Claudio Isaac: permanente novedad
Claudio Isaac (1957-2024) se definía como un creador autodidacta que había aprendido a pintar observando e imitando a su abuelo materno, a su tío, el caricaturista Abel Quezada, y a su padre, que solía dibujar cartones políticos. De niño, Claudio hacía sus versiones de los rostros de Kruschev, Johnson o Castro, aunque después no siguiera el camino de cartonista. Quizá porque su quehacer estuvo marcado por la espontaneidad es que desconfiaba de las posturas estéticas: “Nunca me he esforzado por ir con la corriente o contra ella […]. Más bien siento admiración por pintores que han seguido un curso aislado —como Turner en su era— e, incluso, llego a identificarme más con casos de anacronismo intencional, como los prerrafaelitas, los orientalistas, los posimpresionistas” (Trebejos, 2023).
Claudio Isaac, ¿Cuántas veces te dije?, 2007. Fotografía de Miguel A. Briones. Cortesía de la familia a través de Galería Mónica Saucedo.
Mucho se ha hablado de su infancia rodeada de ilustres personajes y del peso tanto de su padre, Alberto Isaac, como de Luis Buñuel en la vocación del joven Claudio, que escribió un divertido, emotivo y lúcido testimonio de la época y el ámbito que definieron su vida. En Buñuel a mediodía (2002) retrata no sólo al gran cineasta español, sino que muestra a un círculo de intelectuales desenfadados y bohemios que, sin embargo, tomaban con gran seriedad el trabajo artístico. Con la misma entrega, el propio Claudio dejó la preparatoria para comenzar a trabajar en el cine, como asistente, productor o lo que se ofreciera en el camino de convertirse en realizador de películas, aunque su primera incursión cinematográfica la hiciera como actor infantil en Tiempo de morir (1966), de Arturo Ripstein. Su ópera prima, cuyo guion también escribió, fue Crónica íntima (1979), y su reparto incluía a Diana Bracho y Felipe Cazals. A esta película seguirían El día que murió Pedro Infante (1984) y Pólvora en la piel (1992). También fue director de unos cincuenta documentales, sobre todo de escritores, entre los que destacan Guadalupe Amor. Un caso mitológico (1980), Octavio Paz. El lenguaje de los árboles (1983), José Emilio Pacheco. Me llamo nadie (2009), Vida y obra de Octavio Paz. Cantar y contar (2014). Fue un asiduo colaborador de Canal 22 y de TVUNAM, para la cual realizó buena parte de su trabajo documental.
Claudio Isaac, Tres nubes, 2012. Fotografía de Miguel A. Briones. Cortesía de la familia a través de Galería Mónica Saucedo.
Su labor artística más recurrente, sin embargo, fue la de la pintura, en la que compuso escenas que evidenciaban su estudio minucioso de lo simbólico, aunque sin perder la naïveté. A veces, la interpretación de sus cuadros recaía en el color y, otras, en un gesto, una postura o hasta en un animal. Cada elemento sugiere algo más. Por ejemplo, Estudio de Sandy, momentos de Lucía revela un momento entrañable entre un hombre, una mujer y su mascota; el rubor de una mejilla, mientras una mujer mira fijamente al espectador, representa un acto de seducción, y un cuarto rojo, donde un gato regaña a una muchacha desnuda con el título ¿Cuántas veces te dije?, enfatiza la vergüenza. Los cuadros de Isaac dejan ver el oficio con que pintó, fundado en sus apuntes dibujísticos, la práctica continua directo en el caballete y la asimilación de grandes referentes de la pintura, al alcance de su biblioteca y la colección familiar.
Claudio Isaac, Estudio de Sandy, momentos de Lucía, 2011. Fotografía de Miguel A. Briones. Cortesía de la familia a través de Galería Mónica Saucedo.
También fue un fino observador de caracteres, como queda patente en “Veintidós recuerdos póstumos del cine mexicano” (Trebejos, 2023), donde retrata con agudeza pero sin crueldad lo mismo a directores de cine, tramoyistas, peluqueros, fotógrafos, guionistas, directores y actores. Como escritor, Claudio Isaac prefería una brevedad marcada por la agudeza y lucidez de sus observaciones, así como por la hondura con la que configuraba personajes en pocas líneas. Entre su bibliografía también se encuentran Alma húmeda. Una fábula (1998), Cenizas de mi padre (2008), Regreso al sueño. Poemas reunidos (2011) y la novela El tercer deseo (2012).
Al dedicarle este espacio a manera de pequeño homenaje póstumo, recordamos este poema suyo, una declaración de principios:
Olvidada la pugna por cobrar rasgos propios, qué ventura poder ser como ese paisaje desvaído pintado en matices terrosos réplica de un rincón ignorado por todos. Andar por la vida igual que un cuadro sin título y —¿por qué no— también sin firma: libre del sello de casa, un paisaje sin autor, una tela roída por el sol, algo que parezca tan viejo y sin origen como el rincón evocado en el cuadro. Andar sin estruendo, anónimo y desobediente de todo horario. Qué alivio y qué permanente novedad la de no ser reconocido ni por el espejo: adivinar de uno mismo apenas el contorno.
Imagen de portada: Claudio Isaac, Sombrilla en Estocolmo, 2012. Fotografía de Miguel A. Briones. Cortesía de la familia a través de Galería Mónica Saucedo.