazón y a muchos otros malestares y enfermedades. En términos inmediatos, apenas empezada la convalecencia escribió el soneto Visitación, con el que quiso “saludar la vecindad de la muerte”.

—Soy la Muerte —me dijo. No sabía que tan estrechamente me cercara, al punto de volcarme por la cara su turbadora vaharada fría.

Ya no intento eludir su compañía: mis pasos sigue, transparente y clara, y desde entonces no me desampara ni me deja de noche ni de día.

—¡Y pensar —confesé— que de mil modos quise disimularte con apodos, entre miedos y errores confundida!

“Más tienes de caricia que de pena.” Eras alivio y te llamé cadena. Eras la muerte y te llamé la vida.

Thomas Eakins, Retrato del Dr. Samuel D. Gross (La clínica Gross), 1875. Philadelphia Museum of Art, dominio público.

​ En cuanto a su vida cotidiana, se hizo más hogareño y se cuidó de no incurrir en aventuras amorosas. En lo que respecta a su vida laboral, asistió menos a sus dos colegios, el de México y el Nacional. El impacto fue determinante en términos literarios. El mismo Reyes reconoce que volvió “al yunque, aunque con mesura”. Para comenzar, poco después de haber salido del hospital recibió los primeros ejemplares de su traducción de la Ilíada; su gozo fue inmenso, considerando que estuvo “a punto de no verla ya en letras de molde”. Por otro lado, por un “supersticioso temor” no retomó inmediatamente su trabajo en curso sobre Góngora. Más ilustrativo fue que abandonó el manual de mitología griega que empezaba a elaborar, pues “me infunde verdadero pavor y sé que me va a costar muchos desvelos”. Éste fue el costo del cuarto infarto: ya no emprendió trabajos ambiciosos, como pudo ser escribir la prometida segunda parte de la Visión de Anáhuac o completar su traducción de la Ilíada. Su temor a morir y el cansancio que padeció esos años lo llevaron a publicar muchos libros “de acarreo” —el término es suyo—, a partir de recuperar y organizar muchos escritos publicados en periódicos y revistas a lo largo de su vida. También se dedicó, desde 1955, año en que celebró sus “bodas de oro” como escritor, a organizar la edición de sus Obras completas. La muerte sólo le permitió organizar hasta el décimo tomo; eso sí, el más amado, pues era el que contenía su labor poética.

​ Paradójicamente, un hombre que había estado tan obsesionado con la muerte por varios años, no la vio venir cuando finalmente llegó, a finales de diciembre de 1959. No fue por un nuevo infarto; lo que pasó fue que su lastimado corazón se fue apagando. Murió a los setenta años, no a los 82, como su amado Goethe; ésa era la edad a la que quería morir, la misma que le había vaticinado una vidente en Brasil. En rigor, había recibido otra profecía sobre su muerte: más de cuarenta años antes, en 1916, su amigo de la juventud José Vasconcelos le pronosticó que ambos morirían jóvenes —como de cincuenta años— “de ruptura de las venas del corazón”. La profecía se cumplió parcialmente: Vasconcelos moriría del corazón el 30 de junio de 1959, y Reyes lo haría el 27 de diciembre de ese año, seis meses después. Así desaparecieron los más importantes escritores mexicanos de la primera mitad del siglo XX, al tiempo que irrumpían los más relevantes de la segunda mitad, Octavio Paz, Juan Rulfo y Carlos Fuentes.

Imagen de portada: Thomas Eakins, Retrato del Dr. Samuel D. Gross (La clínica Gross), 1875. Philadelphia Museum of Art, dominio público.