Los osos contra el muro
Leer pdfApenas inicia el año 2025 y es invierno en la frontera. En la pantalla de la computadora veo que ninguno de los osos que tengo monitoreados se ha movido durante las últimas semanas. En algún escondrijo del bosque, hibernan. Donald Trump acaba de retomar la presidencia de Estados Unidos y parece ineludible que continúe la construcción del muro fronterizo que bloqueará por completo el corredor que conecta la Sierra Madre Occidental con las montañas en Arizona y Nuevo México. Múltiples análisis del hábitat indican que este corredor montano es el más importante para mantener conectadas las poblaciones de osos de ambos países, cuyos comportamientos también se ven afectados por el cambio climático, por ejemplo, por la megasequía que ha azotado a esta región. Los parches de hábitat de los osos y sus fuentes de agua se reducen cada vez más, la temporalidad de su alimentación se vuelve más errática y, a la vez, se erigen más barreras, lo que dificulta su libre movimiento. Esto es un gran problema para los osos y otras especies que dependen de vastas áreas para sobrevivir. Ante esta situación, surge la pregunta central de nuestra investigación: ¿cuáles son las cañadas, los pasos de montaña y las barreras que más perjudican a los osos en su andar?
“¡Trampa activa, trampa activa!” El grito en la madrugada me hace pasar de un sueño profundo a la concentración absoluta. Mientras me pongo las botas y enciendo la lámpara, palomeo mentalmente las cosas que necesito para la captura: cinta métrica, libreta de notas, báscula, herramientas y collar satelital. En menos de cinco minutos, todo el equipo, que consta de dos biólogos y una veterinaria, ya está arriba de la camioneta con el corazón acelerado y la mirada fija. Hay un oso en la trampa.
A pocos kilómetros de nosotros, un oso negro olisquea y analiza el dispositivo que lo mantiene atado a un árbol. Con una delicadeza que contrasta con sus ciento veinte kilos, se quita el lazo que lo sujeta de la muñeca y se marcha tranquilamente. Como evidencia de su paso, sólo dejó sus huellas en la tierra y su evasión quedó registrada por una cámara infrarroja que también grabó nuestra llegada. Nuestros rostros reflejan la decepción de encontrarnos con la trampa vacía.
El ejemplar que no capturamos es un oso negro adulto que le llama hogar a una serie de montañas que corren de norte a sur en la frontera entre Arizona y Nuevo México, en Estados Unidos, y Chihuahua y Sonora, en nuestro país. Esperábamos atraparlo para colocarle un collar satelital y monitorear sus movimientos; en específico, nos interesa saber cómo reacciona a la carretera y la reciente construcción del muro que divide ambas naciones. Presuntamente, se trata de un oso mexicano, pues su presencia se detectó en este lado de la frontera, pero ¿dónde habrá nacido?, ¿allá o acá?, ¿visita seguido el país del norte?
Xúuj o figura de oso, posiblemente de los pueblos tlingit, ca. 1882. Princeton University Art Museum, dominio público.
De las cuatro especies de osos que existen en América, el oso negro se encuentra en México, Estados Unidos y Canadá. El individuo más sureño del que se tiene registro habita en la Sierra Gorda de Querétaro, a escasos doscientos kilómetros de la Ciudad de México, mientras que las poblaciones más norteñas rondan las costas del océano Ártico, en el norte de Canadá y de Alaska. En medio, en los territorios que se ubican entre el océano Atlántico y el Pacífico, las poblaciones de osos negros han visto tanto reducciones como expansiones tras siglos de caza y programas de conservación. De este modo, miles de osos coexisten en un mosaico de bosques, montañas, carreteras, granjas, ciudades y complejos residenciales.
El nombre común de esta especie es engañoso, pues también hay ejemplares de color canela, café oscuro y hasta güeros, aunque sólo en el suroeste de Norteamérica hay osos negros con diferentes colores de pelaje. No hay certeza sobre el porqué de estas variaciones cromáticas, pero se cree que los tonos más claros les ayudan a lidiar mejor con una mayor exposición al sol o a ser menos conspicuos en los terrenos más abiertos y áridos. Por los pelos que se quedaron en la miel y el mango que usamos para atraer a los osos a la trampa, sabemos que el oso que escapó es de color achocolatado.
Unos días después, me levanto a las seis de la mañana y uso una antena de radio para revisar el estado de las trampas. Un bip-bip rápido me avisa que algo activó la trampa en la que Houdini, el nombre que decidimos darle al oso escurridizo, nos evadió tres noches atrás. Esta vez Houdini despertó, hora y media más tarde, algo atolondrado después de haber sido anestesiado, medido, muestreado, y con un collar que nos enviará su geolocalización precisa cada dos horas durante el próximo par de años.
La relación de los humanos con los osos negros es diferente en cada país y varía dependiendo de la región en la que se encuentren. En algunos estados de la Unión Americana y Canadá se permite cazarlos. Sin embargo, por estar al límite de su distribución y por la merma ocasionada en sus poblaciones y bosques, en México se les considera una especie en peligro de extinción y están protegidos. Además, la percepción social de los osos negros bambolea entre la admiración, la ternura y el miedo. Cuando caminan en cuatro patas, su animalidad se hace patente y nos hace marcar una distancia con ellos, pero cuando se paran en dos patas y usan con habilidad las otras dos para abrir autos, botes de basura o cualquier otro artefacto, las barreras entre ambas especies se difuminan, los vemos más cercanos y despiertan nuestra empatía. Su inteligencia y destreza es tan evidente que, en los sitios donde coexisten osos y personas, se diseñan botes de basura para que no puedan abrirlos.
Mapa de distribución del oso negro (Ursus americanus), según la Lista Roja de la UICN, 2019. Wikimedia Commons, CC 3.0.
Tras dos temporadas de captura, logramos colocarles collares a más osos, y con el paso del tiempo los puntos que marcan sus ubicaciones en el mapa permiten trazar las rutas de los sitios que cada individuo ha visitado. Parece un mapa impresionista: las sombras más oscuras señalan sus sitios preferidos: las cañadas frescas y las arboledas de encinos con comida. Las zonas menos frecuentadas se ven de un color más tenue, son áreas donde los osos están más expuestos y las atraviesan con premura y sin merodeos.
Los recorridos rápidos suelen indicar que cruzaron áreas donde se sentían vulnerables, en cambio, suelen dedicar caminatas lentas y exploratorias a conseguir alimento. No moverse también forma parte de la vida de los osos: durante los meses fríos, cuando no hay muchas opciones para comer, buscan refugio entre las rocas o entre troncos caídos y se sumen en un sueño continuo que se prolonga por semanas enteras. Gerónimo, uno de los machos más grandes que capturamos en la primera temporada, patrulla una vasta área de cuatrocientos kilómetros cuadrados que incluye bosques con abundante comida, si bien esto depende de la estación del año, además de agua en diferentes puntos y pendientes frías para hibernar. Un día observamos que Gerónimo avanzó hacia el norte. La frontera entre México y Estados Unidos se encontraba a menos de dos kilómetros, pero en esa sección de Nuevo México no hay muro. El paso es libre para los no humanos. Aunque Gerónimo es quizá el mamífero más poderoso de todas estas montañas, es cauteloso; le teme a la gente y a sus máquinas. La carretera federal número 2, que conecta Tijuana con Ciudad Juárez, se interpone en su camino. El tráfico de vehículos, el ruido de sus motores y el brillo de sus faros lo disuaden finalmente de cruzar la barrera de asfalto y tránsito. A menos de ciento cincuenta metros al sur de la carretera, se da la vuelta y regresa a las montañas desde las que bajó.
En un mundo sin humanos los problemas de los osos son, en general, otros osos. El oso negro solía coexistir con el oso pardo, una especie mucho más grande y agresiva. La presencia de sus parientes les exigía actuar con cuidado; procuraban no cruzar caminos con ellos, constantemente elegían sitios más escarpados y optaban por una dieta más variada, menos dependiente de la carne y de los lugares que los pardos frecuentaban. Esta especie era más fiera y le temía menos a las personas. Tristemente, en el siglo pasado se llevaron a cabo campañas de erradicación de depredadores que mataron hasta el último oso pardo que habitaba en los valles y montañas del sur de Estados Unidos y el norte de México.
Una mañana de octubre, cuando el clima es fresco y los osos pueden moverse durante todo el día, revisé el mapa con los movimientos recientes y vi en la pantalla que Winni, un macho adulto joven, había decidido explorar nuevos territorios. En tan sólo cuatro días, cruzó un valle de pastizal desértico, dos carreteras y llegó a la sierra de Cananea, cien kilómetros al oeste de donde lo capturamos. A este tipo de expediciones que realizan los animales se les conoce como movimientos de dispersión y, en el mundo de los osos, son los machos jóvenes quienes hacen las travesías más largas en busca de hembras con las cuales reproducirse; incluso llegan a áreas que se encuentran fuera del férreo patrullaje de los machos grandes.
Huellas de un oso negro (Ursus americanus) en el Parque Provincial de la Península Brooks, isla de Vancouver, Canadá, 2007. Wikimedia Commons, CC 3.0.
Los puntos de la travesía de Winni marcaban casi una línea recta de este a oeste y me pregunté por qué eligió esa dirección. ¿Sabrá que también hay montañas con osos en el país vecino? ¿Supo de antemano que, de haberse dirigido al norte, se habría topado con la carretera a menos de cinco kilómetros de distancia, y muy probablemente con el muro, dos kilómetros más adelante? En su trayecto, recorriendo la sierra, encontró bosques con todo lo que un oso necesita para sobrevivir, sin embargo, también vivió días aciagos, en los que sólo vio pastizales a su alrededor, sin ninguna montaña en el horizonte. Me impresiona la fuerza de voluntad osuna que hizo que este ejemplar cruzara un océano de pastizales y barreras esperando hallar islas montanas al otro lado y, por qué no, incluso una osa.
Aunque hasta el momento ningún oso ha tenido la osadía de atravesar la carretera federal o de cruzar a Estados Unidos, no hay duda de que existen osos negros a los que podemos denominar osos fronterizos, border bears. Al igual que los lobos, los bisontes, los berrendos, los perritos de las praderas, los castores y las mariposas monarcas, estos osos forman parte de esa lista de especies épicas que habitan en Norteamérica, de modo que las amenazas y decisiones políticas sobre migraciones y aranceles tomadas por los países de esta región también les afectan. Con la imposición de tarifas comerciales, el acero, los chips automotrices y los aguacates subirán de precio, pero el costo energético que implicaría la finalización del muro será brutal para las especies silvestres.
Y habrá consecuencias: las poblaciones de osos negros en México y en Estados Unidos quedarán más aisladas que nunca; además, la vida de los osos fronterizos correrá mayor riesgo, pues depende de las lluvias, de si los encinos dan bellotas y de si el Departamento de Seguridad Nacional dinamita las montañas para erigir un muro a costa de la reducción de su hábitat. La situación también es crítica porque el cambio climático provoca que las montañas sean como islas que cada día se vuelven más pequeñas. No conforme con ello, la democracia del llamado primer mundo, vestida de rojo o de azul, levantó un muro que corta las rutas de cientos de especies animales.
Escucha el Bonus track de Ganesh Marín, con Fernando Clavijo M.
Imagen de portada: Huellas de un oso negro (Ursus americanus) en el Parque Provincial de la Península Brooks, isla de Vancouver, Canadá, 2007. Wikimedia Commons, CC 3.0.