dossier Migraciones ABR.2025

Mariana Orantes

Notas al pie de un paisaje migratorio

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El mundo, desde mi asiento, parece plano. Contemplo el horizonte. El mundo acaba en una nítida y filosa línea recta donde se juntan los mares y el cielo. Contemplo mi mundo. Lo acepto en su llanura. No siento la tentación de trascender sus límites. “Ovando”, JAMAICA KINCAID

Para mí, el mundo nunca fue una nítida línea. Nunca contemplé la unión de los mares y el cielo. Si acaso mi mundo era un bosque y, como se sabe, hay que atravesar el bosque para crecer. Nunca pude contemplar el mundo sin advertir la destrucción. Esa herencia inacabada en la que otros sólo han dejado impunidad. Y ¿quiénes son esos otros? Decidí irme de un lugar para encontrarlo en mí misma: señalar la huella convertida en llaga y estudiar a esos otros que siguen jugando al saqueo. No acepté la llanura, antes decidí escarbar.

​ Caí en la tentación de trascender los límites de mi mundo, crucé a la desintegración de las formas y me vi alterada bajo preguntas que quiebran mi diminuta identidad. No hay nada malo en aceptar los límites de tu mundo ni es un crimen romper los límites y buscar otro refugio. Antes paraíso, ahora confusión. De una u otra forma, para crecer, debes reinventar tu propio paisaje.

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En noviembre del 2022, aterricé en el aeropuerto Josep Tarradellas con dos maletas y un gato. Mi vida entera en dos maletas. Toda mi vida en un gato (no cualquier gato, un Pipo original, dios primigenio). Luego, dejé parte del equipaje y al gato en Barcelona, bajo el cuidado de la persona con la que ahora comparto mi vida, y me fui con la maleta restante a vivir seis meses en la residencia artística de la Academia de España en Roma: todo grandiosidad, ponche romano y fiestas con artistas. Todo monumentos a la hipérbole, glorias coloniales, espectáculos sin memoria para los desmemoriados (inserte selfie con duckface de influencer en las catacumbas paleocristianas).

​ Y no me malinterpreten: admirar los monumentos de la historia romana es una experiencia estética única, pero no puedo decir lo mismo de los ejemplares que necesitan consumir, deteriorar y poseer el sentido mismo de un territorio. No me refiero a las personas, sino a la idea de una especie de turismo que sólo busca el desgaste de los lugares que visita. Un turismo que en su forma de moverse imita muchas posturas de los colonizadores.

Un llavero visor con una fotografía de la calle Vicente Guerrero, núm. 504, Ciudad Juárez.

​ Y es que no puedo separar esta observación de mi experiencia migrante. La visita o el peregrinaje que se mantiene en los límites del recién conocido entorno debería diferenciarse del desmedido consumo, de la extracción y la apropiación cultural; es decir, quizás debamos utilizar una palabra diferente para cada intención del viaje. Las cosas toman perspectiva cuando se nombran.

​ En lugar de utilizar las palabras “turista”, “expat”, “gentrificador” o “nómada digital” para nombrar el matiz de este fenómeno, quizás sea mejor decir “neocolonizadores” (en masculino), como el “Ovando” de Jamaica Kincaid.

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Somos un paisaje construido con retazos del entorno donde echamos raíz. Una planta pertenece a un paisaje tanto como cualquier animal y como cualquier persona. Ese paisaje nos atraviesa y nos sitúa. Cuando entras en relación con el paisaje externo, también lo haces con otros paisajes-humanos que te afectan. Relacionarse es comprender el constante movimiento de los infinitos paisajes: cómo nos cambian y cómo los cambiamos porque, al final, todos somos parte del mundo total que nos conecta.

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Carlos Lenkersdorf señaló que al percibir una misma cosa, cada cultura tiende a verla de maneras diferentes. Esto lo explica José Ángel Quintero en el prólogo al libro Las lenguas del diablo. Lengua, cosmovisión y re-existencia de los pueblos de Abya Yala.1 Las distintas culturas, al ver y nombrar de maneras diversas, piensan de diferente forma. Si digo “Huitzilopochtli”, la raíz ancestral piensa: huitzilin, panquetzaliztli, Tenochtitlan. El colonizador pensó: demonio, sacrilegio, uichilobos (porque no sé ni cómo se pronuncia, qué pereza esforzarme por entenderlo).

​ Es decir, la colonización se esconde en la imposición violenta de una única idea del mundo, una única territorialidad con reglas, deidades y lenguaje que sólo sirve a sus intereses de expansión, al tiempo que se saquean los recursos del mundo colonizado, lo que genera una reducción, persecución y caricaturización de la cultura oprimida.

​ Cualquier concepto debe estar abierto a recibir otras interpretaciones para integrarse en una perspectiva común. De otra manera, en lugar de entrar descalzo en el templo de la otredad, allanas una casa a la que no has sido invitado.

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La otra persona, ésa que está frente a ti, es una poética completa. La otra persona, sentada frente a ti, es un paisaje en constante reverberación. La otra persona, que ha migrado, comparte contigo su paisaje para que puedan demostrar que el mismo sol y la misma luna brillan para los dos: el otro es un trozo de cielo que, unido a tu trozo de cielo, forma un horizonte más amplio.

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Diferencias entre neocolonizador y migrante: uno busca la confirmación de sí mismo en el consumo de otras culturas, mientras que migrar exige un esfuerzo de reintegración e individuación; pone a prueba la resiliencia y, muchas veces, obliga a abandonar todo por buscar lo más elemental para el humano: un lugar donde vivir y crecer. Crecer es doloroso.

Un llavero visor con lupa y diapositiva.

​ El neocolonizador, por más que busque llenar su vacío visitando lugares abiertos de par en par gracias a su privilegiado bolsillo, no crece, sólo lo hace su vacío interior y su hambre compulsiva de expandir los monumentos a su ego. La neocolonización es el movimiento expansivo del opresor.

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Soy una mujer migrante mexicana y vivo en Barcelona. Pese al racismo cotidiano, las dificultades impuestas por las políticas públicas para conseguir papeles, la discriminación, los estereotipos, la miseria y las desventajas, aquí estoy.

​ Después de la residencia artística en Roma, solicité en España la visa para estudiantes, que me negaron bajo el argumento de que el Programa de Estudios Independientes no es de tiempo completo.

​ Para el trámite me pidieron no sólo el certificado de antecedentes no penales de México con vigencia menor a treinta días (cabe destacar que todos los documentos deben estar apostillados para tener validez; ¡oh desastre! causado por mi natural ignorancia sobre los procesos burocráticos, pues este trámite no se puede realizar en las embajadas), sino también su equivalente italiano, el certificato casellario giudiziale, asimismo apostillado y con la debida traducción hecha y sellada por un traductor jurado con licencia europea.

​ En 2023 no era posible tramitar el certificato en línea (creo que aún no lo es), así que busqué la oficina con la mayor cantidad de citas disponibles. Regresé a Roma por tres días a visitar las oficinas de Frosinone, en medio de la nada metafísica, y hacer el dichoso trámite. No sirvió de nada.

​ Ni el tiempo perdido ni la eterna espera ni los gastos. Con todos los papeles en la mano, me rechazaron la visa de estudios. Podía realizar una apelación y subir más documentos que probaran que el Programa de Estudios Independientes es de tiempo completo; sin embargo, ello hubiera llevado otros tantos meses y para cuando tuviera la visa de estudiante, quedaría a lo mucho un mes del programa de estudios.

​ Entonces me enfrenté a la pregunta: y ahora, ¿qué hago? El aparato burocrático, diseñado para poner a prueba la cantidad de frustración que puedes aguantar, responde: esperar.

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El neocolonizador destruye lo que toca porque no soporta ninguna alteración a su visión de mundo ni a su territorialidad. Un ejemplo son los señores del norte global que hace poco intentaron censurar la música de banda en las playas de Mazatlán. No conciben que en ese territorio haya sonidos y música diferentes y una percepción distinta del gozo del espacio.

​ Las personas locales disfrutan su territorialidad, su espacio, su mundo, su horizonte y la forma en que lo hagan debe corresponderles sólo a quienes viven ahí y a quienes aportan su visión de mundo a la comunidad, no como imposición, sino como integración, echando raíces profundas que entretejen lo invisible del paisaje. En este escenario el migrante forma parte de la comunidad pues vive, trabaja y se integra en ella.

​ El neocolonizador es completamente opuesto a la integración, la individuación y la colaboración como una forma de ayuda mutua; por tanto, se opone a la migración.

Un llavero visor con una fotografía de la calle Maravillas, núm. 7512, Ciudad Juárez.

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Dice Édouard Glissant que la idea de huella debe adherirse, por oposición, a la idea de sistema.2 Llevamos con nosotros, en la panza, los huesos, la piel, los labios y los gestos, la huella de nuestros dioses entretejida con el lugar donde fuimos bautizados, lo que nos dio nombre; llevamos la huella del paisaje que se pintó con los posos de café del desayuno, las infusiones de cedrón y el sabor del chilastle pegado al paladar. Entonces dije “mío” y ese paisaje bordado por mi abuela tuvo el sabor de una comida que reconozco como mía, no porque un letrero, placa, rótulo, anuncio, leyenda o título diga que es mía (“bienvenidos, comida mexicana”, a secas), sino porque cada día aprendí el sabor que habita el nombre de los ingredientes: maíz cacahuazintle, chilacayote, verdolagas, quelites. Bajo el peso de esa huella me reconozco en el tiempo, a mi manera, y me reconozco como parte de lo intraducible, inexpresable y profundamente íntimo.

​ También somos la huella del sonido, el eco de las oraciones y rezos que habita los lugares donde murieron nuestros seres queridos. Somos una larga huella de una violencia específica, particular, que ha caído sobre nuestro paisaje. Y somos la huella misma del paisaje. Cada persona es un paisaje que completa al otro. Somos paisaje alterándose indefinidamente.

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Cuestiones prácticas y verdades incómodas: pago trescientos cincuenta euros por una habitación, un precio baratísimo en comparación con lo que en realidad cuesta rentar una habitación en un departamento compartido en Barcelona: entre cuatrocientos cincuenta y setecientos cincuenta euros más servicios. Gasto doscientos euros al mes en comida, esto es, cincuenta a la semana, monto que también incluye el transporte. Destino cincuenta euros al mes para las necesidades del gato. Ni el gato ni yo nos podemos enfermar. No podemos ni pensar en ir a México.

​ ¿De dónde voy a sacar seiscientos euros al mes si no puedo trabajar porque no tengo papeles?

Calle Maravillas, núm. 7512, Ciudad Juárez.

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Hay una fuerte demanda de expansión de los Estados colonialistas. Tal demanda exige romper nuestros lazos comunitarios, separar a las personas, aislarlas. Es más fácil explotar un territorio cuando la gente está ocupada peleando contra un enemigo invisible. Es más fácil expandir las garras coloniales cuando se criminaliza a los individuos vulnerables: en el proyecto colonialista, los estereotipos y la pornomiseria son una excusa para que los autodenominados civilizadores puedan intervenir con políticas públicas que controlan la vida y la muerte (necropolítica) de estas “pobres almas en desgracia”.

​ Así pues, he aquí dos partes de un todo: el destino del migrante está unido a la destrucción colonial. No se puede entender el trauma de la migración sin entender primero (y realmente visibilizar) la violencia del colonizador.

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Cafetería en Joaquín Costa y Ferlandina

Un café lleno de migrantes: ¿quién compra, quién atiende, quién escucha, quién observa? ¿Quién come a solas con la música íntima sonando en su celular? ¿Quién cruza los brazos con la mirada perdida, triste? ¿Quién canta? ¿Quién se conecta a la videollamada para engañar distancias y husos horarios? “Entran a un café un argentino, un marroquí, una mexicana y un gringo.” Así empieza el chiste, pero no hay manera de seguir. En el café, las cosas sólo suceden con inercia pacífica: una mujer puertorriqueña prepara un capuchino mientras salen a la calle un sevillano, un senegalés, un coreano y dos italianas. Al final, hermano, ¿cómo se va a llamar la obra?

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Algo tiene que ver la capacidad de asombro con entrar en relación con el mundo: si no te maravilla el crecimiento de las hierbas a tu alrededor, la palabra con la que nombras a la lluvia en tu idioma, la habilidad humana de crear, en su diminuta muestra cotidiana, o la modorra en la paz de los felinos, ¿por qué debería asombrarte el Coliseo romano, la Catedral de San Pedro o la Columna de Trajano?

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La colonización va de la mano con el genocidio. Así lo han atestiguado bajo regímenes de terror las culturas originarias de Abya Yala, pasando por la destrucción sostenida por los colonizadores europeos en África, hasta nuestros días con el horror cometido en la franja de Gaza, en Palestina.

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Antes de irme de México, mi maestro Xhevdet falleció. Durante el tiempo que he estado en Barcelona han muerto dos tíos a los que quería mucho (Francisco y Rafael), mi amado amigo Javier Elizondo y mi abuelito Hermenegildo. Han muerto, además, otros maestros y personas cercanas de las que me hubiera gustado despedirme o compartir el duelo con otros que también los quisieron.

​ En ningún momento he podido regresar a México desde que me fui, en 2022.

​ Primero, no tenía papeles. Luego, durante el trámite de la tarjeta de residencia comunitaria, no podía salir. Por último, ahora que ya tengo papeles, no tengo dinero. No me puedo costear un viaje y no sé hasta cuándo podré regresar. Sigo llorando a mis muertos desde lejos.

Del proyecto Archivo Juárez, 2020-presente. Obras artísticas de Alejandro “Luperca” Morales. Fotografías de Michelle Lartigue. Cortesía del artista. Carretera Anapra-San Jerónimo, Ciudad Juárez.

​ Creo que esto ha sido lo más difícil del proceso de migración: no poder abrazar a las personas y luego saber que ya nunca las volverás a abrazar, que no estuviste ahí, que las perdiste. Al mismo tiempo, mis queridos padres se hacen mayores con cada año que pasa y siento que me pierdo un cachito importante de vida.

​ Extraño a mis amigas, extraño a mi familia, extraño mi pequeño mundo. Parece una contradicción que mi cerebro apenas puede balbucear, pero tengo una sola certeza: quiero vivir aquí porque es donde encontré el paisaje en el que deseo entretejer mis raíces.

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Consideré escribir más sobre mi situación y quizás algunas anécdotas, pero fuera de lo que está aquí, no quiero compartir un proceso por el que apenas estoy atravesando. Prefiero hablar de los migrantes que mueren en el mar Mediterráneo.

​ ¿Sabes? Un día reclamarán los valles y las montañas. La resurrección vendrá como una espesa niebla, dejando ciegos a los parientes de Ovando.

​ Lo he visto: la piel de los migrantes resplandecía al sol con la sal reseca sobre sus brazos, sus pies y sus mejillas. Moviéndose juntos, reclamarán el pago completo que les debemos.

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Y es que, en serio y aún con todo el drama, puedo decir que he tenido mucha suerte. Pero eso no importa. Si la he tenido, debo entregarme a guardar en la memoria de mis palabras a quienes mueren cada día intentando cruzar una frontera: las políticas públicas aplicadas para dizque controlar el flujo de las personas migrantes son racistas, clasistas y tienen una base de opresión que deshumaniza, castiga, criminaliza e instrumentaliza el relato migratorio.

​ Quien no siente el trauma de migrar al menos como una breve punzada a su identidad, es porque no está migrando. Sólo se mueve de país con su mismo paisaje, sus mismas comodidades decadentes y sus mismos privilegios.

​ Migrar resquebraja partes de la identidad, al tiempo que nos exige reforzarla, para sobrevivir, desde otra perspectiva.

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Final Statement. Todas las personas nacemos libres, con la potencia infinita de la creación y la destrucción. Mr. President, stop abusing migrants. Take your hands off my little brothers and my little sisters. Nadie nace ilegal. Nadie es ilegal. Mis ancestros han dicho: espera, los imperios también se derrumban.

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Desde mi silla de plástico en el balcón, el mundo parece plano, pero no lo es. Contemplo el horizonte intuyendo lo que hay detrás de él. Aprendo la lengua del colonizador para estudiarlo. A éste, mi nuevo mundo, lo acepto en su agreste llanura.

Imagen de portada: Del proyecto Archivo Juárez, 2020-presente. Obras artísticas de Alejandro “Luperca” Morales. Fotografías de Michelle Lartigue. Cortesía del artista. Carretera Anapra-San Jerónimo, Ciudad Juárez.

  1. José Ángel Quintero Weir, “Prólogo donde se habla de la demoníaca diversidad de lenguas/pueblos de Abya Yala al momento de la conquista europea, y del terror que eso produjo en los susodichos”, en Las lenguas del diablo. Lengua, cosmovisión y re-existencia de los pueblos de Abya Yala, Mini-Lab Tlaxcala/Arte a 360 grados, México, 2020, p. 24. 

  2. Édouard Glissant, Tratado del Todo-Mundo, El Cobre Ediciones, España, 2006, p. 22.