dossier Migraciones ABR.2025

Hector Guerrero

El mundo tocando a la puerta

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Las seis fronteras de Javier

Se asomó por la ventana del autobús y leyó un cartel que decía “Tonalá”. Recordó que se tenía que bajar en ese sitio. No se le olvida la palabra: Tonalá. Un venezolano le había dicho que no continuara más allá, que se bajara en Tonalá y tomara otro autobús. Incluso le indicó la estación a la que debía dirigirse. Le dijo a su compañero de asiento que había que bajar ahí, pero el compañero lo persuadió: “Ya pagamos éste, mejor hay que seguir hasta que se detenga en algún sitio. Si continúa y no nos bajan, pues démosle”. ​ Pero el autobús sí se detuvo al salir del pueblo. Cuatro camionetas le cerraron el paso y subieron varios jóvenes armados con metralletas y pistolas. Les pidieron que bajaran del autobús y abordaran otro que estaba más adelante, estacionado sobre la carretera. Un chico de unos diecinueve años le apuntó con la pistola a la cabeza y, muy amablemente, le pidió que bajara. Mientras caminaban sobre el pasillo, el chico lo empujaba con la pistola en las costillas, pero con una voz infantil y respetuosa le pedía que avanzara: “Baje rápido, señor, por favor”. A Javier lo descolocaba tener un jovencito apuntándole con un arma y pidiéndole las cosas por favor. Se llevaron a la mitad de los pasajeros. La otra mitad se quedó en el camión y nunca supo el porqué de esa división. Veinte minutos después llegaron a una bodega. Intuía que estaban cerca del mar. Se escuchaban olas y le llegaba el olor a brisa salada. Otro cordial joven les informó que habían sido secuestrados por el cártel de Sinaloa y que tenían dos opciones: pagar seiscientos cincuenta dólares y salir de ahí caminando, abandonados a su suerte, o pagar mil quinientos dólares y asegurar su transporte directo a la Ciudad de México. No más camiones, no más retenes migratorios, no más coimas, no más secuestros, no más kilómetros bajo el sol. Su pase directo a la capital. Les aconsejó que tomaran esa oferta. En unas horas les permitirían hacer su primera llamada para obtener el dinero. Después, otro joven les explicó que les darían de comer tres veces al día y que podían pedir café cuantas veces quisieran. A partir de ese momento tendrían quince días para conseguir el dinero. La organización tenía diferentes formas de recibirlo: bancos en México y Estados Unidos, Banco Azteca —el preferido del cártel— y Western Union. Todos los datos les serían proporcionados debidamente.

Fotografías de Hector Guerrero. Cortesía del autor. El avance de la construcción del muro en el desierto de Arizona, octubre de 2022. De la serie El muro que lo divide todo.

Primera frontera

Un mes antes, en mayo de 2024, Javier estaba sentado en el sofá de su casa en Guayaquil, Ecuador. Sintonizó el noticiero en la televisión, pero todo lo que veía en las noticias ya lo había visto en las calles. Por las mañanas atendía su local de accesorios para celulares en el mercado Cuatro Manzanas, uno de los más grandes y populares de la ciudad. Por las noches, era guardia de seguridad en una fábrica de embutidos. En Guayaquil, todo había cambiado desde que llegó la organización criminal el Tren de Aragua. Las calles se volvieron inseguras, había extorsiones, balaceras, asaltos. Las pandillas locales se fortalecieron. Unos meses antes habían tomado en vivo un canal local de televisión. El mercado dejó de ser un sitio seguro y las ventas cayeron tanto que Javier tuvo que cerrar el negocio. La prensa local anunció la muerte de dos compañeros suyos, guardias de seguridad, asesinados por las pandillas. Días antes, su madre le recomendó que abandonara el país.

​ Javier no puede más. La muerte de sus compañeros lo termina de convencer y habla con sus hermanas, que viven en Florida. Se imagina viviendo con ellas, trabajando en un buen empleo, ganando dinero. Empezar de cero. Nunca les hizo caso a sus hermanas cuando le insistían para que se fuera con ellas. Ahora, a sus cincuenta años, cuando ya nadie lo contrataría en su propio país más que para empleos precarios, cuando ya no le queda ninguna esperanza de que las cosas mejoren, está convencido de irse.

​ Comenzó a ver videos en YouTube, a aprender todo lo que sería necesario para la ruta. Con el celular en la mano, veía videos y tomaba notas. En las redes descubrió un atajo. Panamá estaba recibiendo a los ecuatorianos que iban a hacer turismo. Si lograba entrar a Panamá, se ahorraría el Darién, esa selva devoraalmas por la que deben cruzar los migrantes de forma obligada. En el 2002 varios expertos describían la dificultad de cruzar el Darién. La selva servía como una contención natural para detener el paso migratorio, o al menos desviarlo, y lo hacía inviable como ruta de tránsito. Hoy es una especie de carretera rural con al menos cinco rutas, dos de ellas vía exprés, las más caras, como autopistas rápidas. Todo el territorio está controlado por mafias de porteadores que responden al crimen organizado. Campamentos, brechas encordadas y vendedores de agua están haciendo de la selva un camino transitable. Todo lo que se dice de aquella jungla es verdad. Absolutamente todo.

​ Javier habló con sus padres y les contó su decisión de migrar a Estados Unidos. La plática no fue fácil. Sus padres eran ya muy mayores y él se iría de forma ilegal. Lo más probable es que no se volvieran a ver con vida. Al final de la charla, su padre le dijo: “Ándate y hazte de una vida mejor”. A la mañana siguiente sacó todos sus ahorros del banco, mil quinientos dólares. Los primeros quinientos se los gastó en un paquete vacacional a Panamá. Avión de ida y vuelta, cuatro días y tres noches de hotel, todo incluido. Con su pasaporte y sus cartas de empleo para engañar a migración con la mentira de que iba a volver, se despidió y tomó el avión a Panamá. A su llegada, no estuvo más de cinco minutos en la fila de migración. Le dieron la bienvenida. Cuando salió del aeropuerto se sintió privilegiado, había escapado de la selva, había logrado cruzar la primera frontera. El primer día cumplió la promesa que le hizo al oficial de migración que le atendió en el aeropuerto e hizo turismo. Caminó por el centro de Ciudad de Panamá, observó los edificios altos, se tomó fotos y se emocionó porque, por primera vez en su vida, había salido de su país. A la mañana siguiente, sintió pena por abandonar el hotel, aún tenía dos noches pagadas con todo incluido, pero tenía que tirarse a la ruta.

Migrantes centroamericanos esperan en el puente fronterizo entre Guatemala y México, octubre de 2018.

Una frontera tras otra

Javier tomó un autobús hasta el límite de Panamá con Costa Rica. Su primera frontera por tierra. La primera extorsión. La primera caravana que veía, con más de doscientos venezolanos, a los que se unió. Su primer amigo en la ruta, Eden, un joven de veinte años que viajaba solo. Rápidamente se hicieron amigos y cruzaron Costa Rica en treinta horas.

​ Al llegar a la frontera con Nicaragua, un guardia les dijo: “Los venezolanos pasan sin problema, pero usted, Ecuador, no puede pasar. Necesitaría volver a Panamá para que le sellen el permiso de salida”. Ahí se separó de Eden. Javier recuerda la despedida como la que tuvo días antes con su padre. Sólo que ahora era él quien despedía al joven con consejos y la promesa de alcanzarlo más adelante. Dos días después, pagando ciento cincuenta dólares, encontró la forma de pasar a Nicaragua por un cruce ciego en medio de unos naranjales. A la mañana siguiente llegó, junto con más de quinientos venezolanos, a la tercera frontera, la que separa Nicaragua de Honduras.

​ Ésta fue fácil. Le cobraron cinco dólares y le dieron una especie de recibo que, le dijeron, debía llevar consigo para moverse por todo el país. Con ese recibo llegó a la frontera con Guatemala, la cuarta del trayecto, que cruzó caminando y de noche. Ya del otro lado, tomó un autobús y a las cuatro de la madrugada descendió en la plaza principal de Tecún Umán, a las orillas del Suchiate. El río es una frontera natural que separa Guatemala y México. Una señora les pidió ciento sesenta dólares para cruzarlos y les advirtió que habían llegado a las puertas del infierno. A Javier ya casi no le quedaba dinero. Los mil dólares con los que empezó la ruta se habían convertido en doscientos cincuenta. Pasajes de autobús, algunos hoteles de paso, sobornos, invitar una torta y un refresco a compañeros que se encontraban en el camino. Pero la señora les aseguraba que lo más confiable era pagarle a ella, que los dejaría en la plaza pública de Ciudad Hidalgo, Chiapas, ya del lado mexicano. Desde ahí sólo había que caminar 45 kilómetros a Tapachula y solicitar el permiso de libre tránsito. Javier y otros treinta compañeros de ruta pagaron. La mujer cumplió. Los llevó río abajo y los cruzó en unas balsas improvisadas con tablones de madera y llantas que van y vienen sobre las aguas del Suchiate. A las 7:30 de la mañana comenzaron a caminar por la carretera. Había buen ánimo. Se unieron a otra caravana, de unas quinientas personas. En Tapachula le dieron un permiso de tránsito que le daba la posibilidad de moverse por todo el estado. El plan era ir de pueblo en pueblo, no llamar la atención, tomar camionetas y autobuses locales, recorrer distancias cortas. Pasar desapercibido para lograr salir de Chiapas. Pero no se bajó del autobús en Tonalá.

Mujeres africanas aseándose en la parte trasera de la Estación Migratoria Siglo XXI, Tapachula, Chiapas, octubre de 2019.

Todo comenzó en 2018, pero en realidad empezó antes

Han dado las siete de la tarde en la central de autobuses de San Pedro Sula, Honduras. El clima es fresco, no ha parado de llover en los últimos días. Comienzan a llegar los primeros, incrédulos. Observan, preguntan, intercambian miradas y saludos amistosos. Hace días que corre el rumor. Van a salir en caravana rumbo a Estados Unidos, todos juntos, a pie. Es el 12 de octubre de 2018 y de a poco se van juntando familias, madres con hijos, padres de familia y jóvenes menores de edad. Llegan con una mochila al hombro, listos para unirse a la caravana, si es que el rumor, que va de boca en boca por los barrios de todo Honduras, es cierto. “La gente se está organizando, quieren marchar juntos a pie hasta llegar a los Estados Unidos.” La idea, aunque arriesgada, podría funcionar. Caminar todos juntos les da seguridad. Sobre todo para cruzar México, ese infierno lineal que deben atravesar de forma obligada. A las 22:00 horas parten los primeros, en una pequeña caravana de doscientas cincuenta personas, con más incertidumbre que certezas. En el camino se le va sumando gente de pueblos y caseríos por los que pasan. Al amanecer llegan a Esquipulas, en la frontera con Guatemala, ya son ochocientas personas. Siete días después, cuando cruzan a territorio mexicano, la columna suma siete mil, según cifras oficiales de la ACNUR. Se ha instaurado una nueva forma de migrar.

​ México no los recibió amistosamente. El Gobierno del entonces presidente Enrique Peña Nieto, una administración experta en simulaciones, aparentó impedir el paso de la caravana, pero sólo logró retrasarla dos días a las orillas del río Suchiate. Al tercer día, la columna caminaba sobre la carretera que va de Ciudad Hidalgo a Tapachula. La marcha interminable parecía más un éxodo bíblico que una caravana. Kilómetros más abajo, a lo largo de Guatemala, la ruta seguía sumando gente. Pequeños grupos de personas se podían observar a lo largo de toda la carretera. Y mientras la primera avanzada descansaba bajo el sol de la plaza principal de Arriaga, Chiapas, un nuevo contingente cruzaba las aguas del Suchiate. Era ya noticia mundial. En la frontera entre Panamá y Colombia, las mismas columnas de gente estaban cruzando la selva del Darién. La migración había dejado de ser cosa de hondureños y salvadoreños. Comenzaban a subir migrantes de más de trece nacionalidades distintas. La migración era ya intercontinental. El tercer mundo llegando a las puertas de Estados Unidos. Finalmente se había cumplido la fábula de la tierra prometida.

​ Desde aquella primera caravana de 2018 se instauró un corredor migrante. A Colombia llegan personas de los sitios más recónditos, China, Camerún, Somalia, Bangladesh. También llegan otras de lugares más cercanos, Haití, Nicaragua y Venezuela, que en los últimos diez años ha expulsado a más de siete millones de personas. Todos dispuestos a cruzar la peligrosa selva para llegar a México. El centro de Tapachula parece una sucursal de las Naciones Unidas, pero sin los países desarrollados. O la fila de migración del aeropuerto JFK de Nueva York, donde gente de todo el mundo espera pacientemente a que los Estados Unidos les dé la bienvenida.

​ Guido es de Camerún, llegó hace tres meses a México. No le gusta contar su aventura en la selva. No le gusta dar detalles de su vida en África. Se limita a decir que su país es muy peligroso para la gente como él. Sólo eso. Lo dice en un español entrecortado, se expresa mejor en francés. También se puede comunicar en inglés, pero prefiere el francés. Está esperando noticias sobre su permiso para cruzar México de forma legal. Llegó con una de las oleadas de migrantes africanos a finales de 2018. Permanece en la explanada de la estación migratoria Siglo XXI en Chiapas. Está solo a pesar de estar rodeado de más cuatro mil africanos que esperan lo mismo que él. Guido es amable, un hombre joven de apenas veintisiete años, muy delgado. Se mueve despacio y habla suave, sonríe todo el tiempo. No dice nada, sólo observa y sonríe. Dice que no quiere hablar porque tiene miedo. Se despide con miradas cariñosas y sonrisas. Va a bañarse a un riachuelo que se encuentra atrás de la estación migratoria. El río se ha convertido en el baño de miles de migrantes que viven a las afueras de la oficina migratoria. Por la tarde Guido regresa vistiendo ropa limpia. Cuida mucho de su aspecto, se esfuerza en ello. Se acerca y ofrece una entrevista a los periodistas que están en el sitio. Está dispuesto a contar su historia si le pagan por ello. El equipo de reporteros rechaza la oferta y Guido ríe y les dice: “Perdón, es que aquí todo mundo gana dinero con nosotros. Yo jamás entendí el significado de la palabra ‘mafia’ hasta que llegué a México”. Vuelve a sonreír y se aleja. Al cuarto día, Guido se acerca de nuevo a los periodistas y les pide un favor. Hace un esfuerzo en un español escueto y se presenta. En Camerún se ganaba la vida trabajando en el departamento de sistemas de una importante compañía, sabe mucho de computación. Vivía solo en su departamento y tenía una buena vida, no le iba mal. Su jefe le había prometido un ascenso. Después se enteró de que Guido tenía algo que ocultar y lo despidió. Su país es muy peligroso para la gente como él. Lo repite varias veces. Cuando no le sale la palabra que busca en español, la suplanta por una en francés. Así se da a entender desde hace cinco meses que inició su travesía por América. Finalmente, les pide a los reporteros que lo lleven en la cajuela de su auto. “Ustedes me sacan de Chiapas y ya en la ruta yo puedo solo.”

El muro en la playa de Tijuana, 2021.

La quinta frontera

Javier pasó ocho días secuestrado en esa bodega mientras sus hermanas conseguían el dinero. Cada tarde lo instaban a que las llamara para saber cuánto habían juntado. Al octavo día, su hermana le dijo que ya habían depositado y quería saber adónde debían enviar la foto del comprobante de pago. Javier iba a preguntarle al joven parado enfrente de él a qué número enviarlo, pero no pudo. Comenzó a llorar y, entre sollozos, le decía a su hermana que se lo devolvería todo. Al cabo de unos minutos vino otro joven y le dijo: “Ya se confirmó tu pago. Hoy no te alcanzas a ir porque no hay lugar, pero te vas mañana”. Una noche más en ese lugar lleno de personas de China, Cuba, Haití, Venezuela, Perú. Por la mañana, obligaban a las mujeres a limpiar la bodega y preparar la comida. Por las noches las violaban. Los jóvenes ponían música a todo volumen, disparaban al viento e iban por las mujeres, en especial por las venezolanas. Algunas veces llevaban hombres muy golpeados y ahí, frente a ellos, los volvían a golpear. Les explicaron que eran pequeños coyotes que pretendían cruzar o secuestrar gente por iniciativa propia, lo que no podían permitir, ya que no era su territorio.

​ Javier recuerda pocos rasgos de esos jóvenes, los llama así, los jóvenes, pero se acuerda muy bien de la gorra que portaban todos, como si fuera el uniforme obligatorio. Era una gorra negra que decía “Chapitos” en letras doradas. Finalmente lo llamaron y lo formaron frente a un portón enorme, que se fue abriendo de a poco y dejó ver el mar en todo su esplendor. Todo ese tiempo estuvieron frente al mar. Las instrucciones eran simples: caminen hasta la orilla y súbanse a esas lanchas. Después, cuatro horas de lancha en la ruta marítima por el Istmo. Por la noche, una casa en la orilla de una playa desconocida. A la mañana siguiente, un camión de redilas, todos apretados. Por la tarde, un taller mecánico, comida muy mala, todos escondidos. Al día siguiente salen en pequeños grupos, ahora en camioneta, hasta una casa. Y luego a otra, y luego a otra más. No podían preguntar nada, no debían decir nada, nunca supieron dónde estaban. Cuatro días después de haber salido de la bodega, un chofer los volvió a meter en una camioneta y, apiadándose de ellos, les dijo: “Ya es el último tramo, ya están muy cerca de la Ciudad de México”. Javier recuerda que le dolían las piernas de haber permanecido tanto tiempo agachado entre los asientos, recuerda que los choferes no paraban de hablar por radio todo el tiempo, mandaban su ubicación y esperaban que se juntaran todas las camionetas, que venían desde diferentes direcciones. También recuerda que el chofer les dijo: “Miren, esa montaña de allá se llama Popocatépetl”.

​ Al llegar a la Ciudad de México buscó un albergue. Lo recibieron y le ayudaron a sacar su cita migratoria en la aplicación CBP One, el sistema que instauró el Gobierno del presidente Joe Biden, una app que permitía a los migrantes pedir una cita ante un juez migratorio de Estados Unidos, quien podría otorgarles el asilo humanitario. Ese sistema pretendía evitar que se saturaran los centros de detención en la frontera. Javier tuvo suerte y, la tercera vez que lo intentó, la aplicación le arrojó un folio. Su cita estaba confirmada: 31 de enero de 2025. Faltaban cinco meses, pero estaba feliz. En el albergue le dijeron que tenía muy buenas posibilidades de que le otorgaran el asilo. El sistema había sido generoso con él, la mayoría de las citas imponían ocho meses o un año de espera. Javier buscó cómo ganarse la vida. El plan era tener paciencia durante cinco meses y marcharse a la frontera para llegar cinco días antes de la fecha de su cita, como indicaban las instituciones. Consiguió trabajo en un almacén y ahorró todo lo que pudo, tanto que en noviembre se compró su boleto de avión a Tamaulipas. Se dirigiría entonces al puente fronterizo a entregarse a la CBP con su folio y la app con la información sobre su cita. Las autoridades estadounidenses estaban obligadas a recibirle.

Lourdes Almeida, Migrantes en el desierto, 2018. Cortesía de la artista.

Una noche en el río

El silencio se rompe por un ligero sonido que viene desde el río, apenas perceptible. No se distingue el movimiento, se escucha como si alguien nadara pero no se puede ver nada. El río está en total oscuridad, la noche es densa y esta parte del cauce, entre matorrales y bajo grandes árboles, es uno de los puntos ciegos que utilizan los traficantes de personas para ingresar a Estados Unidos. Del lado mexicano el pueblo es Miguel Alemán, Tamaulipas, y el río se llama Bravo. De este lado el pueblo es Roma, Texas, y el río se llama Grande. Poco a poco el sonido en el agua se escucha más cercano y comienzan a distinguirse algunas voces. Lamentos de niños, luces tintineantes de teléfonos, llantos callados y resuellos. Al fondo, la voz de un hombre dando instrucciones: “Ya llegaron, no se preocupen. Ya terminó todo”. El hombre se baja del pequeño bote inflable y lo arrastra hasta la orilla. “Ya están en territorio estadounidense, ya llegaron”, les dice a los tripulantes de la primera lancha inflable de la noche. Veinte minutos más tarde, el lugar parece un parque de diversiones, de esos a donde las familias van a pasear en botes de remos una tarde de domingo. Las pequeñas lanchas inflables no paran de ir y venir de México a Estados Unidos y de regreso. Cada lancha trae consigo aproximadamente diez personas, niños, mujeres, familias. Es 2021 y las imágenes de los niños en jaulas dentro de los centros de detención han dado la vuelta al mundo. Pero los migrantes continúan su ruta. La separación de familias a su llegada tampoco les desanima, tienen claro que la vida que buscan está del otro lado, al menos eso imaginan. Es su esperanza lo que les ha dado la fuerza para llegar hasta este punto. Unos metros más arriba los esperan los guardias de la Patrulla Fronteriza con los camiones listos para detenerlos, registrarlos y llevarlos a uno de esos centros de detención. A dormir en el suelo encerrados en unas jaulas. Pero nada importa. Se les ve sonrientes; lo han superado todo para estar aquí.

​ Entre los murmullos se escucha la voz de una niña que grita: “¡Ayuden a mi mamá!”. La gente guarda silencio y se escucha el llanto de Leticia, una mujer salvadoreña de veintisiete años, embarazada de meses. Leticia no puede más, se toca el vientre y dice que no siente a su bebé, que le duele mucho. Comienza a vomitar y, entre lágrimas, dice que no puede volver a El Salvador, el padre de sus hijas la ha amenazado y a su madre la mataron los pandilleros. No puede más y se tira al suelo pidiendo que por favor la vea un doctor. El oficial de la CBP que ha llegado a controlar el alboroto le ofrece una botella de agua e intenta comunicarse con ella en español. La niña, Elizabeth, de siete años, le repite una y otra vez: “tómate el agua, mamá, tómatela”. Los minutos parecen eternos, Leticia no para de llorar y de repetir “no siento a mi bebé”. Finalmente, llega una camioneta que las recoge y las aleja del lugar. En ese momento, febrero de 2021, cinco de cada diez familias inmigrantes eran retornadas en 72 horas a sus países de origen. Son ya las nueve de la noche y las lanchas siguen llegando. Al fondo las voces se siguen escuchando, “ya llegamos, es aquí”. Es la noche de Roma, Texas. Un oficial de la Patrulla Fronteriza dice: “Mañana será igual, así ha sido desde hace años”.

Sexta frontera

El 20 de enero de 2025 todo cambió. Llegó una notificación al celular de Javier. Donald Trump llevaba una hora en el poder y su primera orden ejecutiva fue eliminar el programa CBP One, cancelando todas las citas y los trámites en proceso. Trump le dice al mundo que los migrantes son una amenaza para su país, que los va a detener, los va a deportar y no los va a dejar volver a entrar. Por el momento, Javier no podrá cruzar la sexta frontera, la que lo separa de Estados Unidos. Permanece en el albergue de Tacubaya, al sur de la Ciudad de México. Se lleva bien con todos y no sabe cómo agradecerles lo que han hecho por él. Tampoco sabe adónde ir. Volverá a buscar trabajo y esperará que Estados Unidos abra otra oportunidad. Está en tierra de nadie. A pesar de todo, sonríe con ironía y no se olvida del hotel en el que los secuestradores lo dejaron, a las afueras de la ciudad, donde podía dormir y comer por ochocientos pesos. Se llamaba Viva México.

Imagen de portada: El muro en la playa de Tijuana, 2021.