dossier Migraciones ABR.2025

Isabel Hion

De Cantón a Sinaloa: las distintas formas de pensarse semilla

Leer pdf

El día en que Lucila se casó, llegó al altar sin zapatillas para que su altura no contrastara aún más con la de su futuro esposo, mi abuelo, un hijo de inmigrantes cantoneses quince años mayor que ella. Su primer hijo fue mi padre, quien durante algunos años fue el único en la familia “capaz de traspasar” el apellido paterno a la siguiente generación. Dicen que esto le ganó el trato de un semidios entre su abuela y sus tías durante los primeros años de su infancia: el reflejo pálido de una genealogía que, con la llegada de mi bisabuelo y mi bisabuela a México, se desharía y no dejaría rastro del otro lado del mundo. Sucedió a inicios del siglo pasado. La historia de los Hion, hasta la fecha, ha sido un enigma que la vida no me ha querido revelar.

​ El apellido con el que mi bisabuelo llegó a México, junto con su recién esposa, era otro. El Hion fue un invento. Hasta hace un par de meses creí que mis bisabuelos habían venido a México huyendo de algo en China. Tras una vida de verdades a medias, descubrí que llegaron en su viaje de luna de miel y que no volvieron a su país porque estalló la guerra, intuyo que se trata de la Primera Guerra Mundial, pero como no sé en qué año nació mi abuelo (ni el mes ni el día), tampoco he logrado saber cuál fue el año exacto en que llegaron a América. Decidieron hacer vida en México porque no pudieron regresar a China.

​ Sé que llegaron a Sonora y de ahí se fueron a Sinaloa; para entonces, mi abuelo ya había nacido. Siempre olvido cuántos hombres eran en total, porque todos (excepto Ignacio, futuro esposo de Lucila) murieron a edad temprana. Quedaron él y cuatro mujeres. Mi nombre también viene de ahí. La primera Isabel fue la esposa de San Ki (desconozco si lo he escrito bien), mi bisabuelo, que mutó su nombre a Santiago. Ambos nombres, por costumbre, han pasado de generación en generación (en la última, afortunadamente, ya no). Elijo pensar que en esto se abre la oportunidad de un nuevo futuro “para la dinastía” (esas palabras usó mi abuela hasta el cansancio). ¿Qué dinastía? Sabrá.

​ Crecí en la cuna de la tambora, en un pueblo de sobra conocido porque aparece en el primer verso de “El sinaloense”. Crecí entre figuras de Buda, cruces católicas, vírgenes y animales del Año Nuevo chino. En casa se preparaban guisos que nadie más en el pueblo, salvo por otra familia de inmigrantes, sabía cocinar. Por el lado de mamá tengo una familia numerosa y ruidosa. Por el lado de papá son pocos, aman los libros y son medio estoicos de repente. Mi lado materno canta, baila, festeja y cuida la tierra. El lado paterno calla, lee, se aísla y observa; un yin yang constante, otro símbolo con el que me familiaricé desde niña.

Fotograma de Fong, 2023.

​ Cuando todos los hijos de Santiago e Isabel murieron, excepto por mi abuelo, él se convirtió en una persona especial: el único que podía continuar con el apellido, al menos para eso le alcanzó a aquella visión patriarcal. Después nació mi padre, un primer hijo, y ese peso cayó en él. A mí me tocó otra narrativa. No tengo proyectado preservar mi apellido, pero sí me gusta compartir lo poco que sé sobre las pocas cosas que sé. El arte de la transmisión, lo llamaría George Steiner.

​ Ni siquiera conozco el día en que mi abuelo nació, porque las versiones se contradicen. Suena ridículo, pero, diría Kurt Vonnegut: es lo que es. Dicen que mi tía abuela Isabel regresó a Cantón, mucho después, a la región de donde eran mis bisabuelos. Según cuentan, no encontró a nadie que supiera de nuestra familia. No sé si inventarían su apellido para sobrevivir al prejuicio y la persecución que muchos inmigrantes chinos sufrieron en su tiempo y por los que desdibujaron sus nombres.

​ Me pregunto si la urgencia por preservar eso tenía una importancia más misteriosa, independientemente de cualquier fijación china tradicional. Me hubiera encantado preguntarle a mi abuelo, dicen que era un erudito, pero murió cuando papá tenía dieciséis años. Su acta de nacimiento, el misterio detrás de su nacionalidad (¿llegó a ser chino legalmente o sólo fue mexicano?), la vida que tuvo antes de conocer a mi abuela… todos sus documentos están perdidos en algún lugar, o ya no existen.

​ Crecí con una familia paterna bastante cínica, con afinidad por el humor negro, y una familia materna alegre, festiva y sencilla; gente de campo, donde también pasé mucho tiempo. Toda la vida me sentí más china que norteña: un mexicano llora la muerte y luego la celebra, el chino la comprende y sigue con su vida. En China se tiende más al silencio, la previsión y el trabajo. Todos esos clichés que caen en chistes de mal gusto de repente se acercan a la realidad: lo cultural afecta lo personal, y como descendiente de inmigrantes reconozco la mezcla de culturas y narrativas que hay en mi psique y en mi ADN.

​ Tengo el recuerdo de mis tías abuelas como dos mujeres pequeñas y elitistas, hundidas en una fortuna que después perdieron. Elegían los garbanzos, los frijoles y los chícharos en el supermercado grano por grano, se lavaban las manos antes y después de bañarse, acumulaban riqueza y antigüedades, compartían poco: es lo que es. La austeridad y el pensamiento de monje de mi abuelo contrastó demasiado con el materialismo de sus hermanas.

​ El Tao Te King es una de las lecturas que más me han marcado. Aunque llegué adulta a ella, me hizo sentido por muchas maneras de ver las cosas que papá nos transmitió en casa. Existe una noción base en el pensamiento chino que es la aceptación, el no conflicto, la inevitable danza entre polos opuestos complementarios. El yin yang es su representación, y es un símbolo que he interiorizado desde pequeña. Existe la idea de luz y existe la idea de oscuridad, como existe el caos y existe el orden. La vida es todo lo que es posible en un solo momento, y todo es parte de lo mismo.

​ El maridaje entre los opuestos es una noción que en Oriente tienen bastante asimilada. El taoísmo afirma que nada es bueno ni malo: sólo es. Es la aceptación de que el brumoso fantasma de un código genético oriental existe pero no importa. Que detrás de todo esto mi sangre es tan sangre como la de cualquiera, que soy mortal (que lo somos), y que ojalá disminuyera nuestra ceguera como individuos y colectivo para saber ver más allá de lo que creemos que es el mundo o cómo debería ser y más allá de lo que creemos que nos hace diferentes o nos separa.

A Landscape with a River that Looks Like a Painting, 2023.

​ Pienso en todo eso mientras recuerdo las celebraciones del Año Nuevo chino con la comunidad china; las mesas están hasta el tope de comida, todas las personas, a excepción de mi familia, hablan cantonés. Las porciones de guisos son enormes, hay platos con fideos y arroz que son, para mí, lo más parecido a la felicidad, el pan de arroz al vapor relleno de frijol dulce me sabe a infancia, hay dragones por todo el lugar, se entregan sobres rojos con dinero, la gente no deja de comer y hablar, y la comida no deja de llegar a las mesas. Estamos en un restaurante que abrió otra familia de inmigrantes. Todos a nuestro alrededor tienen sus restaurantes o trabajan en alguno; viven con poco, ahorran y trabajan mucho, se ayudan entre sí, y después prosperan sin dejar de trabajar.

​ De niña sólo pensaba en la cultura diluida que heredé; en el elitismo de mis bisabuelos, que contrastó con el pensamiento de su hijo, que opinaba diferente; que todas las personas somos iguales, que necesitamos educarnos, trabajar en conjunto, apoyarnos y comprendernos mejor. Mi abuelo, el eterno filósofo, encontró similitud en una sinaloense amante de la libertad y el conocimiento, se casaron, se volvieron una pareja de activistas, y ahora estoy aquí, preguntándome qué tan inevitable es la genética y por qué me causa tanto escozor la idea del “otro” si, para mí, todos somos lo mismo y por ahí habría que empezar.

​ El elixir genético que soy está compuesto por el extracto de un árbol genealógico tan diverso como misterioso, igual que el de cada ser humano. Desde ahí, considero, todas las personas somos lo mismo. Eso también lo aprendí de papá. Lo que conocemos e ignoramos como mundo es mucho más que nuestro proceso de asimilaciones. China no es nada más las fábricas inmensas, las ciudades infinitas y la brutal tecnología que la envuelve, pienso a veces, mientras pongo incienso de sándalo en mi casa. No es nada más el autoritarismo, la colectividad y la disciplina con los que la cultura occidental osa verla y encasillarla. Tampoco es nada más sus templos, su medicina ancestral, sus prácticas marciales y su espiritualidad milenaria.

​ Alguna vez quise tramitar mi nacionalidad como nieta de cantonés, pero incluso esos papeles han desaparecido. Me pregunté si me beneficiaría más tener la nacionalidad china, pero en México no es posible (o eso he sabido) sin renunciar a mi nacionalidad mexicana, y eso no va a suceder. Aquella decisión me reveló que podré ser china en muchas cosas, pero también soy mexicana. Y que si me fuera a mis ancestros mexicanos, probablemente llegue a lo yaqui o yoreme. No lo sé; ¿acaso importa?

​ Contrario a lo que se pensaría, mi abuelo nunca quiso enseñar cantonés a sus hijos e hijas —lo consideraba algo innecesario—, de tal manera que nadie en la familia después de su generación lo aprendió. Las comunidades chinas son muy cerradas, así que el mestizaje tampoco sucedió mucho, a diferencia de lo que pasó con los inmigrantes de otros países en Sinaloa. Mi abuelo y dos de sus hermanas fueron de las pocas excepciones. En primaria conocí a otra nieta de chino y mexicana, que tampoco tuvo relación con su abuelo porque murió a edad temprana. Al día de hoy es la única amiga de mi pueblo que aún conservo, aunque jamás pensé en ella como otra descendiente de cantonés. Tal vez porque nunca dejé de sentirme sola en medio de esa conversación cultural y genética. En los festejos de Año Nuevo chino, nosotros (mi abuela, mi papá, mi mamá y mi hermano) éramos los invitados especiales: todos hablaban cantonés porque la mayoría no sabía hablar otro idioma. Y de no ser por Tom, Li Su, Meri y Chun, los amigos que nos introdujeron a aquella pequeña comunidad, no habríamos estado ahí.

Crowded Places, 2023.

​ Sucedió cuando comenzaba la preparatoria. Mi abuela descubrió un pequeño restaurante chino nuevo en el pueblo. Se presentó con los dueños, una pareja de cantoneses con una hija y un hijo un poco mayores que yo, Meri y Chun, y que hablaban español. Su padre y su madre, Tom y Li Su, no sabían casi nada de nuestro idioma. Mi abuela les contó que su esposo nació en México pero que fue hijo de cantoneses. Tom y Li Su se mostraron escépticos y preguntaron por el apellido original de su esposo. Al saberlo sacaron —así lo contó ella— un libro viejo y grande, donde venía una relación de apellidos por regiones de China. Todo cambió cuando encontraron el apellido de mi bi­sabuelo. Mi papá se convirtió en un puente entre ellos y cualquier cosa que necesitaran del pueblo, sobre todo por la vulnerabilidad de esta pareja que no sabía nada de español. Este intercambio terminó por crear una relación cercana entre ambas familias; los vimos expandirse, poner más restaurantes, traer familiares de China para apoyarlos en sus negocios, vimos a Chun y Meri casarse y tener sus hijos, pero siempre eran ellos y el mundo aparte, sin mezclarse con nadie.

​ Durante ese tiempo el pueblo experimentó una ola de inmigración que nadie veía venir. Con la apertura de algunas fábricas llegaron muchos trabajadores chinos que se asentaron mientras operaron las maquilas, y esto fue todo un fenómeno para un lugar tan pequeño como el de donde soy. Todas las personas se conocen entre sí, por lo que ver gente de otro país por las calles y en el supermercado fue la novedad. Después se hicieron a la idea de que estarían ahí por bastante tiempo y se convirtieron en parte de lo cotidiano.

​ Con los años las fábricas fueron cerrando, hasta que no quedó abierta ninguna, y los emigrados dejaron de verse por las calles. Seguramente hubo quienes decidieron quedarse, como sucedió en tiempos de mis bisabuelos, pero hasta la fecha no he sabido de una comunidad chinaloense activa en Sinaloa. Como dije, la suya es una cultura muy cerrada que sólo de manera extraordinaria se abre con los extranjeros, o al menos ésa fue siempre mi experiencia. Desconozco si hoy son más receptivos —quiero creer que sí—; en mi generación no parecía haber mucho mestizaje.

​ Como no conocí a mi abuelo y tuve poco contacto con su cultura, el choque no fue tan grande para mí, como imagino que sí lo fue para mi papá. Ha de ser difícil, pienso constantemente, nacer a finales de los cincuenta e inicios de los sesenta, en un pueblo en medio de la nada, con una parte de tu familia educándote bajo códigos de conducta y pensamiento tan diferentes a los de tu sociedad cercana. Mi municipio, además, jamás fue famoso por ser hogar de migrantes orientales, como sí lo fueron Mexicali y Mocorito, otro municipio sinaloense, que se quedó con la fama de tener una excelente comida china (cosa que es verdad). Es tan pequeña esta comunidad mestiza en Sinaloa, según lo que yo recuerdo, que incluso había una comunidad griega más grande en Culiacán y tenía su propio desfile anual. Hay también otra de descendientes italianos (entre los que está la esposa de mi hermano), franceses y españoles. Pero con la china pasó distinto. Como dije, es (o fue) una cultura sumamente cerrada.

Fotograma de Fong, 2023. Cortesía de Proyectos Monclova.

​ La gente siempre me pregunta si sé chino o si he ido alguna vez a China. No y no. El grado de desconocimiento sobre los datos duros de mis raíces cantonesas me llevó a siempre llevar esta identidad como algo oculto; de esas cosas que nunca compartí porque la consideraba irrelevante para el mundo. Durante años festejé mis orígenes de manera íntima y con mis primos paternos. Tal vez porque siempre que intentaba ahondar en algún aspecto llegaba a un tope de oscuridad y silencio: no hay rastro de dónde vengo, no sé casi nada de mi abuelo y ser bisnieta de chinos en un pueblo del norte creaba más vacío que identidad, de modo que se volvió algo parecido a un miembro fantasma.

​ Cuando empecé a dar clases de literatura y escritura pasé por una serie de cuestionamientos existenciales. Me pregunté por qué me interesaba la divulgación del pensamiento literario (aún me lo pregunto) y una de las conclusiones a las que llegué fue que gracias a la literatura es posible ver e imaginar a otros seres y empatizar mejor. No creo que suceda por acto de magia, pero sí que es parte de un proceso significativo en el cerebro para que concibamos el mundo como más de lo que imaginamos (o pensamos) que es.

​ Ahora percibo la literatura como un mecanismo de la consciencia para expandir cualquier idea de experiencia de vida. Pienso en una de mis novelas favoritas de William Faulkner, Mientras agonizo, una historia contada desde diferentes perspectivas que nos dan la versión total de lo que ocurrió. Para mí, un manifiesto de cómo observar la literatura y la vida, algo con volumen, capas y puntos de observación. Como un espejo de lo que somos capaces de percibir. Me gusta explicar eso cuando doy clases: que al escribir lo hacemos desde el yo, y que el yo interpreta, y que comprender eso nos da una visión fresca sobre el quehacer literario.

Yo tengo mi versión sobre el viaje de mis bisabuelos de Cantón a México, y ellos tuvieron su experiencia, distinta de cualquier percepción. Cuando doy clases de literatura y escritura siento que tengo la oportunidad de transmitir un poco eso: que existe belleza en la capacidad del lenguaje para acercarnos a las otras personas y apreciar sus narrativas, pero que la experiencia de vida no suele ser contenida por él, y que eso también es valioso. No sé si esa búsqueda persista al final de mi vida, pero no me molesta tampoco virar el camino. Quiero aprender a trabajar la tierra y cuidarla. Quiero seguir trabajando con las potencialidades del lenguaje y la creatividad. Pero también quiero no querer todas esas cosas y estar más ligera. Sigo releyendo el Tao Te King.

Imagen de portada: Fotograma de Fong, 2023. Cortesía de Proyectos Monclova.