crítica Migraciones ABR.2025

Bruno H. Piché

Pantano, de Ana Emilia Felker

La creciente del río

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Este libro/crónica/ensayo personal que Ana Emilia Felker trabajó durante varios años cuenta varias historias que hilan relatos, retratos, encuentros, desencuentros, hechos familiares presentes y pasados vistos desde la borrosa memoria, ese microscopio con las lentes averiadas, digamos que de fábrica. Antes de acercarme a las narraciones, sus cuestionamientos e incluso sus afortunadas contradicciones —un libro, en especial uno como Pantano, no es tal sin ellas, pues, además de proponer una lectura que se dispara en múltiples direcciones, de manera más específica, es resultado de un acto planetario, milenario: me refiero a migrar, y quien migra nunca deja de hacerse preguntas, de imaginar otros desenlaces y vidas, de bascular entre perder y ganar países—, quisiera intentar lo imposible: elucidar la base común de las historias que, en mi experiencia como lector, conforman la confluencia de una multitud de ríos que circulan, pongámoslo así, bajo las tramas de Pantano.

​ Me explico. Nos contamos por millones las personas que hemos vivido del otro lado de la frontera norte. Ya sea por trabajo o por motivos académicos, hemos tocado una realidad muy particular tanto con la escritura como con el cuerpo —debería decir, las partes y órganos de nuestro cuerpo: ojos para observar, manos para alcanzar y tocar lo que jamás habríamos tocado, estómago para digerir el tipo de comida que degustamos al sur, de donde provenimos, piernas para hacer recorridos en ciudades a veces congestionadas, o tan desiertas como Dayton, Ohio—. A mi entender y según las experiencias y personas que conocí durante poco más de una década, que van desde el empacador de carne al vacío en Green Bay hasta la estudiante mexicana en la Michigan State University, que cada día pasaba sus mejores horas en el laboratorio, ajustando un acelerador de partículas con el propósito de indagar en la estructura nuclear de la materia, todas y todos, a su manera, terminan por encontrarse e integrarse a esa corriente subterránea que los lleva de un sitio a otro: de lo contrario, no imagino una forma más o menos humana, no embrutecedora, de sobrevivir a un país tan extenso, no pocas veces hostil, y a una sociedad tan singular como la de Estados Unidos de América —ello sin importar, como ya lo señalé, el oficio o grado de estudios.

Un migrante salvadoreño en el interior del refugio La 72, Tenosique, Tabasco, julio de 2019. De la serie A Lost Border. Fotografía de Hector Guerrero. Cortesía del autor.

​ Lo que quiero decir es que, con todas sus obvias diferencias, la figura del pantano ha sido un lugar, un rito de paso para personas que no le son ajenas al lector del libro de Felker; así, por ejemplo, Cristina Rivera Garza —profesora del doctorado que cursó y terminó Ana Emilia—, quien fue allá a estudiar historia, vino unos años a México y regresó a Estados Unidos para fundar proyectos académicos, primero en la universidad de California en San Diego, más tarde en la de Houston, que van más allá de la obtención de un grado y que están relacionados con la defensa de un tipo de escritura que se plantea desde el género, desde el uso de fuentes múltiples y que defiende la visibilidad de nuestro idioma en un país donde el español se presume como lengua común, aunque esto no resulta del todo preciso, o bien depende de dónde, cuándo y quién la habla. Pienso también en uno de los etnomusicólogos más destacados en ese país, Alejandro L. Madrid, a quien conocí en Northwestern University, a menos de cuarenta minutos de Chicago, y quien no desaprovechó la oportunidad para hacer investigación en Tijuana y publicar el primero de sus libros, que trata de un incierto punto, que es aquí y es allá de manera simultánea: Nor-tec Rifa!: Electronic Dance Music from Tijuana to the World (2008); después vendrían cátedras en Cornell y libros reconocidos y premiados por sus pares, como es el caso de En busca de Julián Carrillo y el Sonido 13 (2020) —especialmente atendible este 2025, cuando se conmemorara el ciento cincuenta aniversario del compositor, así como los sesenta años de su fallecimiento—. El más reciente desembarco de Alejandro L. Madrid ha sido en Harvard e involucra proyectos que van más allá de la musicología y la etnomusicología e integran las claves y llaves que resguardan el enigma, las grandes preguntas, de los archivos sonoros. Y sólo se trata de algunos casos que he conocido. Faltan millones. Al igual que Cabrera Infante, me rehúso a decir: conozco a todos los chilenos; apenas he tenido trato con unos cuantos.

​ No se trata aquí, entonces, de hacer una lista de quienes han destacado en tal o cual ámbito, mucho menos de plantear la explotación o conversión de vidas humanas tan dispares en mera mercancía, sea en el mundo académico, médico, de la industria de la construcción y el sector de los servicios, por mencionar unos cuantos.

​ Mi propuesta crítica es más bien llamar la atención sobre lo casi natural —dudo que Lucrecio estuviera de acuerdo conmigo— que le resulta a la gran maquinaria estadounidense el comercio intelectual, así como el de trabajadores manuales y técnicos (ingenieros, carpinteros, etcétera), que, sin embargo, a través de las labores que desempeñan, de las vidas que viven, de sus estudios, investigaciones y libros —que tienen que ver todo con sus vidas— logran el trasvase, arduo, nunca exento de obstáculos, que consigue crear, literalmente, otro México en Estados Unidos, a la vez que otro Estados Unidos en México.

Vista del muro en Nogales, Sonora, s.f. Fotografía de Hector Guerrero. Cortesía del autor.

​ Éste es, precisamente, uno de los puntos de partida de las historias que cuenta Ana Emilia Felker. En su caso, el desconcierto que causan sus visitas adolescentes a su padre, antiguo militante de izquierda y quien fue el puntero, la rama familiar que, no encuentro mejor verbo, se decantó por migrar y permanecer en Houston, hasta el arribo de Ana Emilia al humedal para iniciar sus estudios de doctorado, previa y breve estancia con su padre —en el recuento de la hija: alguien absorto en ser gabacho, en mantener intactos los tres metros de césped de su casa en un suburbio que invita a salir de ahí corriendo—, y en quien, al final del día —o del libro, donde son notables su meticulosidad y capacidad de observación—, quizás no esté tan mal reconocer a un extraño más (que sea su progenitor en realidad poco importa), que se aleja a saber dónde. Hay en esa distancia un espacio en el que la hija logra al fin respirar. De manera paralela, concurrente, la escritura retoma la vida en un campus estadounidense, una vida no exenta de personajes al borde del abismo —político, identitario, suicida— que recuerdan algunas historias que, desde el plano inverso, es decir desde lo anglo, describió David Foster Wallace, profesor y escritor víctima de los campus y, en una imponderable medida, de sí mismo.

​ Antes mencioné la concurrencia de historias, similar a la confluencia, la colisión y los desvíos inesperados de corrientes subterráneas que ocurren bajo Pantano. Me he referido ya a la parte familiar: visitas a las primas en la temprana pubertad y la adolescencia, los abuelos, el padre, la vida en una ciudad de Texas que, por más hispana que se quiera, no pierde su peculiar estatuto fundacional: el estado de la estrella solitaria, adoptado por los rancheros texanos al día siguiente de separarse del tronco territorial mexicano. Pantano no es, tampoco tenía por qué serlo, un relato autobiográfico: solamente un lector sumido en la inocencia y la candidez creería que, a partir de la escritura de no ficción, resulta imposible descubrir —¿no es esa la quintaesencia del acto de escribir?— maneras de reinventar lo que se supone ya es real o al menos tomado como tal.

​ Es precisamente un hecho extremadamente real el caso de interés inicial en Pantano, una pesadilla que le dio la vuelta mediática al mundo, pero que disparó el misterio de la escritura y estableció la inquietud de una escritora mexicana, no hispana, eso es distinto, en los grupos supremacistas que lo mismo pululan en California y Ohio que en Texas o Luisiana. No llegaría al punto de afirmar que la tragedia provocada por un joven enajenado —el shooter que manejó desde Dallas hasta El Paso el 3 de agosto de 2019 para cumplir su parte en el gran plan: internarse en un Walmart y destrozar con su AK-47 a veintitrés víctimas y dejar a otras veintidós más gravemente heridas— funciona como la columna vertebral del libro; aunque no le falta experiencia a Felker en esas lides, lejos está su libro de ser una pieza periodística.

Una mujer pinta su huella sobre el muro fronterizo en conmemoración de los migrantes que han muerto al intentar cruzar la frontera, Baja California, 2019. De la serie El muro que lo divide todo. Fotografía de Hector Guerrero. Cortesía del autor.

​ La decisión de Ana Emilia de no nombrar al perpetrador de un crimen horripilante conlleva una marcada y respetable postura ética, sobre todo cuando sus referencias básicas (Truman Capote, Emmanuel Carrère, la propia Joan Didion también está presente y, si me apuran, ignoro si la leyó, a una de las autoras jóvenes más dotadas en la no ficción contemporánea, Leslie Jamison, cuyos temas giran alrededor de las múltiples modalidades del dolor femenino, de la empatía, del extrañamiento que puede experimentarse junto a los seres, parejas, padres, en apariencia más cercanos) son ineludibles y tienen un peso en quien escribe un libro como Pantano. Yo mismo no resistí la tentación e incurrí, al escribir una novela de no ficción, La mala costumbre de la esperanza (2018), en poner nombres y apellidos, incluidos los de la familia, las familias, que nunca son por completo inocentes, sobre el caso de un descendiente de mexicanos culpable de un sórdido crimen ocurrido en una ciudad al norte de Michigan, pero a quien, por su origen étnico, el sistema de justicia se encargó de aplicarle todo el peso de la injusticia, en este caso racial, incluso siendo ciudadano americano, al condenarlo a cadena perpetua con derecho a apelación, la cual tardó más de 45 años en llegar, y ya de muy último minuto, cuando mi libro estaba ya en proceso avanzado de edición y para el cual tuve que escribir una suerte de coda. En uno de los intermitentes pasajes en los que Felker hace el relato de la carnicería ocurrida en el Walmart de El Paso, creo entrever la razón profunda de no nombrar al carnicero: “imaginé al asesino manejando desde Dallas hasta El Paso, y ahora esa imagen se materializa en mi cuerpo”.

​ “Todo sucede de pronto. Sientes las balas antes de escucharlas” es una frase tremenda de Pantano pero que, me temo, viene viajando desde tiempo atrás y tiene con Trump un futuro prometedor como pocos. Una obviedad en la que no siempre se repara: Trump no es un fenómeno de ayer, de 2016 ni de 2024. Ana Emilia Felker recurre a Adorno, el gran incómodo de la civilización estadounidense, quien, sin el mínimo reparo, reconoció en California y otras partes del país las características fascistas de la Alemania nazi. Para parafrasear a la autora de Pantano: ¿cuándo fue que se disparó la primera bala? Otro filósofo alemán expatriado, Günther Anders —casado con Hannah Arendt entre 1929 y 1937— fue detenido en 1941 por la policía mientras caminaba en un highway de Los Ángeles y reprendido por poseer libros en lugar de un automóvil. No es coincidencia que los primeros en escuchar el zumbido de las balas sean los otros; los otros que son extraños, ajenos al fundamento originario, y no es casualidad que sean —por sólo referirme al siglo XX y a las dos primeras décadas del XXI— chinos, japoneses, afroamericanos, judíos, vietnamitas, mexicanos, musulmanes. La lista promete ampliarse.

​ Es fama que Texas es tan grande que ahí se vive como en un país. Célebremente, Borges escribió:

Aquí también. Aquí, como en el otro confín del continente, el infinito campo en que muere solitario el grito; aquí también el indio, el lazo, el potro.

​ Ni ensayo, ni diario de viajes, ni memorial familiar, ni rememoración del sitio fronterizo, un supermercado como hay millones, donde murieron veintitrés almas, cada una singular y única, a manos de un depredador sin rostro, ni tampoco crónica es Pantano. O bien, también puede ser todo ello. Sin embargo, en cada capítulo hay una voz, un registro que va variando: es el sutil ruido de la prosa, para recordar a un gran olvidado, Giorgio Manganelli. La escritura de Ana Emilia Felker carece de branquias, y es abundante en toda clase de objetos y bártulos indispensables para hacer recorridos desde dentro. Si Jean-Luc Nancy se acercó a una megalópolis como Los Ángeles, a lo lejos, en Pantano su autora hace lo contrario: logra adentrarse, sumergirse en el humedal y, con ello, logra asombrarse a sí misma y a sus lectores por el efecto de zambullirse en sí. No es cosa menor respirar ahí abajo.

Ana Emilia Felker, Pantano, Almadía, México, 2024.

Imagen de portada: Una mujer pinta su huella sobre el muro fronterizo en conmemoración de los migrantes que han muerto al intentar cruzar la frontera, Baja California, 2019. De la serie El muro que lo divide todo. Fotografía de Hector Guerrero. Cortesía del autor.