crítica Rojo FEB.2025

Ernesto Lumbreras

Ceguera, allí estarás, de Jeanette L. Clariond

Jeannette L. Clariond o la arena de dos desiertos

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Pienso que las meritorias empresas en el ámbito de la traducción y del quehacer editorial de Jeannette L. Clariond (Chihuahua, 1948) han ocultado su obra poética. Además de ser gestora y capitana de Vaso Roto, sello fundado en 2006, con oficinas en Madrid y en Monterrey, con un catálogo de más de cuatrocientos cincuenta títulos, es también la infatigable traductora de poetas italianos y norteamericanos, como Primo Levi y Alda Merini, W. S. Merwin y Anne Carson, entre muchos más. Es verdad que, a diferencia de otros escritores de su generación, comenzó a publicar sus primeros libros —Mujer dando la espalda (1995), Newaráriame (1997) y Desierta memoria (1998)— cuando algunos de sus contemporáneos habían dado ya a la imprenta varias de sus mejores piezas. Se trata sólo de derivas y azares porque, al fin y al cabo, “la poesía sucede”, diría con W. B. Yeats. Otro ha sido el ritmo de Jeannette L. Clariond, la revelación del mundo en su particular clave poética. Por lo mismo, descreo de las carreras o trayectorias literarias, incluso de la cronología evolutiva (imaginamos cada libro de un escritor mejor que el anterior), especialmente cuando se trata de un poeta.

​ La sabiduría del arriero de José Alfredo Jiménez se aplica aquí: “[…] no hay que llegar primero/ pero hay que saber llegar”. Con un bajo perfil mediático, distante de las pasarelas líricas, el tour de los festivales y las presentaciones estruendosas, Clariond es una autora visible desde sus obras y no desde su figura pública. En el circuito internacional su poesía circula en inglés, francés, italiano, rumano, griego, árabe y portugués. Ha publicado en editoriales reconocidas tanto en España como en México. Los interesados en su trabajo pueden consultar su página web, donde se hace un registro pormenorizado de su vasta bibliografía. Sin embargo, tengo la impresión de que todavía no se lee con demora y rigor crítico su propuesta poética, al menos en el ámbito de la literatura mexicana. Imagino una lectura que diseccione sus etapas y obsesiones, sus arquitecturas formales, sus diálogos literarios, artísticos y filosóficos, sus disensos y prolongaciones respecto del canon, sus saltos al vacío… La publicación de la antología personal, Ceguera, allí estarás, con sus 458 páginas de poemas, textos críticos y una entrevista, me parece una oportunidad inmejorable para intentar un acercamiento tanto al conjunto como a cada una de sus estaciones.

​ Poco después de su publicación, en 2013, reseñé Cuaderno de Chihuahua, un volumen autobiográfico de poemas en el que Clariond trae del pasado imágenes y símbolos, anécdotas y personajes de su infancia, cromos de su paisaje nativo y retratos de familia. Al releer estas páginas memoriosas encuentro innumerables correspondencias con su obra poética, constantes temáticas que la prosa y el verso exploran en una inmersión profunda al alma humana, hurgando en territorios inhóspitos donde el dolor o la locura, por ejemplo, ponen a prueba el destino de la protagonista. Como sucede con la “novela” El día más blanco (1999) de Raúl Zurita, que también conecta un recorrido vital con la escritura de libros de poemas, Cuaderno de Chihuahua es una bitácora, un cuaderno de notas, una conversación anterior o posterior a la lectura de varios de los poemas de Ceguera, allí estarás. El volumen alterna algunas piezas líricas entre los párrafos autobiográficos que en buena medida exponen los ejes cardinales de la bibliografía de la autora: la infancia y su entorno natural, la genealogía familiar, el llamado de la poesía, la conciencia erótica del cuerpo y de las palabras… Tal es la importancia de este libro que se incluye un largo fragmento del mismo en la antología, pasaje que dialoga con otro texto narrativo integrado en el índice, La rosa blanca de Duma, un viaje al origen pero, también, una confluencia del pasado en el presente: “Nacer semilla. Nenúfar a la deriva en un mismo río: Beirut, Chihuahua, Monterrey”.

​ Nieta por vía materna de emigrantes libaneses que llegaron a México a principios del siglo XX, Jeannette L. Clariond compagina el desierto del Medio Oriente con el de Chihuahua, el lugar a donde llegaron sus ancestros. En sus atmósferas y en las tonalidades cromáticas de muchos de sus poemas está presente el paisaje desértico de horizontes inconmensurables, de sol calcinante y de dunas en permanente mudanza, de cielos nocturnos, ideales para la introspección y la observación estelar. En medio de esa naturaleza indómita, su tribu hizo un vergel, una versión del Paraíso en la tierra. Allí, en las arenas del pasado y en la música de la poesía, fulgura la madre, la fascinante, y a ratos inquietante, Olga Ayub, una obsesión que irradia y nubla el álbum de los recuerdos, ese “rayo que no cesa” de alumbrar la vigilia y el sueño pero, también, de cegar la alegría y la inocencia con su implacable resplandor: “Hay regiones que son sílabas de sombras”.

Eric Pérez, Islote, 2022. © Cortesía del artista.

​ Es sobre todo en el libro Todo antes de la noche (2003), donde la presencia y la ausencia maternas forman una trama de rezos y evocaciones que dará lugar al treno inconsolable y al salmo lúcido de templanza ante la pérdida. En un lenguaje que busca en su contención dar noticia de su insuficiencia verbal para aludir situaciones límite, la poeta acompaña a su difunta en su descenso, en el tránsito de regresar a la tierra en condición de semilla: “¿Dormirás ahora?// El rasgado cielo/ deja caer sus agapantos// ¿Dormirás entera?// Muestra la tierra, la miel del viento,/ el refulgente ojo que me aguarda”. Las palabras de los vivos se tornan leves y frágiles para llegar al oído de los muertos. Cada vocablo se despoja de sus lastres utilitarios para recuperar su brillo primigenio. Tal vez por eso Gonzalo Rojas, al leer esos poemas, habló de su “difícil contención visionaria”; una poesía, agrega el chileno, “parca y diamantina” que particularmente en este periodo se destaca por su recelo del decir, decantándose por la esquirla verbal, el tanteo y el esbozo sobre un tópico, la seducción de un comienzo interrumpido sin más, la ardiente inquietud de una pregunta o el pliegue que al ocultar insinúa: “temo perder lo que de ti queda cuando te vas”.

​ Aunque desde sus primeros tres libros encontrábamos esa predilección por la brevedad, en Todo antes de la noche alcanza su altura crucero: “Sangra en el vidrio, astillada, la claridad”. En la siguiente estación, Leve sangre (2011), la austeridad expresiva se combina con otros registros, textos con formato de prosa, versos escritos en latín y en italiano, recursos dramáticos como los “apartes” consignados vía paréntesis, líneas dispuestas en cursivas… Esa riqueza formal también se replica en la diversidad de temas y sus respectivas variaciones. En el devenir sanguíneo del libro va la infancia, el padre y la madre, el deseo carnal y verbal, la abuela libanesa, la confluencia del mar y del desierto, los ocultamientos de la divinidad y sus plegarias: “Orar, oírse en la incertidumbre”. Se trata de un libro sinfónico que por momentos me recuerda los de Edmond Jabès o el Suelo absoluto de Lorand Gaspar. El mundo es sensible por el pensamiento. Al sentir el dolor y el gozo, el pensamiento se transforma en zozobra y fuga: “Dicen los santos que el descenso es la herida,/ que las confesiones mejores son las más dolorosas,/ que la negación seca la necesidad”.

​ Dos de mis apartados favoritos del libro son “Sobre la fronda y la medida” y “Las lágrimas de las cosas”. En ambas secciones los poemas dialogan con otros espíritus: el artista Anselm Kiefer, el novelista Kôbô Abe, los poetas Gonzalo Rojas, Charles Wright y Ezra Pound son convocados a lo largo de estas líneas. Una anécdota se convierte en camino de introspección. Una lectura o la observación de un cuadro intensifican el desasosiego de las preguntas centrales de la existencia. Espejeos de la vida y de la expresión artística: “cómo no percibir la agraciada circunferencia de la manzana, cómo no escuchar la cantata desde el coro que alberga la deposición original de tu dolor”. También son de mi predilección los aforismos de “Amonites” como los de la serie de “Amonites escoliados”. Poesía en estado líquido donde el pensamiento es mirador y horizonte de una visión inapelable: “¿Por qué tras años de indecisión al abrirse la flor llega la helada?”. Finalmente, las muestras de Ante un cuerpo desnudo (2019) y “Cuerpo de mi sangre” navegan en las aguas aéreas del poema en prosa. En la primera, Clariond avanza a dos bandas entre el cuerpo martirizado del redentor y la palabra que se rinde —homenaje y claudicación— en esa pasión suprema: “el espanto en el cáliz de las violetas vulneradas”. La propuesta de la segunda es, en mi lectura, el momento extremo del libro, una expedición sin retorno hacia el lenguaje herido de muerte; la dicción del decir enmudecido y extrañado frente a lo vasto y lo inconmensurable.

​ La puesta en circulación de esta antología, vasta y diversa, es un primer paso para la edición de una obra reunida en la que la convergencia de los textos narrativos con los poéticos será un elemento necesario para internarnos en sus querencias temáticas. Ni glosas como tampoco textos explicativos, esos apuntes autobiográficos tienen valor literario en sí mismos; en todo caso, traen más oscuridad e incandescencia a los tanteos y las preguntas de su poesía. En mi recorrido por estas páginas, los apartados de Leve sangre pero, sobre todo, los de Ante un cuerpo desnudo, marcan cimas en la bibliografía de la autora; en este último, para empezar, hay un desnudamiento del lenguaje, de los afeites de tropos y de las galas metafóricas para expresarse con llaneza: “Sé que tú mejor que nadie sabrás oírme en este inmenso abandono que me habita desde niña, pues los niños, a quienes has hecho libres y para quienes has abierto las puertas de tu reino, llegan al mundo bajo el confuso amor de los padres terrenos”. El erotismo sensual de sus primeros libros gradualmente se va transfigurando en un erotismo espiritual. Un temblor herético se percibe en este tránsito. Entrega y contemplación, catarsis e introspección son los dos extremos de la poética de Clariond en su devenir.

​ La obra plástica de Eric Pérez (Ciudad de México, 1972), inserta con fortuna entre las páginas de Ceguera, allí estarás, crea vestíbulos propiciatorios para la lectura de los textos, aporta un tablero de iluminación, con sus respectivas ambientaciones, en el diseño gráfico del libro. Asumo estos apuntes como una primera avanzada a las “ínsulas extrañas” de una obra que amerita ser integrada, a plenitud, en el concierto y en la discusión de la poesía mexicana.

Jeanette L. Clariond, Ceguera, allí estarás. (Antología personal), New York Poetry Press, Nueva York, 2024.

Imagen de portada: Eric Pérez, Islote, 2022. © Cortesía del artista.