Formas de cicatrizar
Leer pdfEl viento nordés cubrió de bruma la cornisa cantábrica. Aguamala limpiaba la sangre escurrida en el piso. Trapeaba el hielo derretido. Miraba cómo el montacargas transportaba los primeros lotes de merluza, jurel y bonito. Capturas recién traídas del mar que emanaban un olor intenso y metálico. Luego, ordenó las cajas sobre la mesa para iniciar la subasta. En medio de la faena, pensó en la oferta del día anterior. Y tuvo la certeza de que podría olvidarlo. Caminaba al compás de la fregona mientras observaba las paredes, que sudaban por la humedad salobre. Un grupo de comerciantes, expertos en la subasta, hablaban entre susurros sobre la calidad del bonito. El subastador tomó su sitio. Y arrancó con el precio de salida: doce noventa euros los ocho kilos. Aguamala escuchaba la retahíla de cifras conforme disminuían. De diez en diez céntimos, el precio del lote bajaba vertiginosamente, de la misma manera que su frescura.
Alguien pujó con firmeza. “Once treinta a Brenda Durán”, entonó la voz melódica del subastador. La comerciante agarró por la cola un atún blanco. Inspeccionó: color vivo, escamas bien adheridas, ojos claros, brillantes y húmedos. Como en otras ocasiones, Aguamala se preguntó cómo abrir una empresa para entrar a la subasta. Tal vez con lo que ganara con aquella oferta que le propusieron… podría pagar la Formación Profesional, como le dicen acá. FP en Transporte Marítimo y Pesca de Altura. Pensó en estas opciones mientras continuaba con la fregona hacia otra parte de la lonja.
Continuó con su rutina matutina. Subastas de pescado, luego de mariscos. Y Aguamala se movía por toda la nave comercial. Cargaba la mercancía sobrante hasta la cámara frigorífica. A veces se detenía para levantar su pantalón, holgado de tanto uso y ajetreo. Sentía frío, a pesar de las capas del uniforme. No se acostumbraba a los largos inviernos del norte de Galicia. Un bam abrupto de las puertas cerró la lonja y selló su olor. Entre desinfectante, mar y sangre. El hedor y el ruido anunciaban el primer descanso del día.
Imágenes de la exposición Exiliadas de España. Artistas en México en el Colegio de San Ildefonso. Cortesía del museo. Paloma Altolaguirre, Por un río hacía España, 1974. Colección Paloma Altolaguirre.
Xan lo esperaba en el estacionamiento. Acomodaba su equipo de pesca: cajas llenas de redes, cañas y anzuelos. Subieron a su furgoneta, que arrancó en dirección a Foz. Los limpiaparabrisas luchaban con una llovizna lucense, suave y constante, capaz de impedir la visibilidad en la carretera. Aguamala aprovechó los últimos minutos del viaje para preguntarle a Xan más detalles del trabajo.
Saldrían a altamar por los viejos astilleros. Los esperaría un barco de arrastre. Descargarían unas quince o veinte cajas. Luego irían a Ribadeo. Un total de tres horas. Al finalizar, lo llevarían a casa. Pago en metálico. Nada de qué preocuparse.
—Díxenche que é boa paga, oh! Precisamos xente con collóns! —comentó Xan, agarrando con fuerza su entrepierna. —No hay falla. Voy sobre. El clavo es que me agarren y me jodan. Deportado y sin billetes —contestó Aguamala, escéptico. —Xa estamos, oh! O que ten cu, ten medo. A ti vante botar por festeiro. Un domingo pola mañá coas negritas esas. Eres parvo, rapaz! E logo, que como me dei conta? No mercado fálase todo. Berrando pola rúa cunha botella na man. Mexando coma un can —Xan paró el vehículo en seco—. Lembra que isto non é Sudamérica! Tes un traballo. Mellor pensa no diñeiro e pola tarde dasme unha resposta.
Bajó en el paseo marítimo de Foz. Xan sabía demasiado sobre su bacanal. Así se conocieron, con un cubata en la mano. Xan le consiguió un contacto en la lonja. Le encontró parecido con su padre. También solo. Al otro lado, trabajando en la zona petrolera de Maracaibo.
Caminó por el espigón y llegó al puerto. Empezaba a escampar. El sol aún estaba aguado. Reposó sus brazos en las barandillas sarrosas. Pensó en los reales. Imaginó Salinas Grandes, difusa en el Cantábrico. Reprimió rápidamente los recuerdos y fijó su mirada en las embarcaciones. “El casco de los barcos es de cobre, protege contra la corrosión. El resto es blanco: refleja la luz solar y su interior suele estar más fresco.”
Clasificó las embarcaciones conocidas. “Rio Xunco y Plaia de Rueta, pesca de arrastre; Ledicia y Carmiña, bajura; Virxen dos Milagros, pesca de cerco. Pero ninguna como la Reinita de Salinas Grandes. Ésa sí que era potente y no te dejaba morir”, pensó. Lo capturó la imagen de la Reina Mercedes. Su hija. “Quizás ahora tiene trece años. O quince.” No se acordaba. En realidad no lo sabía. Ya no se escribía con la mamá de la niña. Desde que llegó a Foz no pidió fotos. Tampoco compartió su número de teléfono. Cerró todo indicio digital.
Sin embargo, en su mente, las imágenes del Pacífico eran diáfanas. Fueron años mar adentro. Bajo el fulgor del disco incandescente. Recuerdos imborrables. Chavalos corriendo por la costa. Esperando las lanchas, emocionados al ver los ejemplares de tiburón, pargo y corvina. Variedades que terminaban en los mercados de Managua. Y el beso de una niña, tal vez ahora casi una mujer.
Ya en el Bar O Chícharo. Sentado en la mesa de siempre. Saludó a Virginia, quien sonrió al verlo. Detrás de la barra sobresalía una foto del dueño. Sostenía un róbalo. Más allá de su trofeo se miraba su Axiña. Ahora vendida. Por el bar que siempre quiso. Decorado con afiches de La Habana y Buenos Aires y fotografías de políticos y famosos, que se daban cita en el bar por la empanada de zamburiñas. La mejor de la mariña lucense. Cocinada por dominicanas que llevaban años en el pueblo. Vermú en una mesa. Vino de cunca en otra. La mítica “Chan Chan” de Buena Vista Social Club sonaba en el ambiente. De las preferidas del dueño. Le recordaba sus años de migrante en Cuba. Medio Foz salió en los años setenta. “Galicia tenía hambre y huimos a la isla”, solía decir el dueño a sus clientes.
Virginia llegó con un plato de tortilla, tostas, aceite de oliva y café con leche. “Te puedes hacer un bocadillo”, sugirió ella. Quizás pronto podamos vivir juntos, quiso decir Aguamala. Pero no podía contarle el plan.
—¿Y esto? ¿No tendrás un pescado frito? ¿Un arroz con pollo? ¿Un vermú? —dijo él, burlándose del desayuno español. —Cocina cerrada, mi amor —contestó ella, mientras facturaba dos cafés con leche—. No protestes por comida gratis, maliño.
Aguamala respondió con un beso al aire. Ella lo atrapó, devolviéndolo con un guiño. Sofocaba el lugar. Y pensó que era temprano para el licor café. Prefirió una caña. La bebió de una sentada. Pidió otra.
Pensaba en la propuesta de Xan. El dinero que recibiría. Otra caña. Miraba a Virginia, el sudor que le escurría a chorros. La mujer caminaba de un lado a otro, sin parar. La clientela empezaba a llegar. En una hora abriría cocina. Él sabía que era el momento más jodido para ella. “Sonríe, morena, que no te voy a comer.” “¿A qué hora terminas la jornada, princesa?” “¿Hablas castellano?” “Te equivocaste con la cuenta.” “Could I have the bill, please?” “Mira, tío, se trajeron a los panchitos. Todas negritas. Qué morbo. Los galleguiños ya no quieren esos trabajos.” “Una miseria de curro. Diez horas seguidas, con contrato fijo discontinuo. Seguro les pagan en negro.” “¿Te puedo tocar el pelo?” “Al menos sonríe.” Voces a las que ella respondía: “Aquí está la cuenta”, “Gracias, los esperamos”, “¡No me toques!”
Manuela Ballester, ¡Votad al Frente Popular!, 1936. Museo de Reus.
Llegaron las demás camareras. Virginia aprovechó para que la cubrieran. Le entregó las llaves del vehículo a Aguamala. Acercó los labios a su oído y le pidió que lo esperara en el auto. Él bebió de una sentada su cuarta o quinta caña. Se levantó de la mesa. Y caminó hacia el estacionamiento de tierra. Sentado en el asiento del copiloto, abrió un poco las ventanas. Minutos después, ella llegó. No dijo ni una palabra. Se sentó encima de él sin dificultad. Ambos suspiraban con cada movimiento. No tardaron mucho en venirse. Y por unos segundos se abrazaron cubiertos de sudor. Ella se acomodó el sujetador y se sentó en el asiento del piloto. Sacó un cigarro y empezó a fumar. Él se abrochó el pantalón y acarició sus trenzas. Era la oportunidad para explicarle: Xan, embarcación, una noche en altamar y dinero para pagar el técnico de pesca. Ella dio otra calada y lo miró a los ojos tras una leve cortina de humo.
—Ay, mi maliño, ¿en qué te estás metiendo? Saliste de tu pueblo, no sé por qué. Y ahora quieres meterte en problemas —ella contenía el enojo al hablar. —Necesito ese billete. Y lo de allá no es asunto tuyo. —¿Que no es asunto mío? Si prácticamente vivimos juntos. Ya son dos años. Tú me escondes algo. Siempre me pregunto: ¿Por qué este man no habla con su gente? Nadie te llama. Tú tampoco. ¿Me vas a decir de una vez por todas qué te pasa? —insistió. —¿Desde cuándo te interesa tanto mi pasado, mujer? —Desde que singamos, coño. Así que afloja, falfullero.
Él se calló. Intentó acariciarle el pelo. Ella lo apartó, incómoda, inclinándose hacia atrás. Miró su reloj y luego hizo contacto visual con él. Aguamala desvió la mirada.
—Tú estás feo pa’ la foto, maliño —le clavó una mirada desafiante. —¿Qué querés saber? —¡La verdad!
Frotaba sus manos en el pantalón. La miró unos segundos. Ella volvió a preguntarle. Aguamala agachó la cabeza. Por un momento, pensó en abrir la puerta. Balbuceó. —Cuando vine quería empezar de nuevo. La cagué muchas veces. Y cuando lo dejé con ella… —pausó. —No tengo todo el día. O lo sueltas o me voy. —¡Púchica, mujer! ¡Que tengo una hija! —¿Qué? —dijo ella, buscando sus ojos. —Vive allá con su madre. No hablo con la niña desde antes de irme —trató de sujetarle la mano, pero Virginia se la quitó al instante. —Eso no es lo que un hombre de verdad hace. ¿Por qué me lo dices hasta ahora? ¿Cuántos años tiene la criatura? —No lo sé. Quizás trece o quince. No lo sé, mujer. Quería olvidarlo. La cagué. —Algo así no se olvida, mentiroso. Menos cañas y más cabeza. Menos jugar al malandro y más a ser hombre. ¿Cómo se llama? —Reina Mercedes. ¿Y desde cuándo te interesa todo esto? ¡No jodás! —exclamó él, exaltado por la incomodidad.
Ella no contestó. Abrió del todo la ventana. Tiró el cigarrillo. No lo besó, como en otras ocasiones. Aguamala prefirió callar. Ella bajó del vehículo. Le dijo desde afuera que debía resolver eso de inmediato. Y lo sentenció a no verlo si no lo hacía. Él salió del vehículo y le entregó las llaves. Cada uno marchó por su lado, sin despedirse.
Carme Millà Terson, Ajudeu Euskadi!, 1936-1939. Museo de Reus.
Aguamala cruzó el estacionamiento en dirección al puerto, a través de unas fincas. Un lugar que resistía a la masificación de hoteles y pisos vacacionales. Pensó que cagarla con Xan era peor. Miró la ría. Los rayos de sol rebotaban sobre el agua. Todos los turistas salían a comer. Paseaban. Cuerpos bronceados. A diferencia de su cuerpo moreno. Curtido. Siguió hacia las embarcaciones. Pensaba en lo conversado con Virginia. La propuesta de Xan. En la Reina Mercedes. Salinas Grandes. Su lancha. La vida que dejó allá. Sentía el billete en su mano. “Cuando lo tenga, Virginia me pedirá perdón”, dijo, “con una revolcada en su cama.”
Xan estaba en la furgoneta. Terminaba de comer un kebab. La salsa escurría por sus dedos. Aguamala se acercó a la ventana. Gritó: “¡Vamos sobre, maricón!”. Aquel se tiró una carcajada. Aprovechó para cobrarle la gasolina del mes. Masticó a toda prisa. Se limpió la mano en el pantalón. Xan encendió el vehículo y sintonizó la radio. “Son las tres de la tarde, las dos en Canarias.” Arrancó de prisa. Aguamala cantaba. Se sintió joven y fuerte. Pensó en los euros. Un viento suave lo acarició por primera vez. Apreció desde el retrovisor el verdor gallego. Un paisaje de pinos y robles meciendo al propio sol. Tomó aquello como un buen augurio. Sonó la canción del verano. Corearon a dúo: “perreamos toda la noche/ y no’ dormimo’ a las die’,/ ando rezándole a Dios/ pa’ repetirlo otra vez”. Imaginaba las trenzas de Virginia tapando su cara.
Los días pasaron rápido. Certeros, como un charrán zambulléndose por su presa. Era domingo. Sentado en el comedor de la cocina, la habitación que también servía de sala y dormitorio, Aguamala miraba su celular. Virginia llevaba dos días sin contestar. Aquello iba en serio, pensó. Sacó del armario, también estantería, un pequeño estuche lleno de papeles. Miró un número de Nicaragua. Marcó desde la aplicación de mensajería.
Al principio nadie respondió. Pero después de unos minutos, devolvieron la llamada. Reconoció la voz que dijo “aló” en tres ocasiones. Colgó. Sintió frío en el cuerpo. La aplicación indicaba que el número de telefóno estaba en línea. Luego: escribiendo. “Sos vos, ¿verdad, desgraciado? ¿Qué querés? Da la cara y sé un hombre. La niña todos los días pregunta por vos.”
Aguamala eliminó el mensaje y silenció el celular. Abrió la nevera. Destapó una cerveza y la bebió de un golpe. Titubeó un instante. Pero no respondió. Sentado en la mesa, con otra cerveza en la mano, encendió la radio. Al rato, prefirió un licor de hierba. Era momento de brindar. Con los euros que ganaría quizás hasta dejaría ese cuarto. “En la madrugada todo cambiaría”, se decía. Sudaba. Tenía la camiseta mojada. Se sirvió un ron. La mesa acumulaba botellas e ilusiones. Empezó a escribir un mensaje, pero lo borró. Su mirada se perdió en una gorra colgada en la pared, desteñida por el salitre y por sus años de pesca. Era de los Leones de León. Recordó el juego en que su equipo se coronó campeón nacional. Él tenía casi diez años. Entonces ya era Aguamala y fantaseaba con ser pelotero. Cerró los ojos. Su cuerpo se deslizó lentamente sobre la mesa.
Manuela Ballester, Rosita en Valencia, 1935. Colección Museo Kaluz.
Con el cachete pegado al cristal con baba, despertó. Su cara estaba hinchada. Usó la mano para tantear la mesa e identificar el vaso. Tomó lo que aún quedaba. Abrió los ojos. Miró el reloj de la pared. Se levantó sorprendido. Buscó su celular. Lo tenía en su pantalón. Leyó un mensaje: “Onde estás? Chameite e non me colles, ostia!” Se lavó la cara, se amarró las botas y agarró su chaqueta.
De madrugada en el puerto. Caminaba con náuseas. Xan no había vuelto a escribir, a pesar de haberle contestado que iba en camino. En el viejo astillero, la ría murmuraba con los barcos. Divisó luces y sombras cerca del muelle. Eran ellos. El mareo aumentó. El cuerpo de agua movía los pilares del muelle y sus propias entrañas. Se acercó a las sombras. Reconoció la voz de Xan, quien movía la cabeza con reprobación. —Chegas completamente bebido, oh! Así o fan no teu país? Deiche oportunidades dende sempre. E é así como me pagas? Xogando ao gilipollas —reprochó Xan, alumbrándole la cara con una linterna. —¿Y qué más da? ¡Aquí estoy! —respondió Aguamala, empujándolo un poco. —Vai tomar polo cu! Faime o favor. Vaite! —dijo, regresándole el empujón. —Llevo años en el mar. Más que cualquier maricón que tenés aquí —replicó con la mirada perdida y el cuerpo tambaleante.
Aguamala ignoró la exigencia. Caminó junto a tres chicos que iban hacia el bote. De pronto, Xan lo volteó con fuerza. Le dijo que no iba a ninguna parte y lo miró con asco. Repitió que lo quería lejos.
—¡Y qué es la verga! ¡A mí no me saca nadie de aquí! Teníamos un trato. Vine y ahora me cumplís. ¡Soy de Salinas Grandes, hijueputa! Sabemos volar verga en el mar —Aguamala gritó como si quisiera que todo Foz despertara. —Can que ladra non traba. Vai berrar a outra parte, panchito de merda! —dijo Xan.
Aguamala quiso dirigirse de nuevo hacia la embarcación. Un rodillazo en la boca del estómago lo paralizó. Se tumbó al suelo. Intentó inhalar hecho un ovillo. Sintió una patada en la pierna. Otra en la costilla. Eran los demás. Ya sin poder hablar, recibió una más en la cara. Quedó aturdido, privado de sus fuerzas y sin poder erguirse. Cerró los ojos. Cubrió su cara, esperaba más golpes. Pasados unos minutos, sintió un ardor en el pómulo izquierdo. Miró sangre en su mano. Escuchó el motor del bote alejarse. El sonido se desvanecía en la inmensidad del mar.
Tumbado, fue recuperando la respiración. El dolor casi era anestesiado por el alcohol. Su mirada apuntaba hacia el reflejo de las luces del muelle. Odió el olor a salitre. Y el hedor a pescado. Impregnado en él desde niño. Al igual que su apodo. Herencia de su padre. Detestó la vida que lo obligó a cruzar el charco. Lejos de su hija, sin un rostro actual de ella. Tendido y herido, odió estar en España. Llamó a la única persona que lo sacaría de ahí.
Paloma Altolaguirre, La boda, 1975. Colección Paloma Altolaguirre.
Camino al trabajo. Martes a primera hora. Virginia hizo el favor de llevarlo. En la madrugada, cuando recibió su llamada, él respiraba de manera entrecortada. Intentó explicarle. Golpes. Su hija. Perdón. Luego una pausa. Sollozó. Virginia no dijo nada cuando lo miró tendido. Tampoco durante el camino a la lonja. Encendió la radio. Una noticia de última hora mencionaba: “La tarde de ayer, en Ribadeo, incautaron más de quinientos kilos de pescado y marisco. La Guardia Civil, junto a los guardacostas, capturaron una red de cazadores furtivos. La mercancía tenía destino: Madrid”.
Aguamala subió el volumen. Virginia vio de reojo cómo se llevaba la mano al pómulo. Sin cuestionarlo, le recordó que debía hacer aquella llamada. Él no respondió. Pensó en los golpes, en las sombras, en Xan . Ella le dijo que aplicar hielo de inmediato había sido la mejor decisión. Ayudaría a desinflamar el pómulo. Le contó que de niña había aprendido remedios caseros. Para desinflamar, la sábila o la cebolla son lo más efectivo. “Formas de cicatrizar las heridas que aprendí de mi abuelita”, resaltó. Tenía la mirada en el volante. La niebla se condensaba en la carretera, de Foz a Burela.
Martes de subasta intensa. Los compradores aparcaban, otros abrían sus bodegas. Había atracado Puerto de Figueras, con mil kilos de bonito. Una gaviota graznó, velaba desde el techo de la lonja. Aguamala no vio la furgoneta de Xan. Entró. Se cambió de ropa. El montacargas llegaba con los lotes. Limpió el hielo escurrido. Pasaron los comerciantes. Escuchó una conversación sobre los furtivos de Ribadeo. La mercancía transportaba centollo, choco, pez ballesta, raya de clavos y raya mosaico. Los detenidos confesaron. Dieron los nombres de los involucrados. Las autoridades estaban en busca y captura. Aguamala siguió con la limpieza. Tenía resaca. La noticia lo puso torpe y vacilante. El presidente de mesa comenzó la subasta. El kilo de bonito se cotizó en once euros. Eran ejemplares de calidad.
Escucha el Bonus track de Eduardo Flores Arróliga, con Fernando Clavijo M.
Imagen de portada: Manuela Ballester, Rosita en Valencia, 1935. Colección Museo Kaluz.