Una tarde de subbota en la plaza rojihermosa
Leer pdfA veces me parece que tengo un problema con el español, o con mi vida en la ciudad, y que el ruso no hace más que poner de relieve todo lo que me falta, y otras veces me trae cosas de mi infancia, la urraca que se comía el queso, y me quedo revoloteando justamente en ese detalle, el queso de una fábula, que es lo único que para mí le da sentido a la distinción entre urraca y cuervo, del que al menos sí tengo guardada una imagen imprecisa en la cabeza. Marina Berri, “Proyecto Gógol”
Hace muchos años, en medio de un juego familiar en el que grabábamos el mensaje de la contestadora imitando los sonidos de los animales de una granja y que tuvimos que repetir varias veces porque los accesos de risa interrumpían a mi hermana, a mi padre o a mí, tuve una revelación lingüística: no había una relación lógica entre la forma de las palabras y lo que ellas significaban. Para que una persona empezara a hablar por teléfono, no era necesario que escuchara un “bueno” ni un “hola”, bastaba con un mugido o un cuac para que se soltara. Mientras entendía eso, estaba sentada en un sillón junto al teléfono y la contestadora. Si-llón. Te-lé-fo-no. Con-tes-ta-do-ra. Repetí las palabras en voz alta, lento; luego, rápido. Vi los objetos. El sillón era mucho más grande que la contestadora y, sin embargo, su palabra era tres sílabas más corta. Una nueva risa me invadió, entre nerviosa y expectante: todo podía nombrarse de una manera distinta. Entonces no le di muchas vueltas al asunto, sólo empecé a contestar “cuac” en lugar de “bueno” y me aficioné a leer el diccionario.
Más tarde empecé a estudiar otros idiomas: el inglés de la escuela primaria y secundaria, el español y el latín de la licenciatura en Letras Hispánicas y también catalán. Sólo en el aprendizaje del ruso experimenté un extrañamiento total: se veía diferente, se pronunciaba —se salivaba— diferente, se estructuraba distinto y se escuchaba… opaca, impenetrablemente. No había asideros a los que agarrarme cada vez que escuchaba una nueva palabra y que me llevaran a pensar: “ah, claro, se dice así como esta otra palabra”. Incluso un término tan familiar como “padre”, aunque se podía decir “pápa”, más cercano para mí, se escribía otets y se pronunciaba atiéts. Los días de la semana eran una suerte de encantamiento que nos hacía repetir la maestra a diario al iniciar las clases: lunes, ponidélnik (“¡pAnidiélinik, con a porque la o no lleva acento!”); martes, vtórnik (“pronuncien como efe la primera letra”); miércoles, sredá (“acá se dice más bien srIdá, sin la e”); jueves, chetviérg (“lo mismo, vocal suave no acentuada suena como i: chItviérg y, por favor, pronuncien la segunda i, que si no suena a algo raro, sobre todo en genitivo” —risita cómplice de la maestra—); viernes, piátnitsa (repetía mientras estiraba los cinco dedos de una mano); sábado, subbóta (¿bajo la bota de quién?, pensaba cada vez que llegábamos acá); domingo, voskriesiéniie (“ya saben, o no acentuada: vAskriesié, y ahora prueben pronunciar ñie al final, con la ‘ñ’ del español, vAskriesieñie, ¡bravo!”).
Asistir a esas primeras clases se sentía como presenciar y al mismo tiempo ser parte de un teatro del absurdo. Eran clases angustiantes, pero también muy divertidas; no había alternativa: o nos lo tomábamos con humor o desistíamos. Esa risa era la misma que me había acompañado en aquella tarde lúdica en la que se me reveló la arbitrariedad del signo lingüístico. La enorme diferencia es que antes absorbía inconscientemente el vínculo entre significado y significante y ahora hacía un esfuerzo de memoria, de investigación, de imaginación y de asimilación más que considerable. Quería descifrar la fórmula del pegamento lingüístico ruso, eso que todos los rusoparlantes compartían de manera invisible; es decir, deseaba introducirme completamente en su cultura aunque me encontrara a miles de kilómetros de distancia, en un lugar donde nunca cae nieve, sin más cercanía con lo ruso que unos libros que aún no podía leer, unas ideas vagas sobre el comunismo y una maestra siberiana a la que escuchaba dos horas diarias hablar, sobre todo, en español —pero que estaba muy bien pertrechada de canciones, poemas y películas en ruso.
Vasili Súrikov, La mañana de la ejecución de los streltsí, 1891. Galería Tretiakov, Wikimedia Commons, CC 4.0.
Sabía que, para salvar esa distancia gigantesca entre significado y significante —semejante a la que hay entre México y Rusia—, debía, aparte de tener paciencia y disciplina, encontrar una relación entre ellos aunque sólo fuera lógica para mí. Por ejemplo, los primeros nombres de animales que me aprendí fueron sobáka (sAbáka), que significa perro, pero suena como “esa vaca”, y koróva (kAróva), que significa vaca, pero suena como “Karo va (a algún lugar)”. En clase, además, teníamos una compañera polaca llamada Karolina; ella era mayor que todos, procuraba mucho su apariencia y cuidaba sus modales. Para mí, era una dama. ¡Claro! Como La dama del perrito, de Chéjov: Karo va con esa vaca. Retorcido, pero eficaz. Con el tiempo fui adquiriendo referencias dentro del sistema lingüístico-cultural que me ayudaban a acortar la distancia entre significado y significante de manera más adecuada. Aunado a la repetición machacona de los días, entender la etimología de las palabras me ayudó mucho a memorizarlos: lunes, ponidiélnik, “día en el que no se hace nada”, del verbo diélat (hacer) más la partícula de negación (nie, niéchego); martes, vtórnik, “segundo día”, del número dos cardinal (vtorói); miércoles, sredá, “el que está en medio”, como la palabra srédnii (el que está en medio, promedio); jueves, chetviérg, “cuarto día”, del número cuatro cardinal (chetviórtii); viernes, piátnitsa, “quinto día”, del número cinco cardinal, (piátii); sábado, subbóta, del hebreo shabbat; domingo, voskriesiéniie, “resurrección o primer día de la semana cristiana” (el domingo de Resurrección cobró algo de sentido en mi atea cabeza).
Poco a poco, y gracias a que nuestra maestra nos retacaba de referencias literarias, pictóricas, musicales, cinematográficas y gastronómicas, esa relación arbitraria empezó a espesarse, a “ganar carnita” y volverse menos azarosa. Mi rusoñol marino también iba creciendo, aunque aún dependía mucho de mis referencias culturales occidentales; para ponerlo en una imagen, diré que mi ruso se veía como el cuadro de Georges Seurat, Tarde de domingo en la isla de la Grande Jatte: era un idioma anclado en el siglo XIX tardío, con una chejoviana dama y su perrito saltarín en una esquina, estático y medio borroso.
No bien empezaba a sentir un poco de certeza, se desbloqueó otro nivel de dificultad: la polisemia. Un día, mientras miraba los títulos en ruso de las novelas de Tolstói y me emocionaba porque me parecía entenderlos, di con uno que me extrañó. Leía Voyná i mir y traducía, contenta, ¡Guerra y paz!; Detstvo, Ótrochestvo i Yúnost: ¡Infancia, Adolescencia y Juventud!; Anna Karenina: es igual; Voskresiéniie: ¡Domingo! Este último lo había traducido mal. Tiempo después encontré en un tendido de libros usados la versión en español de Resurrección, una novela tardía del conde, para algunos la representación artística mejor elaborada de la filosofía tolstoiana, así como el panorama de la vida en Rusia quizá más amplio.
Más o menos a los dos años de haber comenzado a estudiar ruso tuve la oportunidad de hacer un breve viaje a San Petersburgo y a Moscú. En cada ciudad estuve una semana y, aunque me expresaba con mucha dificultad en ruso, decidí usar la plataforma Couchsurfing para dormir en los sillones de los habitantes que habían inscrito sus viviendas como opción de hospedaje en esa red. En Moscú me hospedaron Vitali y su esposa Irina. Él hablaba muy bien español porque había trabajado en Colombia. Ella entendía más de lo que hablaba. Admiraba (y envidiaba) la fluidez y la locuacidad de Vitali, al mismo tiempo que agradecía la reticencia de Irina para hablar en español y su predilección por expresarse con dichos rusos. Mientras delineaba el plan turístico para el día siguiente, Vitali no paraba de repetir una palabra rara: “antes de que lleguemos a la plaza rojihermosa pasaremos a tomar kvas”, “tienes que visitar el museo histórico que está en la plaza rojihermosa”, “porque sí sabes que la Plaza Roja no es roja, ¿verdad?”. Yo creí que estaba jugando conmigo, pues recordaba claramente haber visto unas diapositivas en clase de la supuesta Plaza Roja en la que había una muralla muy larga de color rojo, la muralla del Kremlin; una catedral colorida, en la que resaltaba el rojo; el Museo Estatal de Historia, albergado en un edificio rojo con blanco, y el mausoleo de Lenin, rojo con negro. Además, su nombre era Krásnaia plóshchad y a mí me habían enseñado que rojo se decía krásnii en ruso. “Pues sí”, me respondió Vitali, “es cierto que están todos esos edificios de ladrillos de distintos tonos de rojo, pero también es cierto que aparecieron en diferentes momentos. En el siglo XVII, por ejemplo, cuando la plaza recibe el nombre de Krásnaia, aún no existían el edificio del museo ni el mausoleo, y la muralla del Kremlin, así como varias de las iglesias dentro de ella, estaban hechas de piedra blanca. Además, el vocablo krásnii tenía poco tiempo de significar el color rojo: su significado primigenio, el que compartía incluso con otras lenguas eslavas, era el de bello, bueno, hermoso, elegante, luminoso, brillante, alegre, saludable… De hecho, en los refranes populares y en las fiestas tradicionales todavía se aprecian esos sentidos. No te vendría mal visitar el Museo Etnográfico de San Petersburgo”. Al día siguiente fuimos a pasear al Kremlin y a la Plaza Roja, tal como habíamos planeado la noche anterior. En efecto, la plaza no es roja-roja; en estricto sentido, es del color del asfalto y, además, está flanqueada por los almacenes GUM (Tienda Universal Principal, por sus siglas en ruso), cuyas paredes son de color hueso. Majestuosa sí era. Hermosa, también.
Borís Kustódiev, Bolshevik, 1920. Galería Tretiakov, Wikimedia Commons, dominio público.
Y estaba, además, la sensación de encontrarse en un lugar central, poderoso, único y cargado de significados que no se podían desentrañar a simple vista. En el eclecticismo de las edificaciones que la rodean se aprecia el paso del tiempo. Originalmente, en el siglo XI, cuando la capital política de la Rus era Kíev y no Moscú, el Kremlin contenía casi toda la ciudad y ya era su centro político y comercial. Las construcciones en su interior eran de madera y estaba resguardada por una empalizada. Alrededor se asentaron los comerciantes, a unos trescientos metros del puerto del río Moskvá, por donde llegaba la mercancía. Sus casas y puestos, también de madera, fueron instalados en el costado del Kremlin que hoy se conoce como Plaza Roja, pero que entonces se conocía principalmente como “plaza del mercado”; “plaza del fuego” y “plaza grande” eran otros de sus nombres. Poco a poco, y conforme Moscú fue ganando preeminencia entre los siglos XIV y XVII, la empalizada fue sustituida por una muralla de piedra blanca y la plaza comercial comenzó a utilizarse para celebrar ceremonias de recepción de los embajadores y zares de otros principados, desfiles militares, ejecuciones y procesiones religiosas. No es sino hasta 1661 que la plaza aparece nombrada en documentos oficiales como krásnaia, designación que coincide con el momento de mayor concentración de poder en Moscú, que, tras múltiples guerras con los mongoles, los lituanos y otros principados de la Rus, se había convertido ya en la capital cultural y política del Estado centralizado más grande de Europa. En 1661, la muralla del Kremlin seguía siendo blanca, aún no se había construido el Museo Histórico ni, evidentemente, el mausoleo de Lenin. Por eso, una de las teorías más sólidas para explicar el nuevo nombre de la plaza dice que, si bien a partir del siglo XV la palabra krásnii empezaba a usarse con un significado cromático, para el siglo XVII, en la lengua literaria y oficial aún mantenía los significados cultos y antiguos de belleza, excelencia y dignidad. Otorgándole ese nombre, el zar Alexéi Mijáilovich buscaba equiparar simbólicamente el estatus de la plaza con el poderío político que había alcanzado Moscú.
Es curioso observar que precisamente el cambio semántico de krásnii ocurrió durante los dos siglos en que Moscú se convirtió en el centro del zarato ruso. En la literatura rusa antigua, en textos de los géneros más diversos —desde el Cantar de las huestes de Ígor hasta la literatura eclesiástica culta—, krásnii no tenía ninguna relación con el color. En ruso antiguo, la palabra que designaba el color rojo era chiervlienii o chiervatii. Con la conformación del Estado moscovita asistimos también a una nueva etapa en la historia de la lengua rusa en la que se introducen muchas palabras y características fonéticas de los dialectos moscovitas y aquí se ubica la evolución semántica de krásnii, cuya primera aparición escrita en la que significa “rojo” data de 1515. Paulatinamente, krásnii fue desplazando a chiervlienii para referirse al color, al grado de hacerla desaparecer, y hacia mediados del siglo XVII aparece una nueva palabra para designar lo que antes significaba krásnii: krasivii, que mantiene la raíz kras-. Para mediados del XVIII su uso es frecuente y el paradigmático para señalar la belleza de alguna cosa. No obstante, el uso de krásnii con los significados antiguos no desapareció del todo en la lengua literaria; la utilizaban los escritores del XIX y se escuchaba también en la esfera del habla popular (en refranes, expresiones y caracterizaciones populares, así como en frases hechas).1
Varvara Stepánova y Vladímir Mayakovski, Carcajada amenazadora: la ventana ROSTA, 1932. © Alamy Stock Photo.
Otro día fui a visitar la galería de arte Tretiakov y, entre las muchas maravillas que vi, hubo una que resonó con la visita a la Plaza Roja: el cuadro Bolshevik (1920) de Borís Kustódiev , en el que un hombre gigante, barbado, con ropa de obrero y calzado con botas carga una bandera roja que serpentea a lo largo del lienzo mientras avanza, con paso firme y mirada clavada en el “futuro feliz”, hacia la Plaza Roja entre edificios moscovitas nevados y calles llenas de gente. Parece que bajo la bota (¡subbóta!) de ese bolchevique inmenso morirán aplastadas muchas personas; sin embargo, éstas también parecen moverse como hormigas que sortean y acompañan los pasos del gigante. La bandera ondea entre las nubes (¡llega al cielo!), cubriendo con su carmesí toda la ciudad: el rojo se expande para albergar los nuevos significados de la nueva época: revolución, fuerza, bolcheviques, multitudes, futuro luminoso… Si bien estos significados adheridos a la palabra krásnii eran jóvenes, no había duda de que habían llegado para quedarse. Otro cambio social y político ensanchaba el significado de krásnii, pues, aunque a partir de la Revolución francesa el color rojo se había empezado a asociar “internacionalmente” con la lucha y las ideas revolucionarias, a partir de 1917, el polisémico krásnii prácticamente restringiría su significado al rojo comunista y bolchevique. Además, para los ideales de la Revolución rusa, era krásnii, y no otras palabras que designan un color dentro de la gama del rojo, la que debía arroparlos, pues las reminiscencias semánticas que arrastraba constituían la amalgama perfecta: rojo, sí, pero también hermoso, fecundo, digno, solar. De ahí que una de las principales instituciones del gobierno soviético, la militar, adquiriera el nombre de Krásnaia Armiia (Ejército Rojo) y sus miembros se llamaran krasnoarmiéiets: no simplemente soldado, sino soldado rojo. Una palabra con tanta flexibilidad y profundidad histórica no escapó, por supuesto, a la creatividad de los poetas, quienes contribuyeron a fijar sus nuevos significados (basta asomarse a la obra de Vladímir Maiakovski o Aleksandr Blok) y matices: el pasaporte rojo del orgulloso ciudadano soviético o el belicoso erizo rojo de los poemas de Maiakovksi no emanan del rojo del muro soviético, represor y asesino de los versos de Anna Ajmátova.
Los días pasados allá procuré abrir mucho los ojos, aguzar los oídos y, si mi propósito había sido obligarme a hablar en ruso, terminé enmudeciendo ante la evidencia de lo mucho que me faltaba por aprender antes de abrir la boca. Y lo entendí: esa falta no se agotaría nunca, me quedaba entretenimiento lingüístico (y vital) para rato.
Imagen de portada: Varvara Stepánova y Vladímir Mayakovski, Carcajada amenazadora: la ventana ROSTA, 1932. © Alamy Stock Photo.