dossier Alturas MAR.2025

Mario Galeana

Plegarias para un cráter: rituales de lluvia a la sombra de los volcanes

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Durante la primera vez que visitaba a uno de sus nueve hijos en Filadelfia, Cenobio Jiménez recibió una llamada desde el pueblo. Le dijeron que allá, en San Mateo Ozolco, los campos se agrietaban bajo un cielo obstinadamente seco. La primavera languidecía en el calor del verano y el maíz, con tanto sol, batallaba para abrirse paso entre la tierra. Necesitaban su ayuda. Necesitaban la palabra del tiempero.

​ Las instrucciones de Cenobio fueron simples. Tenían que reunir suficiente comida y ofrendarla en la cueva de los rituales, más allá de las cascadas y las praderas, pues hasta los gigantes son más afables con el estómago lleno. Él se encargaría del resto. Acordaron hablar al día siguiente y colgaron. Cenobio dejó pasar algunos minutos y entonces dirigió una plegaria en náhuatl a Gregorio Popocatépetl y a Rosa Manuela Iztaccíhuatl, los nombres con los que su padre llamaba a los volcanes.

​ Cuando el teléfono volvió a sonar, ya llevaba consigo la promesa cumplida de las nubes.

​ —Al poco rato me avisaron del pueblo que ya había llovido —recuerda satisfecho, siete años después de aquel día—, es que yo fui recomendado ante ellos, y ellos también ruegan por nosotros para que nos llegue el agua. Sí, son de piedra, porque Dios lo dispuso así. Pero son como nosotros.

​ San Mateo Ozolco fue fundado en las estribaciones de los volcanes, a cuarenta kilómetros de la capital de Puebla. En el pueblo viven 2 700 personas, aunque su otra mitad, ausente de los censos oficiales, reside en Filadelfia, la ciudad a la que llegó el primer migrante en los años noventa. Fertilizada por los minerales que contiene el material volcánico, la tierra ha dado, desde siempre, una vocación a los que no se han ido: nueve de cada diez son campesinos.1

​ Como en otras comunidades de Puebla, Estado de México y Morelos, en San Mateo Ozolco los volcanes tienen nombre propio y, según las historias de los más viejos, a veces caminan entre la gente. Al vértigo que impone su descomunal tamaño, han respondido con una admiración ancestral, grabada en la memoria colectiva de quienes aprendieron a convivir con su grandeza.

​ Sin embargo, sólo a través de los sueños de unos cuantos los volcanes han revelado sus voces y rostros. Según el lado de la serranía en el que uno se encuentre, estos personajes llevan el nombre de tiemperos, graniceros o aureros, y su existencia es tan antigua como prueban las crónicas escritas por los frailes que llegaron a América hace casi quinientos años.

​ Los tiemperos aprendieron el lenguaje del cielo: leen el comportamiento de las nubes, corrigen la trayectoria del granizo y garantizan la lluvia para los cultivos. Son conjuradores que “establecen con el mundo natural un vínculo que les permite tener acceso a los poderes ocultos que gobiernan las fuerzas de la naturaleza”, explica el antropólogo Julio Glockner en el libro Los volcanes sagrados.2

​ Tal poder contrasta con la sobriedad de sus vidas. Ahora mismo, en una mañana de enero, Cenobio está sentado en el comedor de su casa, junto a un bote pletórico de mazorcas azules y amarillas. Viste calcetas con chanclas, chamarra y una gorra que se retira cada vez que pronuncia las palabras Padre Celestial. Sus 65 años pesan como si hubiera recorrido dos vidas en una sola.

​ El cuarto se sostiene en un cuidadoso desorden: en la estufa hay cazuelas con restos de comida, sobre la mesa hay enseres y botes de refresco y al fondo, un altar con velas, crucifijos, vírgenes, santos y botellas de tequila. Afuera el viento sopla con la fuerza de un trompetista, arrastrando la ceniza del volcán por la plaza y los patios del pueblo.

​ —Yo les grito y ellos vienen, porque ya lo saben, se conocen entre ellos. Vienen a comer mole, a echarse un taquito. Así nos acordamos de ellos y de nuestro Padre Celestial —dice, mostrando los mechones blancos de cabello.

​ El padre de Cenobio, don Manuel Jiménez, fue el tiempero de Ozolco hasta el día de su muerte, ocurrida hace treinta años. La gente cuenta que, por la mañana, igual que un meteorólogo por televisión, don Manuel tocaba la campana de la iglesia anunciando el tiempo del día. Su hijo, en cambio, recuerda las épicas jornadas en las que su padre ascendía a los volcanes caminando a tientas entre la oscuridad.

​ —Salían a las tres de la mañana y volvían a las ocho de la noche. ¡No se cansaban! Imagínese, cargando todo el viaje. Y nosotros, a ver, que vamos en carro hasta donde el camino nos deja, ya nos cansamos. ¡Quién sabe, Dios mío, cómo lo aguantaban!

​ Si el ejemplo de su padre lo preparó para ser tiempero, dos sueños definieron su destino. Una mañana, mientras cortaba varas de madera en el bosque, un anciano se acercó a él y le reclamó que nadie iba a visitarlo. Antes de poder contestarle, había desaparecido.

​ Esa noche soñó con el mismo anciano y éste le dijo que debía llevarle fruta hasta el volcán: una ofrenda de iniciación de Gregorio en persona.

​ En el segundo sueño, dos mujeres de rostro idéntico —una joven y esbelta, la otra anciana y robusta— preparaban sopes frente a un comal. La mayor le dijo que comiera algo y después le ofreció un fajo de billetes rojos de veinte pesos, iguales a los que circularon en los años setenta. La mujer le dijo que era Rosa Manuela.

​ Cenobio entendió al instante que aquellos eran, precisamente, los espíritus a los que su padre se dirigía. Desde entonces, los volcanes aparecen en sus sueños de manera esporádica. Le piden ropa, comida u objetos que él compra recogiendo la “limosna” que pide casa por casa.

​ —¿Y cómo son ellos? ​ —Pues son grandes, güeros… así como en el cuadro. ​ Sobre la pared del comedor está enmarcada la escena clásica del guerrero que, ataviado con penacho, brazaletes y sandalias de cuero, sostiene en los brazos a una mujer dormida en su prístino vestido color nieve.

2

Para el antropólogo Glockner, el sueño también fue el comienzo de todo.

​ Durante la primavera de 1989, un amigo le dijo que había conocido a un grupo de campesinos que llevaba ofrendas al Popocatépetl, y lo invitaron a subir con ellos. La noche anterior al ascenso, el 1 de mayo, Julio y su grupo durmieron en el albergue de Tlamacas, un sitio en el que los montañistas pernoctaban hasta antes de la explosión volcánica de 1994.

​ Allí soñó que debía mantener un haz de luz en el centro de una circunferencia que adoptaba, simultáneamente, la forma de un ombligo humano y de un cráter.

​ A la mañana siguiente, el grupo se presentó con Antonio Analco, el tiempero de Santiago Xalitzintla, un pueblo vecino de San Mateo Ozolco. La sorpresa del investigador fue mayúscula cuando el tiempero les dijo que ese día subirían hasta El Ombligo, uno de los lugares sagrados más importantes en el volcán.

​ —Fue como una premonición —dice, sentado frente a un capuchino—, no es que yo crea en estas cosas, pero ante una evidencia así, no puedes más que pensar que fue eso, o una casualidad afortunada.

​ En El Ombligo, una oquedad rocosa a 4 200 metros sobre el nivel del mar, el viento pasaba por su piel como un cuchillo sin filo y la nieve descendía igual que la copiosa revuelta de un diente de león al aire. Los campesinos y el tiempero colocaron dos cruces con flores rojas apuntando hacia sus cultivos y pronunciaron sus cantos y rezos. Con los años, Glockner dedujo que, para los tiemperos, la cruz es un “instrumento mágico que recoge las fuerzas del cielo y las proyecta sobre la tierra”.

Miniaturas del manuscrito de Diego Durán, Historia de las Indias de Nueva España e islas de tierra firme, 1570-1581, ff. 155r y 339r. Biblioteca Nacional de España 4.0.

​ Pero ese día, en el vientre del volcán, los gestos de aquel ritual desconocido lo impresionaron tanto que siguió asistiendo a las ceremonias durante los siguientes treinta años.

​ —Todos los que estuvimos ahí lloramos. ¡Lloramos! Fue realmente conmovedor escuchar esas súplicas para pedir lluvia, sabiendo que no era una cuestión formal, que la gente se estaba jugando el alimento de todo el año, el levantamiento de una buena cosecha.

​ Entre los años noventa y los dosmil, Glockner conoció a la mayoría de los tiemperos de Puebla y Morelos. Documentó sus prácticas rituales y explicó al mundo citadino las formas de un mundo mágico en el que los antiguos espíritus de la lluvia conviven en armonía con el Dios cristiano. Lo impresionaron, sobre todo, las historias de los rayados, poderosos conjuradores de lluvia que empezaron a hablar con los volcanes después de haber sobrevivido a la caída de un trueno.

​ Como doña Teófila, una tiempera de 94 años que vivía en Hueyapan, Morelos. Sentados frente al fogón de su cocina, la anciana le contó que el relámpago la había matado a la edad de diez años; su familia la veló durante un día, hasta que la niña se levantó pidiendo una jícara, un instrumento que los pedidores de lluvia de Morelos utilizan durante sus rituales.

​ Hueyapan fue el sitio en el que, en 1581, el fraile Diego Durán terminó su Historia de las Indias de Nueva España e islas de la tierra firme, donde narró, con asombro y rechazo, las ceremonias realizadas en honor a los volcanes por los pueblos mesoamericanos.

​ Según el dominico, durante el mes de octubre se llevaba a cabo una “Fiesta de cerros” en la que se elaboraban figuras de masa antropomorfas del Popocatépetl que eran colocadas en el lugar más importante de las casas. Mientras que en Tenochtitlan existían adoratorios de una diosa de palo vestida de azul que representaba al Iztaccíhuatl, “y no solamente en los templos, sino en una cueva que en la misma sierra había.”3

Miniaturas del manuscrito de Diego Durán, Historia de las Indias de Nueva España e islas de tierra firme, 1570-1581, ff. 155r y 339r. Biblioteca Nacional de España 4.0.

​ Hasta ahora, el investigador Ismael Arturo Montero García, especialista en arqueología de alta montaña, ha contabilizado la existencia de treinta y dos sitios arqueológicos en el Iztaccíhuatl y siete más en el Popocatépetl.

​ Fue aquí, en la espina dorsal del coloso, en donde el explorador francés Joseph Désiré Charnay halló durante la segunda mitad del siglo XIX un cementerio de niños consagrado a Tláloc. En el sitio de Tenenepanco, como se le conoce, había restos infantiles y flechas de obsidiana, platos y juguetes con forma de zorros, tigres y perros a los que se les había añadido llantas, como carritos.

​ Quinientos años de catequesis y sincretismos no apagaron la devoción de las alturas. Hoy existen al menos treinta lugares sagrados entre los mil kilómetros de superficie que ocupan los cuerpos de ambos volcanes, a decir de Glockner. Cuevas, cascadas y manantiales son concebidos como “Centros del Mundo”, lugares en donde confluyen deidades, seres vivos y espíritus del pasado.

​ Los tiemperos suelen presentar sus ofrendas ante los volcanes el 12 de marzo, día de san Gregorio; el 3 de mayo, cuando inicia la temporada de lluvias; y el 30 de agosto, día de santa Rosa de Lima.

​ A pesar del desgaste físico que supone llegar a ellos, a menudo estos sitios son vandalizados y a cada desperfecto los tiemperos atribuyen la alteración del ciclo de las lluvias. Por esta razón, Glockner ha propuesto que estos rituales y sus espacios sagrados sean declarados patrimonio cultural en sus respectivos estados, y así se adopten medidas para conservarlos.

​ —Y a todo esto, ¿usted en qué cree? ​ —Si alguna secuela ha quedado en mí después de todos estos años —dice sonriendo—, es que creo que ahora tengo una concepción panteísta del mundo.

3

Sobre el primer hombre que desafió las alturas del Popocatépetl se cuentan tres cosas: la primera, que subió en los albores del siglo XIII; la segunda, que entregó su sangre como ofrenda para atraer la lluvia y la tercera, que llevaba por nombre Chalchiuhtzin, el “Señor de la Esmeralda”.

​ Aquel anciano peregrinaba junto a un grupo de chichimecas que terminó asentándose en el Estado de México. El éxodo había sido rotundo: “Sol y sequía habían cobrado fuerza, y había hambre y necesidad”, cuentan las Relaciones originales de Chalco Amaquemecan.4 Entonces el Señor de la Esmeralda, “buscando propiciar la lluvia”, subió hasta la cima del volcán y se flageló entre la soledad de las nubes.

​ Sobre el primer hombre que partió de San Mateo Ozolco con dirección al norte se sabe poco más.

​ Su nombre era Efrén Téllez y cosechaba maíz y ciruelos. A principios de 1995 se fue a Nueva Jersey en busca de otro trabajo. Un día cruzó el puente que llevaba hasta el centro de Filadelfia y, después de caminar por horas, vio un cartel que decía Tequilas Restaurant. Fue contratado como lavaplatos y llamó a casa para dar la noticia. Al cabo de diez años, cerca de mil quinientas personas del pueblo ya vivían en aquella ciudad de la costa este de Estados Unidos.

​ Los primeros en llegar fueron, sobre todo, adolescentes y jóvenes que no tenían más de veinte años. Migraban porque, con la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio, el campo había dejado de ser suficiente para alimentar a sus familias, según Domenic Vitiello, profesor de Planificación y Estudios Urbanos.5

​ La mayoría empezó a trabajar en restaurantes como camareros, lavaplatos o cocineros. Después abrieron tantas tiendas por el sur de Filadelfia, que pronto toda esa zona comenzó a llamarse “Puebladelfia”.

​ El movimiento también trajo cambios en Ozolco. Con las remesas de los migrantes se edificó el primer bachillerato del pueblo y se crearon cooperativas para vender productos derivados del maíz. En donde había jacales aparecieron casas portentosas estilo americano o construcciones en permanente obra negra a las que algunos regresaron tras su viaje por el norte.

​ Aún hoy, para muchas personas, la vida posible sigue estando allá, muy lejos de los volcanes.

​ —A los chavos lo que les gusta es terminar el bachillerato e irse para los Estados Unidos. Eso y los corridos tumbados —me dice Alejandro Jiménez.

​ Alejandro nació en Ciudad de México, donde se graduó como médico veterinario, pero decidió volver solo al pueblo de sus padres cuando cumplió treinta. Dice que la ciudad lo abrumaba. Ahora tiene cuarenta y cinco y dedica sus días al campo y a organizar la feria del pulque que se celebra en San Mateo Ozolco anualmente.

​ Atosigado por el manto de ceniza que el viento agita, recuerda una historia que su abuela solía contarle cuando vivía en la capital.

​ —Decía que una vez bajó un hombre vestido como apache. Así, con sus plumas y sus sandalias. Entonces entró a la iglesia y allí la gente lo agarró porque creían que estaba loco o que se iba a robar algo. Él les dijo que no lo podían encerrar porque éste era su pueblo. Y si lo hacían, entonces se iba a enojar con ellos. Así que lo soltaron y desapareció. Ella está segura de que era el Popocatépetl.

​ No hay nubes sobre Ozolco, sino un trazo lechoso serpenteando en el fondo azul. Huele a carbón y pasto. En los campos se pizca el maíz, se corta el zacate que será usado para dar de comer a los animales. En unas semanas empezará el arado y la tierra volverá a llenarse de semillas. Después, si los volcanes son generosos, llegarán las lluvias.

Todas las fotografías fueron tomadas por Mario Galeana durante su entrevista a Cenobio Jiménez, 2025.

Imagen de portada: Miniaturas del manuscrito de Diego Durán, Historia de las Indias de Nueva España e islas de tierra firme, 1570-1581, ff. 155r y 339r. Biblioteca Nacional de España 4.0.

  1. Beatriz Martínez Corona y José Álvaro Hernández Flores, “Estrategias económico-productivas en comunidades rurales transnacionales: el caso de San Mateo Ozolco, Puebla”, 21º Encuentro Nacional sobre Desarrollo Regional en México, Asociación Mexicana de Ciencias para el Desarrollo Regional, del 15 al 18 de noviembre de 2016. 

  2. Julio Glockner, Los volcanes sagrados: Mitos y realidades en el Popocatépetl y la Iztlaccíhuatl, Punto de lectura, México, 2012, p. 25. 

  3. Diego Durán, Historia de las Indias de Nueva España e islas de la tierra firme, Impr. de J. M. Andrade y F. Escalante, México, 1867-1880, tomo II, pp. 199-207. Consultado en Colección Digital, Universidad Autónoma de Nuevo León. 

  4. Domingo Francisco de San Antón Muñón Chimalpahin, Relaciones originales de Chalco Amaquemecan, Fondo de Cultura Económica, México, 1965, p. 147. 

  5. Domenic Vitiello, The Sanctuary City. Immigrant, refugee, and receiving communities in postindustrial Philadelphia, Cornell University Press, Ithaca, Nueva York, 2022, pp. 192-198 y 212-217.