dossier Alturas MAR.2025

Rosa Beltrán

Medicina y literatura

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La prodigiosa novela Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar comienza con el momento en que el emperador se ve delante de su médico Hermógenes y repara en lo que todos descubrimos delante de un galeno. Que sólo es un saco de humores, una triste amalgama de linfa y sangre. Encuentra lo que es inevitable ver llegados a cierta edad: que el cuerpo, ese compañero fiel, ese amigo, más seguro y mejor conocido que el alma, no es más que un monstruo solapado que acabará por devorar a su amo. No importa cuán sabio y prudente sea Hermógenes: como cualquier médico, llegado el tercer acto de la vida del paciente, le hace saber que aun el cuerpo de un emperador está hecho de lo que todos; que es materia que expira.

​ Durante los primeros años de vida, salvo por una enfermedad letal, el médico es como un mago: unos cuantos pases, la vista del interior de oídos y nariz con una lamparilla, la visión de la garganta merced al abatelenguas, uno que otro golpecito en la espalda y voilá, puede irse a casa. Cuando todo va bien, el médico es Dios. Confiamos en él como no lo hemos hecho, ni lo haremos, con nadie. Y ofrecemos el cuerpo y el de nuestros hijos o el de nuestros padres ancianos con ciega fe en quien lo sabe todo y todo lo puede. Entregamos también la confesión parcial —siempre parcial— de nuestros hábitos y errores a sabiendas de que lo que no digamos saldrá en ese informe insidioso e indiscreto que sólo él sabe leer: los análisis.

​ Por más que la medicina haya avanzado al grado de haber convertido la longevidad en un verdadero problema de salud de nuestra época, y por más que hoy sepamos que la buena salud, en gran medida, depende de prácticas y hábitos que nos conciernen y son responsabilidad de cada uno, el médico sigue siendo ese chamán y ese depositario de un conocimiento divino en quien ponemos nuestras más grandes —y a veces absurdas— esperanzas.

​ El médico que es tildado en griego, según Homero, como “un hombre que vale por muchos” aparece en la Ilíada y está calificado como un servidor público, lo mismo que el carpintero, el adivino o el recitador de poemas. Es interesante la vinculación entre medicina y poesía, que data de antigua fecha. A menudo ambas se asocian con la cura. Narrar es el principio del psicoanálisis y el punto de partida de cualquier diagnóstico médico. Aliviar es también escuchar, “auscultar”. Y no en balde en literatura es famosa la frase “el poeta es un curandero”. 

Grabado a partir de Hendrick Goltzius, El médico como un Dios, de la serie Las alegorías de la profesión médica, 1587. Art Institute of Chicago, dominio público.

​ Desde los griegos, la función de la poesía tiene que ver con el alivio. Eso es la catarsis en la tragedia griega, pues con la “palabra bella” (logos kalós) lo que se busca es curar al espectador de sus bajas pasiones. El Cratilo de Platón asienta que los discursos hechos con palabras bellas y adecuadas son capaces de causar serenidad en el alma del enfermo, y son muchos los poetas que hablan de la tarea cicatrizadora de la palabra para restañar heridas. Prácticamente no hay corriente literaria que no hable del poder de la poesía, es decir, de la escritura, de reconectar con el todo; de ir más allá de la razón que es, por sí misma, incapaz de acceder a la totalidad que somos y transformar el corazón del ser humano. 

​ El poeta es un terapeuta. Pero recordemos que “poesía” viene de “poyesis”, “creación”, en cualquiera de los géneros escritos; es decir, la literatura acierta a señalar heridas y poner remedios, y es una forma de farmacopea que, a diferencia de los medicamentos, no tiene fecha de caducidad. En las antiguas culturas, la unión entre poesía y medicina es indisoluble y clara, y no es ajena esta práctica en nuestros días. De hecho, en la actualidad, María Sabina es considerada tanto curandera como poeta, lo mismo que ocurre con algunos chamanes, brujas y brujos. La asociación entre medicina y literatura no es tan extraña si pensamos que ambas tienen como origen la observación y la narrativa.

​ Sir Arthur Conan Doyle, el famoso autor de Sherlock Holmes, era médico y halló muy pronto los puntos en común entre el doctor y el detective. No son pocos: el médico es el único que penetra en los hogares ajenos y todo lo mira. Busca indicios, une los puntos, tiende una hipótesis y diagnostica.

​ Oliver Sacks, el gran neurólogo que logró unir el conocimiento científico y el humanismo, fue tan escritor como médico. Gracias a él conseguimos entender a personas con padecimientos incurables, pero no por ello menos humanos. En El hombre que confundió a su mujer con un sombrero (1985) nos maravilló con la historia fascinante de un viejo profesor de música que podía seguir dando clase pese a que no distinguía a las personas de los objetos. La consulta médica transcurre así: 

​ El paciente aduce su confusión a un problema de la vista. Durante toda la consulta el profesor trata de mostrar una cierta normalidad y hace aparecer sus equivocaciones como muestras de humor o chistes. No puede distinguir el zapato del pie ni el pie del zapato. Al final, parece muy convencido de que todo lo ha hecho bien, y al decidir que la visita ha terminado, mira en torno suyo, buscando el sombrero, extiende una mano y coge a su esposa por la cabeza, intentando ponérsela. 

Hans Holbein, el Joven, El médico, de la serie La danza de la muerte, ca. 1526. Metropolitan Museum of Art, dominio público.

​ En sus narraciones, lo que Sacks consigue es una visión que no se contenta con describir los síntomas, sino que nos mete de lleno en la experiencia del paciente, en cómo vive la enfermedad y cómo nosotros podemos entenderla.

​ En la obra del escritor español Pío Baroja, médico clínico de formación, es fundamental el conocimiento de la medicina para entender la naturaleza del dolor, por ejemplo. Su literatura muestra cómo el dolor no es sólo un elemento fisiológico, sino un agente de algo más complejo: el deseo humano.

​ Por último, la obra de la gran escritora egipcia Nawal el Saadawi no sería la misma si no hubiera sido doctora en su pueblo, donde fue testigo de la mutilación genital de las niñas, de modo que gran parte de su vida la dedica a exponer y luchar contra este hecho atroz. Por la denuncia del abuso de menores y la ablación del clítoris, que también padeció, fue despedida del Ministerio de Salud, padeció la cárcel y, sin embargo, hoy es reconocida como una autora imprescindible del mundo árabe y, en realidad, del mundo entero. Nawal el Saadawi recibió el doctorado honoris causa de la UNAM de parte del doctor José Narro Robles, confirmando que lo local no está aislado de lo global y que la literatura nos une de formas azarosas.

​ Médicos escritores ha habido muchos y mucho se ha escrito sobre el tema. Uno favorito de todos es Antón Chéjov, que curaba a sus pacientes en buena medida a través de la literatura y luego hacía literatura con ellos. Gregorio Marañón, Luis Martín-Santos y, entre los mexicanos, Mariano Azuela, Elías Nandino, Arnoldo Kraus, Jesús Ramírez-Bermúdez, José Ángel Leyva.

​ Es sabido que a los escritores no siempre les va bien por bien que les vaya, pues en múltiples ocasiones son el blanco favorito de la crítica. Pero los médicos, con todo lo loable de su tarea, también han sido el centro de las burlas muchas veces. A los doctores se les ha llamado matasanos, tocapelotas, sacamuelas, loqueros, comecocos, matarifes, carniceros, cuchilleros, pinchaculos y mercachifles, entre otras lindezas. Por injusto que parezca, algunos de estos motes se los ganaron a pulso, pues el desconocimiento médico, en otras épocas, llevó a practicar métodos inútiles y terroríficos. Sangrías, pócimas con huesos de muertos, castraciones, purgas, inyecciones de sangre de bestias, aplicación de sanguijuelas y un innumerable etcétera.

​ Pero si la medicina ha dado saltos cuánticos y el avance en la cura de muchos males es innegable, hasta cierto punto hoy está de moda estar enfermo. La enfermedad es un signo de nuestro tiempo y, acaso por exceso de información, un lujo de la clase media. El que no está deprimido tiene gastritis, dermatitis, insomnio, siente una bolita que le sube y le baja o trae la parca puesta. “La medicina ha avanzado tanto que ya nadie está sano”, dice Aldous Huxley. No obstante, estamos enfermos de un modo específico, acorde con el momento histórico que vivimos.

Fotograbado a partir de John Collier, Un doctor diciéndole a un paciente que va a morir, 1908. Wellcome Collection, dominio público.

​ Cada época construye su forma de pensar y sentir la enfermedad pero, sobre todo, su forma de enfermarse. Las sociedades están marcadas por la manera en que interpretan sus males, aunque, de modo más específico, por los males que las caracterizan. Es paradójico y notable que el capitalismo haya traído, junto con las posibilidades de elección producto de la libre empresa, enfermedades tan poco comunes que aún no son reconocidas en los expedientes médicos. Las más carecen aún de tipificación y varias resultarían inéditas en otros tiempos.

​ Con sus clasificaciones derivadas de la posmodernidad, las enfermedades mentales y todas sus variantes (de la bipolaridad a la esquizofrenia, con la depresión campeando como gran telón de fondo) contienen los desórdenes alimenticios que se constituyen como entes autónomos flanqueados por dos titánicos extremos: la anorexia nerviosa y la obesidad mórbida. Son muchas las novelas que hoy abordan esta temática. Desde luego, las más populares y numerosas son las que se ocupan de la anorexia o la renuncia voluntaria a alimentarse, no sólo de forma material, sino de todo estímulo que resulte, en cualquier modo, nutricio. El ejemplo más palpable de estos tiempos es La vegetariana, de la premio nobel Han Kang, novela que se centra en la historia de Yeonghye, una joven ama de casa que decide dejar de comer carne y, más tarde, dejar de participar de los rituales familiares, simplemente como una protesta, acaso no deliberada, contra la opresión de la sociedad patriarcal, violenta y retrógrada, que la lleva al paulatino pero incontrolable deseo de convertirse en árbol y desconectarse de la vida humana.

​ La aparición de esta historia está acompañada de varias otras, en forma de cuentos y novelas, donde la privación del alimento se vuelve la protesta explícita de algunas protagonistas. Días sin hambre, de Delphine de Vigan; Biografía del hambre, de Amélie Nothomb; Frío, de Laurie Halse Anderson; 36 kilos, de Mónica B. Brozon; Corazón de mariposa, de Andrea Tomé, y el cuento “Las cajas de mi mujer”, de la autora surcoreana Eun Heekyung.

​ El hecho de que las protagonistas de la anorexia sean mujeres no es gratuito. Obedece a esa larga e inmisericorde exigencia social impuesta al cuerpo de las mujeres de ser siempre delgado, joven siempre. Aunque es fácil pensar que el cuerpo es sólo la caja de resonancia de las demandas de las sociedades patriarcales en torno al control de la vida de las mujeres en su conjunto, el resultado, en todos los casos, es la condena a la angustia permanente o el triunfo de la enfermedad sobre la vida.

​ En el extremo opuesto se encuentra una de las novelas más aterradoras de la literatura inglesa, escrita por la observadora más perspicaz de los problemas vinculados a la relación mente-cuerpo: Lionel Shriver. La también autora de Tenemos que hablar de Kevin, referente insuperable sobre los conflictos de la relación madre-hijo, aborda las dificultades de la voracidad, la comida y la culpa en nuestro tiempo. Su novela Big Brother habla de un devorador compulsivo y de las complicaciones que la obesidad trae a quienes rodean al comedor insaciable. Se trata de un atentado a la cultura del fitness y la dieta equilibrada, del ejercicio coercitivo, la renuncia y el veganismo. Si comerse todo a su paso resulta perturbador, más perturbadora resulta esa filosofía extendida de darse atracones y después observar el “ayuno intermitente” como modelo de vida. Exceso y expiación. La insoportable condición de vivir en el mundo de las libres elecciones.

Luis Jiménez Aranda, Una sala del hospital durante la visita del médico en jefe, 1889. Museo Nacional del Prado, dominio público.

​ Por último, pero de modo todoabarcador, la anhedonia campea como problema social con visos a volverse epidemia tanto en Oriente como en Occidente. El aburrimiento o desapego emocional producido por el contacto irrelevante con lo mucho. La apatía y falta de deseo como consecuencia de estar permanentemente expuestos a una multiplicidad de opciones que se reproducen de modo exponencial y adictivo. Lo extraño de esta patología, producto de la sociedad de consumo, es que siendo una enfermedad contagiosa, es también autoadquirida: la mercadotecnia del tedio nos ha vuelto adictos a las pantallas, a través del scrolling, o bien a dispositivos para cambiar canales, con mando a distancia, que nos obligan a pasar de una experiencia a otra totalmente inconexa, forzando a nuestro cerebro a generar dopamina sólo mediante este acto que, sin embargo, nos deja vacíos. El espléndido artículo de Carlos Javier González ya advierte sobre el peligro y las diferencias de la “anhedonia depresiva” respecto del ennui o el tedium vitae señalados por médicos y poetas de otras épocas.1 Porque González se centra en la condición definitiva, no pasajera, de este mal y en la imposibilidad de no caer en la adicción a dispositivos y pantallas, pues estos nos brindan la fantasía de pertenecer a un mundo donde uno se encuentra en el presente perpetuo, en lo que ocurre, y está conectado con otros. Recibiendo la aprobación o desaprobación de los otros. Su amistad, a través de las redes sociales. Incluso su desdén.

​ Ahora bien: ¿cómo llegar con el médico y confesar que uno padece cualquiera de estos desórdenes sin que su reacción sea la medicación? Reconstituyentes, anfetaminas, antidepresivos, fármacos, en fin, que no servirán más que para aumentar la culpa y la ansiedad del paciente.

​ Y no obstante. Y con todo. Y a pesar de las sospechas, uno se anima un día a acudir a la consulta con el mismo ánimo resignado con que se despierta cada día, pensando en que quizá, por qué no, ése pueda ser el día. Porque la esperanza de los pacientes en los médicos es una forma de la fe que no se pierde. Ni se perderá. Está la experiencia de siglos que ligan literatura y medicina a la comprensión del ser humano que va más allá del conjunto de linfa y tejidos del que hablaba Hipócrates y que ve en él ese compuesto único del que nos hablan los escritores, en especial los médicos poetas.

​ La aspiración mayor de los doctores es conseguir la cura de todos los males, así sea momentánea, como momentánea es la vida. Pero conseguirla más allá del diagnóstico y la farmacopea. Cuando se involucran con sus pacientes en un ámbito más amplio que el médico, en lo humano, retrasan también el sinsentido, el final. “La indiferencia es una parálisis del alma, una muerte prematura”, dijo Antón Chéjov. La lección de Chéjov y de muchos autores, entre ellos Quevedo, es que podremos ser un conjunto de linfa y médulas y humores y llegaremos a ser polvo un día. Pero nuestra vida habrá tenido sentido, pues seremos polvo, “mas polvo enamorado”.

Imagen de portada: Luis Jiménez Aranda, Una sala del hospital durante la visita del médico en jefe, 1889. Museo Nacional del Prado, dominio público.

  1. Ennui: el tedio de lo mucho”, Alfa & Omega, 25 de julio de 2024.