dossier Migraciones ABR.2025

Philippe Ollé-Laprune

Los ángeles en llamas

Traducción de Laura Ímaz Álvarez Icaza

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Para aquellos que, como yo, conocen mal Estados Unidos, una de las impresiones que predominan al entrar en contacto con él es su salvajismo. La naturaleza, la historia, las relaciones sociales, políticas e incluso raciales parecen marcadas por cierta ferocidad. Este rasgo característico se percibe tanto en las páginas del periódico y en los pobres individuos sin hogar que deambulan en los centros de las ciudades como en las creaciones ficticias con las que Hollywood nos alimenta. En California, la contemplación del océano o del desierto deja que ese sentimiento se apodere de nosotros fácilmente. Instalado desde hace poco en Pasadena, en el norte de Los Ángeles, para pasar un año ahí, pude sentir la presencia de ese salvajismo en varios paisajes y en el transcurso de numerosos descubrimientos. Sin embargo, nada permitía prever la oleada de elementos que ahí conocí y, sobre todo, nada dejaba adivinar cómo la violencia de la naturaleza iba a destruir, con una rapidez e intensidad sin igual, un espacio nuevo para mí.

​ Nos anunciaron que el martes 7 de enero sería un día de vientos violentos. Al inicio pensé que esas ráfagas sólo iban a molestar a los peatones. Pero pronto lamenté ver que la vehemencia del vendaval hacía que cualquier salida fuera peligrosa —la tormenta, por ejemplo, arrancaba las ramas de los árboles, que además se inclinaban por la potencia de los vientos, como observé desde mi ventana—, por lo que rápidamente tomé la decisión de no utilizar mi bicicleta, con la que suelo moverme. Según las previsiones meteorológicas, esto debía durar dos días.

​ En esta época del año, la noche inicia muy temprano y desde las cinco de la tarde Los Ángeles está casi en la oscuridad. Aquellas previsiones, inspiradas seguramente en las experiencias de años anteriores, mencionaron que había riesgo de incendios, ya que muchos cables podrían ser arrancados y las chispas los desencadenarían. En particular, en las zonas donde las plantas han invadido los espacios, pues la sequía era muy real: no había llovido desde hacia tiempo y claramente las plantas se veían afectadas por ello. Un paseo cerca de la casa que hicimos una semana antes nos había mostrado que el ambiente estaba muy seco. Además de estas condiciones, cabe aquí hacer otra observación preliminar, las múltiples construcciones en curso que pude ver en California tienen como rasgo común una estructura de madera. De hecho, de lejos todas las obras parecen un juego de construcción con vigas y piezas color café que no dejan lugar a dudas: el sector inmobiliario está ligado con la producción de madera. Esta sequía, la violencia de los vientos y la omnipresencia de esas estructuras vegetales explican el desencadenamiento que conocimos entonces.

​ A la noche la acompañó pronto un resplandor visible desde el balcón de la recámara. Y rápidamente también empezó a llegarnos un olor a humo que llevaba el viento. No pasó mucho tiempo para que se escucharan las primeras sirenas de los camiones de bomberos: el peligro comenzaba a tomar forma. La fuerza del ventarrón no se apaciguaba y el humo se volvía cada vez más espeso. Tomamos por fin una decisión: agarrar los pasaportes, las computadoras, algo de ropa e irse rápido… salir en la oscuridad fue agotador porque el humo ya circulaba con un espesor inquietante. Los vecinos, con muy buena voluntad, decían que tenían una aplicación en su teléfono que les indicaría si era necesario evacuar y, por el momento, no advertía nada parecido… nosotros les aconsejamos no esperar: el fulgor del incendio era cada vez más intenso y el humo más denso. Es un país demasiado dependiente de la tecnología y ésta se toma su tiempo para asimilar las perturbaciones.

El incendio en Palisades fotografiado desde Playa Vista, enero de 2025. Wikimedia Commons, dominio público.

​ La primera idea fue alejarse de la zona peligrosa y dirigirse hacia el sur. Después de una cena que comimos a grandes bocados, fuimos testigos de la muy preocupante vista que ofrecían las montañas que sobresalen en este valle: los costados se estaban volviendo rojos y naranjas, y veíamos con facilidad cómo los vientos avivaban la enorme llamarada. En sus textos sobre Estados Unidos, Jean Baudrillard relata su llegada en avión a Los Ángeles por la noche: “Sólo el infierno de Jerónimo ‘el Bosco’ da esta impresión de hoguera”.1 Pero no fue sino hasta ahora que esta comparación cobró todo el sentido: la hoguera estaba constituida por llamas reales y parecía ser la continuación de otra cosa, como si ese salvajismo alcanzara allí un punto culminante, y además emanaba del fondo de la noche para hacerse presente ante nosotros, ante aquellos que buscan negar la evidencia.

​ Por el momento no había opciones, así que un motel sirvió para pasar la noche. La televisión nos mostró la zona del cañón de Eaton, ubicada entre Pasadena y Altadena, reconocimos algunas de las calles próximas a nuestra casa y la contemplación de un edificio en llamas, a tan sólo cien metros de nuestro domicilio, nos provocó una legítima angustia. Como muchos, pensamos entonces en lo que podíamos perder durante esta tragedia. Distintos incendios cubrían territorios alejados entre sí, agregando caos a las horas de confusión extrema.

​ La noche fue corta y en la mañana decidimos ir a ver en persona nuestro departamento. El barrio se encontraba bajo vigilancia, pero el bloqueo estaba a cincuenta metros al norte de la casa. Conforme nos acercábamos, mi celular empezó a emitir un sonido estridente que hasta ese día me era desconocido: un dispositivo buscaba poner sobre aviso a todos los que llegábamos a una zona de peligro, activando un fuerte timbre en los aparatos. Una vez dentro de casa, no pudimos más que constatar que el viento destruyó una ventana y que el humo y las cenizas habían entrado masivamente en la recámara. Imposible quedarse ahí. El olor a quemado estaba como estancado y el aire seguía siendo muy espeso. En tal agitación uno piensa de forma extraña. Decidimos partir lo suficientemente lejos durante el periodo que tomara controlar los incendios. ¿Qué guardar en la maleta? Ropa, claramente, pero ¿por cuánto tiempo?

​ No sé por qué agarré dos pares de zapatos y sólo un pequeño suéter. Había algo de irreal en la atmósfera. Mi estancia ahí me ha permitido ver que de por sí, en tiempos normales, vivir en Los Ángeles es entrar en otra dimensión: el lugar, su textura y las personas que uno se cruza en la calle conforman algunos de los tantos elementos que hacen pensar que formamos parte de una ficción, pero en esta precipitación, y la tensión a la que estaba ligada, flotábamos un poco, como desamparados, como en medio de una pesadilla. La salida tuvo lugar en un ambiente apocalíptico; la desolación del entorno era evidente: las calles estaban abarrotadas de ramas; la electricidad, cortada y no había internet; el aire estaba saturado de olor a quemado y a polvo; las sirenas de los bomberos sonaban en la lejanía y sólo alguno que otro carro circulaba, como despavorido, como si estuviera perdido. Por supuesto nadie caminaba en la calle. El único desayuno que encontramos fue en un restaurante mexicano que sirve tacos… la cultura de la resiliencia se aprende con la experiencia…

El incendio en Palisades visto desde la costa, enero de 2025. Wikimedia Commons, dominio público.

​ Una vez a salvo, lejos, era difícil obtener información precisa sobre el estado del departamento. Sabíamos que nuestra zona habitacional estaba fuera de peligro, pero la calidad del aire seguía siendo mala. Previendo posibles robos, las autoridades instalaron un toque de queda a partir de las seis de la tarde, lo cual hacía que el regreso también fuera poco agradable. Una aplicación hecha por los vecinos daba avisos prácticos, sin embargo, todo indicaba que era mejor mantenerse alejados, alimentados por las noticias recibidas.

​ Los incendios acaecieron en barrios de gente acomodada, lo cual reforzaba la sorpresa frente al derrumbamiento de un lugar que parecía inatacable: Baudrillard insiste mucho en la idea de que Estados Unidos es una utopía realizada y esta impresión da una consistencia, una formidable seguridad a este universo. Claramente, esto no es más que una proyección, pero en general yo también he podido constatar que esta sociedad no deja lugar a dudas. Todo debe ser sólido, resistente. Él habla de “esta muralla de cristal que encierra a California en una beatitud”.2 La violencia de la tormenta y los avances de los incendios destruyeron más de dieciséis mil edificios y obligaron a doscientas mil personas a evacuar. Este drama de la vida real da la sensación de que la cruel naturaleza golpeó, para darle una lección de realismo, a un universo que tiende a escaparse gustosamente de él. De hecho y en particular, Hollywood ha alimentado bastante bien al público con películas de terror. Su propósito es provocar escalofríos en el espectador a partir de la irrupción de un cambio en el entorno. Con estos devastadores incendios y las múltiples microhistorias que conllevan, la realidad impone miedos y estremecimientos que, durante un tiempo, suplantan el imaginario. Nos engulle la realidad que parece atrapada en un espectáculo de horror que creíamos reservado a la ficción. La naturaleza sabe recordarnos que el salvajismo está en el centro de su funcionamiento.

​ El miedo legítimo que suscitan los desastres de tales dimensiones nos cambia profundamente. Me acuerdo del texto Perspective dépravée de Annie Le Brun, traducido y publicado en México,3 y del cual dio una conferencia en el Colegio Nacional en 1999. En él explica que la noción de catástrofe implica “una inversión de la relación entre lo humano y lo inhumano”. Y el imaginario, que tiende a irse a lo más lejano, acerca la desmedida; ésta, en general alejada, se vuelve cercana y nos hace actuar de manera instintiva. Por ejemplo, algunos vecinos de Altadena se rehusaron a evacuar con el fin de proteger su casa, su hogar. Más allá del admirable coraje que mostraron, en ello puede verse también una representación del culto al riesgo que esta sociedad mantiene. Mas no todo es ruptura en un momento de crisis: hay allí una especie de lealtad a valores exacerbados y un deseo casi animal de proteger el lugar de su vida, el espacio de recuerdos acumulados.

Hieronymus Bosch, el Bosco, Tríptico del Juicio Final, 1482. Academia de Bellas Artes de Viena, dominio público.

​ Me gusta pensar que el término “catástrofe”, que viene del griego, aparece por primera vez en francés bajo la pluma de Rabelais, gran inventor del vocabulario. El escritor de la desmesura, el autor que juega tan bien con esa relación entre “lo humano y lo inhumano”, tenía que aprehender las sensaciones ligadas a los desequilibrios propios de esos momentos de perturbaciones intensas. Él es quien les ha dado un nombre: catástrofe.

​ Regresamos al lugar una semana después. Los incendios estaban casi controlados, pero el aire seguía cargado y el olor era impresionante. Lo que más me asombró fue la inmensa desolación. Se difundieron las malas noticias; varias personas famosas, por ejemplo, perdieron sus casas. Nuestro departamento estaba muy sucio y fue necesario limpiar lo esencial de inmediato. Pero más allá de los inconvenientes apremiantes, sabemos que tuvimos suerte y que las quejas se enfocarán en otras cosas. Un recorrido a pie por el barrio da prueba de ello. A menos de cien metros vimos cómo, de forma sorprendente y desordenada, los edificios se incendiaron. El fuego no avanzó de manera lineal: seguramente porque el viento se llevó las chispas o las ramitas prendidas, las cuales cayeron al azar. El cañón Eaton, en cambio, no quedó tan afectado como se temía. Sentimos un gran movimiento en la vecindad y fuimos testigos de una forma de organización social recurrente en Estados Unidos: las iglesias de distintos credos organizaron las colectas y la repartición de bienes a aquellos que los necesitaban. Hay cierta ironía por parte de la naturaleza, pues parece querer mostrar toda la violencia de la que es capaz justo cuando un nuevo presidente llega a la cabeza del país, mismo que se rehúsa a reconocer el cambio climático y aplicar medidas ecológicas.

​ El recorrido por el barrio es conmovedor y, a pesar del poco tiempo que hemos pasado ahí, nos sentimos apegados al lugar. Las ruinas de las casas calcinadas están esparcidas y su presencia marca el paisaje, recuerda los infortunios que acaban de desarrollarse. Y, como si encarnara las adversidades del momento, un coyote camina en nuestra calle en pleno día buscando refugio y, seguramente, comida. Eso no habría ocurrido sin esta catástrofe. Su aspecto es famélico, su mirada perdida y su pasajera ausencia de timidez nos confirman cuán general es la alteración. Ese coyote es el símbolo de un universo desamparado que no puede más que constatar que la ferocidad se expande fácilmente cuando las perturbaciones intensifican la fuerza de este salvajismo.

Imagen de portada: Hieronymus Bosch, el Bosco, Tríptico del Juicio Final, 1482. Academia de Bellas Artes de Viena, dominio público.

  1. Amérique, Bernard Grasset, París, 1986, p. 103. 

  2. Ibid., p. 90. 

  3. Perspectiva pervertida, Fabienne Bradu (trad.), Verdehalago-UAM, D. F., 1999.