periódicas Migraciones ABR.2025

Marina Porcelli

“Santos disidentes” de Argentina

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Irrumpen a mitad del desierto, o en una lateral imprevista de la selva, o en las orillas de las rutas, junto a las hondonadas, y al final de un municipio, multiplican los sentidos de los cementerios. Irrumpen en los parques de las ciudades, y en sus esquinas, en las casetas, y en los paraderos de los taxis y camiones, en la entrada de una estación de tren, están donde nadie lo espera, se recortan del paisaje nacional. Laterales, puestos al margen, subterráneos. Habitan nuestra tierra para confirmar que sigue siendo nuestra. Lo que respira y se vuelve visible, lo que irrumpe entre tanta cotidianidad. La fractura del orden, entonces, es lo que los identifica. En este mapeo breve de figuras santificadas, de santos locales de la Argentina, señalo que la ruptura primera es con el espacio, con el ámbito “moderno”, quiero decir. Arraigarse al suelo para cuestionar lo demás. Hablo del dónde suceden las cosas, de cómo se conecta el santuario con el territorio, porque justamente ahí donde se estableció el santuario, ahí se funda y se delimita el territorio. Hablo de esa pertenencia. Algo en la geografía está adherido para siempre al relato, de cómo un pedazo de tierra se colma de velas y ofrendas y exvotos y placas en las paredes, y agradecimientos por favores y milagros. La subversión del orden, esa singularidad. Contra los discursos oficiales, contra el monoteísmo religioso, contra las hegemonías.

​ El historiador Hugo Chumbita ha escrito muchísimo sobre los gauchos argentinos que se enfrentaron a la policía y fueron muertos por la policía.1 Esta especie de criminalidad, esta oposición a la ley, que luego se entroniza y resulta en santo o en santa que escucha pedidos y concede milagros, tiene su representante más famoso en la figura del Gauchito Gil, Antonio Mamerto Gil Núñez, al que, según ciertas versiones, un sargento colgó de un pie en un espinillo, en Mercedes, en un paraje de la provincia de Corrientes, antes de degollarlo el 8 de enero de 1878. Algunas historias dicen que el Gauchito Gil fue novio de una viuda de la zona y que lo hostigaba el comisario local, otras, que fue soldado y desertor de la guerra de la Triple Alianza. El caso es que la memoria popular cuenta que era muy joven y muy valiente, y justo. Se dice también que lo protegía un amuleto de San La Muerte —Mauricio Kartun ha escrito sobre la devoción a San La Muerte en el noreste argentino—, santo que el Gauchito consideraba como maestro o guía, santo que cura enfermedades difíciles y devuelve la salud a los desahuciados. El amuleto de San La Muerte es un esqueleto diminuto, donde se destaca el cráneo sobre cada uno de los huesos. Chumbita ha escrito también sobre los milagrosos Altamirano y Olegario Álvarez (el Gaucho Lega), a los que se les reza y se les pide favores, además de los bandidos sociales más célebres, muertos en persecuciones durante los años veinte, treinta y cuarenta, como Vailoreto, Bazán Frías o sobre el final incierto de Mate Cosido.

Un santuario del Gauchito Gil, Argentina, 2003. Wikimedia Commons, dominio público.

​ La muerte joven es otra de las contantes de estas historias. Excepto en el relato de vida de Martina Chapanay, la bandida rural de la provincia de San Juan, en el límite con Chile —salteadora de caminos, integrante de montoneras de mediados del siglo XIX, que estuvo junto a Facundo Quiroga y el Chacho Peñaloza, y que muere en su tierra con casi noventa años—, la historia nacional registra a Pedro Ríos, el Tambor de Tacuarí, un joven que cae haciendo sonar el redoblante, en plena batalla de 1811. Ya en la Patagonia, en Río Negro, en Aguada Guzmán, en 1911, aparece el ánima de otro Pedro, esta vez de apellido Farías, el llamado Maruchito, un chico muerto a golpes por un capaz, que se enojó cuando el joven tocó la guitarra. La gente dice que, en esa zona y de tarde en tarde, como en la historia del Tambor de Tacuarí, todavía se escucha la música cuando alguien se acerca. En la Ciudad de Buenos Aires, en el barrio de Villa San Francisco, en San Fernando, y concretamente, el 6 de febrero de 1999, fue asesinado por la policía Víctor Manuel Vital. Frente Vital, como lo conoce todo el mundo, robaba y repartía entre los vecinos. Tenía diecisiete años cuando lo mataron y la gente del barrio, hoy, le pide favores, le reza, al punto de que su santificación es central para la historia de las calles de las villas.

​ Imposible, por otro lado, hacer este mapeo sin nombrar a Maradona. “Santa Maradona” es el título de una nota publicada el 29 de octubre de 2021 por la Agencia Paco Urondo, en la que Jorge Boido, el fotógrafo de pinturas y murales, y de cuanta iconografía posible sobre Maradona aparezca en Buenos Aires, entrevistado por Jorge Hardmeier, comenta que “la gente toca los murales del Diego convencida de que así va a vencer todos los obstáculos”. Fotografiar esas imágenes de la devoción, escribe Hardmeier, es un recorrido inconcluso. Que parece no terminar nunca, quiere decir. “Con algo de pudor”, sigue Hardmeier, “le pregunto a Jorge Boido cómo hace para ingresar a ciertos barrios o ámbitos complicados”. “Diego habilita”, responde Boido, “voy con la cámara y hablo con los pibes y te habilitan”.

​ Y eso es justamente lo que yo quiero señalar ahora: la figura del Diego habilita, hace que otra historia sea posible.

El busto de Pancho Sierra en el cementerio municipal del Salto, Argentina, 2007. Wikimedia Commons, CC 4.0.

​ Así, estas figuras santificadas se oponen y se enfrentan a distintas formas de la represión, escuchan a los que nunca son escuchados, desatan nudos y dan alivio, traen consuelo y soluciones a problemas abrumadores y, como las líneas de las religiones umbandas, hablan de otras historias, otras versiones, otras vidas, pero, insisto, escuchan y escuchan y escuchan la palabra de los otros. La prensa suele decir que la devoción popular entroniza figuras criminales sin emitir juicio sobre lo que hicieron en vida: pienso que en realidad se ha emitido ya un juicio muy preciso, uno muy exacto, pienso que se trata de sujetos “criminalizados por el discurso oficial”, y que ellos y ellas responden a una pertenencia a un grupo, a un territorio. Entonces ahí la pregunta que cabe es quién les pide protección a estos santos o a quiénes protegen los entronizados. De hecho, Hugo Chumbita los caracteriza como “santorales disidentes” a la ideología hegemónica. Y Rodolfo Kusch, el gran Rodolfo Kusch, escribió que “las proyecciones se renuevan desde el mundo rural rechazando, infiltrando, socavando, el orden racional de las ciudades modernas”.

​ Según la fundación que lleva su nombre, un millón de personas por año, en semana santa y para la fiesta de muertos, el 2 de noviembre, visitan el santuario de la Difunta Correa, a 65 kilómetros de la ciudad de San Juan, en el desierto de la cordillera. Patrona de los viajantes, de los camioneros, se le dejan vestidos de novia (para el buen matrimonio) y se fabrican casitas con arcilla en agradecimiento a la vivienda. El 19 de junio de 2024, Claudio Tapia, Chiqui Tapia, el presidente de la Asociación del Fútbol Argentino, visitó el santuario y le llevó la Copa América. Años antes, Nicolino Locche, el boxeador, le había ofrendado un par de guantes y Carlos Monzón, los shorts con los que fue campeón. La historia de la Difunta Correa es bastante particular, porque, dicen los estudios,2 su estructura narrativa es poco común, no se repite en otros sitios del continente. Para 1840, su marido fue conchabado (reclutado) por el ejército nacional y ella, Deolinda Correa de Bustos, con el chico en brazos, sale a buscarlo por el desierto. Para recuperarlo, para salvarlo, para traerlo de nuevo a casa. Pero la mujer muere a causa de la sed, exhausta, sobre la tierra reseca y, sin embargo, cuando los pastores la encuentran días después, notan de golpe que el chico sigue vivo. Que milagrosamente sigue vivo, y que fue amamantado todo este tiempo por el cuerpo de ella. El paisaje, la geografía, quedan hermanados a esta leyenda mítica, no como excusa, no como un marco o un contrafondo, sino en la construcción de sentido de la historia. Su pertenencia al lugar. Su santuario. El culto a la Difunta Correa fue prohibido por el gobierno de la Junta Militar de 1976.

El cementerio número 3 de Valparaíso, Chile, 2013. Wikimedia Commons 3.0.

​ El 7 de noviembre de 1981, en los últimos años de la dictadura militar, se dio una de las movilizaciones más significativas de la Argentina, que reunió justamente a distintos grupos de la Central General de Trabajadores con un número grande de creyentes de san Cayetano, patrono del pan, el trabajo, la providencia. Miles de personas fueron convocadas al barrio de Liniers, para caminar desde Juan B. Justo y la cancha de Vélez Sarsfield hasta la iglesia de san Cayetano con el lema de “paz, pan y trabajo”. Según el sitio web, Comisión por la memoria “a pesar de la represión, de la intimidación en los medios de comunicación y del estado de sitio establecido por las fuerzas de seguridad”, la marcha, integrada por trabajadores y devotos, con una altísima convocatoria, cantó la consigna “se va a acabar, se a acabar, la dictadura militar”.3 Esta marcha fue antecedente de otra ya más masiva a nivel nacional, del 30 de marzo de 1982, a pocos días del desembarco de Malvinas.

​ Los cementerios, la historia y el mapeo de los cementerios, dicho mejor, constituyen otro campo de sentido destacable. Pienso en la tumba de la curandera Madre María (enjuiciada y sobreseída por practicar ilegalmente la medicina, a comienzo de siglo), en la Chacarita, en Buenos Aires, pienso en las reuniones espiritistas en el nicho de Pancho Sierra, en el cementerio de Salto, o en los que piden consuelo por las dolencias físicas a Tibor Gordor, en el del Pilar. Pienso en ese lugar bellísimo que es el cementerio de Playa Ancha número 3, al otro lado de la cordillera, en Chile, en uno de los extremos de Valparaíso.

Un santuario de la Difunta Correa en Vallecito, Argentina, 2003. Wikimedia Commons, CC 3.0.

​ Una ciudad así, una ciudad que se emplaza con ese vértigo sobre el océano Pacífico, tiene que ser necesariamente mística. Después de kilómetros y kilómetros de costa, de golpe, se abren las dieciséis hectáreas del cementerio, de cara al mar. No es posible recorrerlo sin preguntarse todo el tiempo por la tierra debajo, cómo se enreda con las raíces y el mar que avanza y trepa por la costa, cómo se va comiendo la arena. Más allá de las tumbas de cemento y de las bóvedas, más allá de los senderos de piedra y de la cámara de Miguel Busca (un marinero español al que hay que dejarle monedas, dicen, para liberar su alma del diablo), después de los mármoles y de las piedras, ya en el campo abierto de las tumbas de los chicos (con los adornos de colores, y los juguetes y las fotos en dimensiones casi humanas), todavía más allá de esta impresión de tanta tristeza y tanto festejo, “en un vértice lejano” (como escribió Carlos Droguett), en un ángulo que se abre como si estuviera vigilando constantemente la orilla, está el santuario de Émile Dubois. Cargado de placas rectangulares y mensajes con marcadores, y recordatorios y agradecimientos infinitos por pedidos y consultas y consejos y milagros. Émile Dubois nace en 1868, y muere fusilado por la policía de Valparaíso en 1907. Que nace con el nombre de Louis Amédée Brihier Lacroix en una aldea de pescadores y borrachos, allá en Francia, según el libro de Abraham Hirmas,4 que dicen que mató a su primer suegro y que estuvo preso dos meses antes de cambiarse el nombre y embarcarse a América. Y lo que sigue lo supe por Cristóbal Gaete, que me contó la historia ahí, frente a esa tumba, que habló del fragmento de esa novela de Carlos Droguett sobre la vida de Dubois,5 cuando él, Dubois, le pide a su mujer, a Úrsula, que después de que lo fusilen vaya a visitarlo al cementerio, justamente ahí donde estábamos nosotros esa tarde, pese a que los restos de Dubois están hoy en una fosa común. Pero es ese ahí, en ese punto de reunión, donde Dubois le dice a Úrsula que vaya en los días malos, en los días con lluvia, cuando la tormenta es feroz y se vuelca sobre el mar, y todo es oscuro y es frío y es agua. Por la publicación Dubois vive, editada de hecho por Cristóbal Gaete,6 supe después que el francés llegó primeramente a Venezuela, que pasó por Colombia y Perú antes de instalarse en Valparaíso. Donde lo capturan por asesinar a burgueses y extranjeros (los nombres que se detallan son el de Lafontaine, Tillmanns, Titius y Challe), y a pesar de que el libro de Andrés García Lagomarsino pone en duda la autoría de estos asesinatos, la mayoría de las fuentes la dan por cierta. De hecho, parece que Dubois se jactaba de no matar ni a mujeres ni a pobres. El terremoto de 1906 lo encuentra en la cárcel, derrumba una de las paredes de su celda, pero él no escapa. Sin venda sobre los ojos, pide, cuando lo fusilan. Y así, en este vértice, en este ángulo abierto que mira incesantemente la costa, en ese territorio del que se apropia, la presencia mítica de Émile Dubois escucha con paciencia a los que llegan y los observa y concede milagros. Y los milagros se cumplen: lo sabemos por la cantidad interminable de veces que la palabra “gracias” está escrita sobre las paredes.

Imagen de portada: El cementerio número 3 de Valparaíso, Chile, 2013. Wikimedia Commons 3.0.

  1. Cf. vv. aa., Devociones populares argentinas, Biblioteca Nacional Mariano Moreno, Buenos Aires, 2023. Ver además: Claudio Flores y Rodolfo Salvador Puglisi (eds.), Movilidades sagradas: peregrinaciones, procesiones, turismo y viajes religiosos en la Argentina, Prohistoria Ediciones, Rosario, 2022; Alberto Julián Pérez, Santos populares argentinos, Ruiseñor Ediciones, Buenos Aires, 2020; Florencia Pessio Vázquez, La Deolinda y la Martina. Hijas del desierto [exposición], San Juan, 2023. 

  2. Bibiana Apolonia Del Brutto, La Difunta Correa, en las VI Jornadas de Sociología de la Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires, 2004. 

  3. Comisión provincial por la memoria. Mecanismo local de prevencion de la tortura, disponible aquí

  4. Emilio Dubois, un genio del crimen, Zig-Zag, Chile, 1967. 

  5. Todas esas muertes, Alfaguara, Chile, 1971. Ver también: Yanina Flavia Guerra Soriano, “Santo del asesinato: entre la transformación y la reproducción en Todas esas muertes (1971) de Carlos Droguett”, Revista de Humanidades, núm. 42, 2020, pp.261-286. 

  6. vv. aa., Dubois vive, Turba Teatro Diseño Audiovisual, Valparaíso, 2015.