Pedro Páramo en el siglo XXI
Leer pdf“Esa gente no existe”, dijo Pedro Páramo. Esta frase atraviesa la noche de los tiempos y llega hasta nuestros días. Podríamos añadir: los muchos milenios de la especie humana dejan describirse como una lucha entre la existencia y la inexistencia de la gente. Expresiones de este tipo nos ayudan a entender por qué seguimos recordando con admiración Pedro Páramo, la novela que Juan Rulfo dio a las prensas hace ya setenta años: en 1955.
¿Pero de qué estamos hablando? ¿Qué implica el “esa gente no existe”?
Antes de darnos una respuesta, permitámonos un par de apuntes que acaso ayudarán a hacer más gozosa la lectura del máximo clásico de México. El máximo clásico, sí: estamos ante un libro con más de sesenta traducciones a distintas lenguas del mundo y más de diez a lenguas mexicanas originarias, con una reseña muy elogiosa en el exclusivo club de The New Yorker (1959), con tres versiones cinematográficas, con ediciones de diversa índole (una en la Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges), con cientos de reimpresiones, con juicios positivos de personalidades procedentes de los cuatro puntos del planeta, con pinturas y partituras inspiradas en sus pocas páginas…
Pues bien, Pedro Páramo no es otra cosa que una amena charla.
Resulta que Juan Preciado y Dorotea (sin —al parecer— apellido, pero con un apodo desdeñoso) se encuentran en un sitio que les permite conversar sin apuro. Y lo hacen: platican con calma. De hecho, hablar les ayuda a entretenerse, puesto que ese lugar no es un restaurante y ellos no se distraen escuchando a los demás comensales y murmurando acerca de ellos; ese sitio es una tumba y las voces que les dan tema provienen de otros sepulcros.
Dos son las líneas de acción en esa plática que se nos volvió novela: la vida y muerte del propio Juan Preciado, y la vida y muerte de su padre, Pedro Páramo.
Juan Rulfo, “The Papaloapan”, Mexico / This Month, vol. IV, núm. 5, mayo de 1958, pp. 14-26. Cortesía de la Colección Ricardo B. Salinas Pliego.
Sin previo aviso, la obra va de una línea a la otra, de modo que puede parecer fragmentaria. De hecho, la componen 69 segmentos, donde cada uno narra una microhistoria o una escena completa. (La edición a cargo de José Carlos González Boixo y de la Fundación Juan Rulfo aparecida en Cátedra señala y sitúa con exactitud didáctica los 69 segmentos; asimismo, proporciona una cronología y otros elementos para el análisis.)
Además, tenemos un proceso “lineal”, no fragmentario, en cada una de las dos líneas antes planteadas: Juan viene a Comala y va asfixiándose paso a paso al percatarse de que entró en un mundo de muertos; Pedro Páramo aparece casi niño, va creciendo y enriqueciéndose mientras conoce, ama, pierde, recupera y pierde otra vez, ya definitivamente, al amor de su vida, Susana San Juan.
Un mérito de Pedro Páramo consistió en unir innovación narrativa (alternar segmentos de dos historias sin avisarnos que iba a hacerlo, entre otros rasgos) y tradición milenaria (ofrecernos perfiles de personajes que nos saben a personas, secuencias que dejan seguirse con emoción, interés e identificación crecientes).
Este mérito ayudó a que la novela fuera ya muy relevante en las batallas entre espíritu vanguardista y espíritu tradicionalista hace setenta años. En efecto, México, América Latina, la lengua española y el mundo entero querían ser y sentirse innovadores hacia los años cincuenta del siglo XX; a la vez, Rulfo nos recordó que, desde sus orígenes, la narrativa se hace con: 1) personajes, 2) historias, 3) ambientes y 4) lenguaje o estilo propio acorde con los otros tres elementos. Tenemos, en fin, una síntesis entre innovación y tradición; tal síntesis ha persistido a lo largo de siete decenios y sigue vigente: se puede traer aire fresco sin romper los principios fundadores de una disciplina.
Vayamos ahora a las historias que nos cuenta la novela. Ya recordamos que Pedro Páramo, “de cosa baja que era” (segmento 40), se enriqueció hasta el punto de ser el dueño de toda la Media Luna y sus alrededores. Pues bien, entre las muchas estrategias que existen para extraer al menos una parte de los yacimientos de la obra, una consiste en entenderla según los tipos de poder que entran en juego allí.
Juan Rulfo, “The Papaloapan”, Mexico / This Month, vol. IV, núm. 5, mayo de 1958, pp. 14-26. Cortesía de la Colección Ricardo B. Salinas Pliego.
Un colega de la Universidad Autónoma de Aguascalientes, Ricardo Orozco, me hizo ver que el nombre “Pedro” es anagrama del sustantivo “poder”. Y viceversa. El poder, sí, es un tema capital en la novela, como lo es asimismo en la vida privada y pública. Y Pedro es quien lo ejerce e intensifica.
A partir de uno de mis análisis de Pedro Páramo llegué al siguiente descubrimiento: hay, hoy, diez categorías de poder activas y en interacción constante, con lo cual podrían explicarse muchos acontecimientos. Pues bien, el cacique y encomendero Pedro Páramo acapara los diez poderes. Veamos:
Una profundización y ampliación de este tema se encuentra en mi libro Problemas de la representación y la representatividad. Diez poderes (Siglo XXI, México, 2019). Otro volumen, ¿Por qué existe el mal? Dostoievski, Tolstoi, Chéjov. Ensayo de literatura comparada (Centro Universitario Lagos, Universidad de Guadalajara, Lagos de Moreno, 2021), incide en una de las cinco o seis preguntas esenciales de la humanidad. La obra de Rulfo se empareja a las de los grandes maestros rusos en el tratamiento de temas tan decisivos como las fuentes del mal.
Juan Rulfo, “The Papaloapan”, Mexico / This Month, vol. IV, núm. 5, mayo de 1958, pp. 14-26. Cortesía de la Colección Ricardo B. Salinas Pliego.
Desde luego, el poder absoluto —que, como nos lo recuerda una frase, corrompe absolutamente— es surtidor inagotable de malversaciones y de malas versiones. De hecho, Rulfo nos proporciona finos matices del mal mediante las conductas y actitudes de su personaje, como fruto de aquello que ha decidido. Me detengo en un caso, entre muchos; Pedro habla con Dolores Preciado, su esposa (se casaron por las deudas que tenía él con ella y por las tierras de Dolores), en presencia de Eduviges Dyada:
—¿Por qué suspira usted, Doloritas?
—Quisiera ser zopilote para volar adonde vive mi hermana.
—No faltaba más, doña Doloritas. Ahora mismo irá usted a ver a su hermana. Regresemos. Que le preparen sus maletas. No faltaba más.
Y tu madre se fue:
—Hasta luego, don Pedro.
—¡Adiós!, Doloritas.
Se fue de la Media Luna para siempre. Yo le pregunté muchos meses después a Pedro Páramo por ella.
—Quería más a su hermana que a mí. Allá debe estar más a gusto. Además ya me tenía enfadado. No pienso inquirir por ella, si eso es lo que te preocupa (segmento 9).
Estamos ante una deliberada sobreinterpretación, muy común en los actos de habla del poder: Dolores no puede defenderse, ya que está ausente, y Eduviges no sabe defenderla, aunque esté presente; Pedro se impone. Pues bien, esta sobreinterpretación (Dolores nunca dijo que quería más a su hermana, Pedro extrae conclusiones falaces del deseo de ella de ser zopilote) ejemplifica una de las causas más comunes del mal en la vida privada y en la pública.
Y es que estamos ante la intriga: la persona acusada no puede defenderse, ni siquiera sabrá que fue malinterpretada, siendo sobreinterpretada (también hay una deliberada subinterpretación por parte de Pedro: ella le está pidiendo implícitamente un poco de cariño y se está comparando con la muerte, sin darse cuenta, al querer asimilarse con el zopilote: ha llegado a una situación límite por los maltratos de su esposo).
En síntesis, sobreinterpretar y subinterpretar son estrategias de poder, y ésta es una de las muchísimas lecciones que nos depara Pedro Páramo sobre algunos aspectos universales que van más allá de las fronteras de México.
Juan Rulfo, “The Papaloapan”, Mexico / This Month, vol. IV, núm. 5, mayo de 1958, pp. 14-26. Cortesía de la Colección Ricardo B. Salinas Pliego.
Ahora volvamos a la escena donde aparece la frase “Esa gente no existe”. El segmento 37 es protagonizado por Pedro Páramo, por Fulgor Sedano —brazo derecho del cacique— y por Miguel, el único hijo a quien el cacique le dio su apellido. Resulta que Miguel ha asesinado a un hombre, aunque apenas tiene diecisiete años. Su padre lo justifica delante de Fulgor: “Déjalo moverse. Es apenas un niño”. Fulgor replica que la viuda está inconsolable e inconforme. Pedro Páramo le pregunta:
—¿De quién se trataba?
—Es gente que no conozco.
—No tienes pues por qué apurarte, Fulgor. Esa gente no existe.
El segmento termina con Fulgor feliz por el buen temporal que se viene encima: “‘Tendremos agua para un buen rato.’ Y se olvidó de todo lo demás”.
Stephen Toulmin nos muestra cómo argumentamos todo el tiempo haciendo aseveraciones básicas (claims) y tratando de sostenerlas mediante datos (data), garantías (warrants), matices (modal qualifiers), refuerzos (backing) y refutaciones (rebuttal). El discurso del poder tiende a lanzar aseveraciones básicas sin sentirse en la obligación de sustentarlas. Y esto ayuda a que a lo largo de la historia humana el discurso totalizante, si no es que totalitario, haya llevado a la muerte a millones de inocentes. El pensamiento crítico (presente en la filosofía del derecho, por ejemplo) y el activismo de resistencia y avance son antídotos contra tal discurso. Susana resiste; quizá por ello se la presenta como lectora.
Podríamos entretenernos en este punto, pero baste por ahora añadir que Rulfo expresa matices de un tema central en la historia: el décimo poder, el de la gente, el de la ciudadanía individual, que, aunque mayoritario, puede sufrir violencia a manos del poder concentrado en un solo cacique. Las guerras, el desprecio a la salud pública y a la educación, el desdén a los pactos y acuerdos son las más comunes violencias contra la ciudadanía.
De hecho, Pedro Páramo terminará cruzándose de brazos mientras Comala “se morirá de hambre” (segmento 65), en venganza de que el pueblo malinterpretó —acaso deliberadamente— como llamadas a fiesta las campanadas de luto por la muerte de Susana.
Instrumentos musicales en Tlahuitoltepec, Oaxaca, 1956. Fotografía de Juan Rulfo. Propiedad de los herederos de Juan Rulfo.
Repasemos ahora una más de las muchas causas que vuelven a Rulfo tan trascendente: Pedro Páramo debe parte de su éxito y de su permanencia a la alternancia entre un bellísimo lirismo evocador, casi bucólico, y la dureza de un realismo seco, implacable. Se trata de la lucha entre un pasado fértil, verde, vivaz, y un presente muerto, apagado, como si se exacerbara el tópico de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Véase, por ejemplo, una evocación en boca de Susana en el segmento 41:
Estoy aquí, boca arriba, pensando en aquel tiempo para olvidar mi soledad. Porque no estoy acostada sólo por un rato. Y ni en la cama de mi madre, sino dentro de un cajón negro como el que se usa para enterrar a los muertos. Porque estoy muerta. Siento el lugar en que estoy y pienso… Pienso cuando maduraban los limones. En el viento de febrero que rompía los tallos de los helechos, antes de que el abandono los secara; los limones maduros que llenaban con su olor el viejo patio. […] Y los gorriones reían; picoteaban las hojas que el aire hacía caer y reían; dejaban sus plumas entre las espinas de las ramas y perseguían a las mariposas y reían. Era esa época.
En Pedro Páramo aquel tópico se cumple, pero no estamos ante una mera nostalgia por el ayer ya ido, sino ante una acusación tácita, porque el deterioro fue efecto de las decisiones omnímodas de un solo hombre, entre ellas el asesinato del padre de Susana a partir de un conjunto de percepciones y conclusiones erróneas.
Por último, otro mérito consiste en la alternancia entre el dominio y la vulnerabilidad. Los siglos anteriores ya sabían que las personas poseemos rasgos o atributos que nos sitúan frente a una relación de poder. De hecho, podríamos definirnos y describirnos conforme a dichos rasgos, que tal vez nos vuelven personajes. Por ejemplo, Susana tiene el poder que le confiere el amor de Pedro Páramo; Pedro Páramo ejerce los poderes que ya hemos visto.
Músicos en Tlahuitoltepec, Oaxaca, 1956. Fotografía de Juan Rulfo. Propiedad de los herederos de Juan Rulfo.
Ahora bien, junto a esos poderes están las respectivas vulnerabilidades, causadas por factores de organización (o desorganización) colectiva, individual o íntima. Lo cual permite uno de los mejores finales en lengua española: Pedro, dueño de vidas y destinos, se siente roto como un niño triste y desamparado ante la definitiva ausencia de Susana:
Pedro Páramo estaba sentado en un viejo equipal, junto a la puerta grande de la Media Luna, poco antes de que se fuera la última sombra de la noche. Estaba solo, quizá desde hacía tres horas. No dormía. Se había olvidado del sueño y del tiempo: “Los viejos dormimos poco, casi nunca. A veces apenas si dormitamos; pero sin dejar de pensar. Eso es lo único que me queda por hacer”. Después añadió en voz alta: “No tarda ya, no tarda”. Y siguió: “Hace mucho tiempo que te fuiste, Susana. […] “Fue la última vez que te vi. Pasaste rozando con tu cuerpo las ramas del paraíso […]. Te dije: ‘¡Regresa, Susana!’” (segmento 67). […] El sol se fue volteando sobre las cosas y les devolvió su forma. La tierra en ruinas estaba frente a él, vacía. El calor caldeaba su cuerpo. Sus ojos apenas se movían; saltaban de un recuerdo a otro, desdibujando el presente. De pronto su corazón se detenía y parecía como si también se detuviera el tiempo. Y el aire de la vida. “Con tal de que no sea una nueva noche”, pensaba él. Porque tenía miedo de las noches que le llenaban de fantasmas la oscuridad. De encerrarse con sus fantasmas. De eso tenía miedo (segmento 69).
Una persona se ha vuelto mito cuando podemos atribuirle frases y acciones acordes a su vasta personalidad. Se atribuye a Miguel de Cervantes una sentencia: “El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”. Juan Rulfo cumplió con plenitud este principio. La experiencia nos enseña reiteradamente que una persona extraordinaria nace de decisiones ordinarias. En efecto, nada más ordinario —por ser lógico y de sentido común— que si Juan Rulfo quería ser novelista se dedicara a leer cuantas novelas cayeran en sus manos. Y libros de historia, ricos en argumentos. Y libros de antropología, de geografía, de arquitectura, de fotografía… Al mismo tiempo recorrió el país como pocas personas lo han hecho: deteniéndose a ver, escuchar, comparar y a comprender. De todas sus experiencias, fueran éstas ante una página, un paisaje, un escrito o un camino, Juan Rulfo fue madurando una obra que hoy se disfruta y se respeta en muchos puntos del planeta.
Imagen de portada: Juan Rulfo, “The Papaloapan”, Mexico / This Month, vol. IV, núm. 5, mayo de 1958, pp. 14-26. Cortesía de la Colección Ricardo B. Salinas Pliego.
Para los principios del poder social puede repasarse el clásico conjunto de volúmenes del sociólogo Michael Mann: Las fuentes del poder social. ↩