dossier Alturas MAR.2025

Lorena Ventura

Bach mira llover

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Aquello que me fue llenando desde el fondo era su música.

Lo sé porque algo de mí fue quedando entre los árboles. Algo distinto de la lluvia que no era trueno ni rumor de pájaro ni el aleteo negro de la ira.

El viento era una oleada de cristales rotos que un ángel —apresurado por la niebla— levantaba.

La tarde: un tumulto de estrellas imprecisas.

Para quien el amor es un colibrí dormido entre sus manos. Para los murciélagos —hojarasca de la noche en cuya piel la luna resuena.

(Los murciélagos, atados a una rama, entienden al revés la noche.

Y cuando duermen son partidarios unánimes de la gravedad. Y su amor es ciego.)

Para los caracoles en su amor paciente: espiral de aire cayendo en la floresta. Para quien sufre como la afrenta de una espada el fruto amargo de la noche. Para la luna —ritmo esférico limpiando el pecado inmenso de la noche. Para la primavera, porque antes de sus pasos todo estaba abandonado.

(Esta mañana vino la cuchara de una abeja a averiguar algo entre las flores.)

Y para todo lo que viene, que seguramente será rosado.

Aquí está su canto de pan y leche caliente, de llovizna y animal dormido, de fugitivo resguardado.

Ahora sólo queda esperar

el claro y sencillo chapoteo: ruido hecho de mineral de cosmos, arena-ritmo de girasol marino.

Y tener cuidado de acallar el tren ruidoso en nuestro pecho

para no despertar a nuestro ángel de la guarda.

Este poema aparece en el libro Marcas de viaje, Secretaría de las Culturas y Artes de Oaxaca, 2014. Se reproduce con el permiso de la autora.

Imagen de portada: Marcos Acosta, Message, 2023. Cortesía del artista.