“A mi domingo familiar le falta gente”: la escritura migrante
Leer pdfÍtaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.
“Ítaca”, Constantino Kavafis
Migrar, sostiene la Organización Internacional para las Migraciones, es desplazarse del lugar habitual de residencia a uno nuevo, ya sea cruzando una frontera internacional o dentro de un Estado.1 Para quien ha tenido que salir con sus corotos en la mochila al hombro, con sus hijos o su mascota en la madrugada oscura, con su pasaporte para atravesar el océano sin saber muy bien qué le espera al otro lado, con mucha zozobra y un tanto de esperanza, con sus recuerdos apretujados y un impulso que a ratos mengua, o con “su casa, sus muertos y sus fantasmas consigo” como lo narra la escritora y guionista venezolana María Elena Morán (Maracaibo, 1985) en Volver a cuándo (Siruela, 2023) —ganadora del Premio de Novela Café Gijón 2022—, la definición suena simple y casi romántica.
Desplazarse y cruzar fronteras es —muchas, tantas veces— desenraizarse. Por eso el poeta, traductor literario y periodista egipcio Ahmad Mohsen (El Cairo, 1995), radicado en Colombia, recuerda al filósofo Jean-Luc Nancy, quien en su libro ¿Qué significa partir? (2016) afirma que, dado que los seres humanos no tenemos raíces físicas como las plantas, somos capaces de volver a nacer en otros territorios; sin embargo, compartimos con ellas el desarraigo, el ser arrancados de raíz cuando nos vemos obligados a irnos a otro lugar, a separarnos, a partir.
Por eso no hay definición oficial ni organismo internacional que puedan explicar lo que significa marcharse, “pensando que volveremos, que nuestras casas seguirán de pie, que nuestros libros se mantendrán exactos, impolutos, pacientes, que la gente que queremos seguirá con nosotros, cerca de alguna manera”, dice la escritora y periodista venezolana Arianna de Sousa-García (Puerto La Cruz, 1988), ganadora del Premio Jesús Márquez en 2016, en Atrás queda la tierra (Seix Barral, 2024). Y es que —se duele— “hablamos poco de la ingenuidad que hay en irse”.
En el avance de un informe que se publicó en enero pasado, la ONU asienta que, en 2024, la cifra de migrantes internacionales en todo el mundo ascendió a 304 millones. Con todo, dice De Sousa-García en su libro, los números del “éxodo masivo y sonoro, fácilmente ignorado, se quedan cortos, y los nombres de esos millones de personas no nos dicen nada […]. Estamos todos desperdigados por el mundo, demasiado ocupados sobreviviendo como para conversar una vez más”.
Alejandro “Luperca” Morales, del proyecto Paso del Norte, 2021-presente. Cortesía del artista.
La diáspora venezolana, por ejemplo, “recién empezaba a gestarse en 2012, pero nadie podía prever el tamaño de lo que se avecinaba”, cuenta en entrevista Morán, radicada en Brasil desde ese año. Refiere, además, que ella es de las que se fueron del país antes de la crisis: “yo salí para estudiar cine en Cuba; allá conocí a quien hasta hoy es mi compañero y por esa historia de amor vine a parar a Brasil, antes de ver a mi gente ser tratada como una plaga en tantos lugares”. No salió de Venezuela obligada, como tuvieron que hacerlo millones: “mi historia, por lo tanto, es profundamente diferente a la de quien dejó el país con la ropa del cuerpo y una mochila a cuestas”.
Las naciones de América del Sur presentan una tendencia mucho más significativa hacia la migración intrarregional,2 y la subregión vive un contexto de transformaciones en que muchos de los Estados son a la vez escenarios de emigración, inmigración, tránsito y retorno.3 Así lo cuenta Morán: a inicios de la segunda década del nuevo siglo, Venezuela no era para Brasil un lugar del que llegaran emigrados, mucho menos a la ciudad de Porto Alegre (capital de Rio Grande do Sul, fronteriza con Argentina y Uruguay), donde ella vivió al comienzo. Sin embargo, en los que la autora denomina “años de la estampida”, éste se fue convirtiendo en un destino reiterado pues, pese a la diferencia idiomática:
era mucho más amigable para recibir a los migrantes y estableció procesos específicos —dando acceso rápido a documentos y, como consecuencia, a más oportunidades de trabajo, de estudio, de vida—. En aquel momento yo era una inmigrante exótica, recibida con sonrisas enormes e iluminadas: “¿Eres de Venezuela? ¡Qué lindo!”. Y, en seguida, la retahíla referencial: Chávez, misses, petróleo, playas. Cuatro tópicos infaltables, un retrato pobre y escueto frente al cual yo sonreía, mientras intentaba engordarlo con más y más amplias referencias —tal vez debiera decir simplemente: más mías—. Después, tanto en las grandes metrópolis, como São Paulo, como en ciudades minúsculas, el español, mi español, comenzó a sonar en restaurantes y mercados, en cursos, en el gimnasio. Entonces vi deshacerse aquella sonrisa con la que fui recibida. La vi convertirse en una mueca de lástima. Vi los cuatro tópicos, ya insuficientes, reducirse a apenas uno, que se desdobla en miles: crisis.4
Este fenómeno, en extremo complejo, adquiere tantas formas que termina difuminándose entre cifras y porcentajes, perdiendo materialidad, sustancia y dimensión real. María Elena Morán migró primero como estudiante y, después, tras un proyecto de vida sentimental. La escritora ecuatoriana Mónica Ojeda (Guayaquil, 1988) lo hizo por motivos de salud:
Estaba teniendo mis primeros brotes de ansiedad y necesitaba salir, huir, para construir otra vida y otra imaginación futura. Tras llegar a España estuve tres meses con insomnio crónico y tuve que tomar antidepresivos sedantes. Aun así me negué a mí misma el hecho de que estaba pasando por un duelo tremendo. Escogí España porque había vivido allí antes como estudiante becada y conocía a algunos amigos, entre ellos a mis editores de Candaya. Pensé: aquí al menos tengo amistades.
Aunque el número 10 de los Objetivos de Desarrollo Sostenible se propone “facilitar la migración y la movilidad ordenadas, seguras, regulares y responsables de las personas, incluso mediante la aplicación de políticas migratorias planificadas y bien gestionadas”,5 esto ocurre poco. Según los datos disponibles de ciento once países, en septiembre de 2019 sólo el 54 % reportó que contaba con un conjunto integral de políticas públicas de cara a esta meta.6 El hecho de que apenas un poco más de la mitad de los Estados manifestaran trabajar activamente al respecto se traduce en una realidad sobre la que se sigue escribiendo: sus retos y, más complejo aún, los múltiples tormentos que deben enfrentar los migrantes en los países de llegada.
De la serie De paso, Nuevo Laredo, 2023. Fotografía de Olivia Vivanco. Cortesía de la autora.
Para Ojeda, incluida en la lista Bogotá39 de 2017 como una de las mejores narradoras de ficción menores de cuarenta años, el mayor escollo fue enfrentarse al que ella considera un sistema racista legalmente avalado por la Ley de Extranjería. Pasó tres años indocumentada, trabajando por épocas sin poder cobrar y tuvo que casarse con su pareja española para obtener unos papeles que de otro modo habría sido más complicado —si no imposible— conseguir:
La violencia sistemática impuesta contra los cuerpos marrones, latinoamericanos, negros, etc., afecta hasta a la hora de conseguir un alquiler. No se trata de xenofobia, que es lo que ocurre, por ejemplo, con los casos de venezolanos cuando migran a otros países latinoamericanos. Se trata de racismo. Un racismo que te acaba afectando a la hora de trabajar, cobrar y conseguir un derecho tan básico como el de la vivienda. Migrar es cambiar unos dolores por otros. En España, lejos de ciertas opresiones de las que me era muy difícil escapar en mi lugar de origen, pude rehacer mi vida con mucha dificultad y cuidado. Y acá he construido una red de afectos que me salva todos los días.
Para el poeta, narrador y activista salvadoreño Javier Zamora (San Luis la Herradura, 1990), autor de Solito (Penguin Random House, 2022), el gran fracaso de la migración es encontrarse con que nada de lo que uno imaginaba está ahí: “El país al que llegas no tiene todo lo que anhelabas y tampoco lo que amabas del tuyo”. Cuando llegó a Estados Unidos, solito, para encontrarse con sus padres, que ya vivían allá, siendo un niño de apenas nueve años y después de atravesar Guatemala y México (particularmente, el gran desierto de Sonora), recibió el primer gran golpe, su primera depresión. Comenzó a escribir este libro en 2019 y lleva seis años
platicando, recontando, reviviendo, procesando todo en terapia, abordando los diferentes niveles del trauma. Ahora estoy tratando de escribir mis primeros días en Estados Unidos y parte de ese proceso ha sido entrevistar a mis padres. Mi papá acaba de contarme algo que yo no recordaba, una situación durante esa travesía en la que sentí horror y que mi cerebro borró completamente para protegerme.
La migración como trauma sigue siendo tema presente tanto en la ficción como en la no ficción, en todas sus formas. Zamora, quien ha obtenido becas de instituciones como la Universidad de Harvard, el National Endowment for the Arts, The Poetry Foundation y la Universidad de Stanford, destaca los matices —que los hay— en todo fenómeno humano y social: “Hay mucho periodista gringo que se enfoca solamente en lo que nosotros sufrimos, pero no en las cosas bonitas, que son necesarias para sobrevivir, y ésa fue la mejor parte de recontar y revivir eso en el libro”. Su trabajo se extiende más allá de la literatura, hasta el voluntariado con la ONG Salvavision, con sede en Tucson, que brinda ayuda y apoyo a los solicitantes de asilo y a quienes han sido deportados.
“El planeta entero es una diáspora. Desde las imágenes del Antiguo Testamento con el pueblo hebreo atravesando el Sinaí y el mar Rojo y, hoy, éxodos de gente pasando el Tapón del Darién, navegando por el Mediterráneo, tratando de saltar nuestro muro fronterizo aquí en Tijuana. Ésa es la imagen de nuestro mundo, y la literatura contemporánea tiene que reflejarlo”, dice el periodista, ensayista y escritor mexicano Daniel Salinas Basave (Monterrey, 1974), Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2015. Habitar la frontera bajacaliforniana, “considerada la más cruzada del planeta, una ciudad [Tijuana] que es como un grandísimo tornado de almas de migrantes procedentes de muy diversas partes del mundo, llena de historias de desarraigo, de barcos a la deriva, de cáscaras de nuez, de polvo en el viento” deviene en experiencias, atmósferas y temas que se han colado en su narrativa.
De la serie De paso, Tapachula, 2024. Fotografía de Olivia Vivanco. Cortesía de la autora.
Hablamos de frontera y Morán anota que la de Centroamérica con México y la de éste con Estados Unidos representan unas de las más profusamente trabajadas, en contraste con muchos otros movimientos que han sido explorados en menor medida o que sólo han sido abordados desde la perspectiva de quienes reciben a los migrantes. Piensa, por ejemplo, en el caso de Brasil —el contexto que más conoce— y el flujo migratorio que viene de Angola, Senegal, Haití, Bolivia y Venezuela desde hace algunos años. Se pregunta qué condiciones son necesarias y el tiempo que falta para darle espacio a los relatos de las personas que llegan. Estos nuevos flujos ya van recogiendo suficiente historia:
como para que la elaboración literaria pueda ocurrir. Yo he buscado trabajar el tema con la mayor complejidad de la que soy capaz y eso implica entender a los personajes en un lugar que sobrepasa o extrapola el lugar de víctima o de quien se niega a aceptarse como tal. También trato de crear personajes que difieren de lo que se espera sobre un movimiento migratorio en particular. […] Me interesa mucho evitar los relatos unidireccionales o románticos y cuestionar todos esos lugares dados de antemano. Por ahí pasa la idea de hacer un retrato con más capas, que no se conforme con la nostalgia, aunque esté permeado completamente por ella, pero que también la cuestione.
El narrador y periodista cubano Carlos Manuel Álvarez (Matanzas, 1989), seleccionado por la revista Granta en 2021 como uno de los mejores escritores jóvenes en español, coincide con Morán en su noción del lugar de la víctima y subraya que convertirse en un exiliado y vivir en varias ciudades del mundo le ha permitido “ser un sujeto activo, alguien que piensa desde acá y que nos piensa no sólo a nosotros, sino a todos los demás”. Afirma que el tener que salir de su país en 2015 lo libró de pensarse como un actor nacional, confinado “en un espacio balcanizado. Me permitió pensar dentro de una cultura y dentro de un lenguaje que no hubiese alcanzado de otra manera”. Bajo su mirada crítica señala que la que se hace hoy es mayoritariamente una literatura de la queja, que muchas veces las víctimas han capitalizado, pues el lamento en la institución de la literatura se ha convertido en un negocio económico y cultural.
Contrario a lo que podría pensarse, la cercanía cultural entre el país de origen y aquel al que se migró termina siendo un cuchillo de doble filo. Así lo expone Morán, quien a veces se siente tan en casa, tan hermanada,
que se me desdibuja un cierto borde identitario. Escuchar samba antiguo me da tanta nostalgia como escuchar gaitas maracaiberas. El batuque me moviliza de una forma telúrica, como si nos conociéramos de antes —todo tambor hace eso y tal vez sea, en vez de una identificación con algo supuestamente ajeno, la familiaridad con esa raíz común africana—. Así he venido construyéndome en este país, al punto de sentir, en mi círculo más íntimo, que soy un elemento tan natural que por momentos a las personas parece que se les olvida que a mi domingo familiar le falta gente. Ese tipo de experiencias crean una sensación muy ambigua. Por una parte, es cómodo: “Mírala, ya es una brasileña completa”. Pero escuchar ese tipo de frases hace que se acabe la comodidad y se abre un abismo que está siempre aquí, aunque a veces bien guardadito, porque no, no soy brasileña. Mi infancia fue otra y la infancia es la única patria que uno tiene… Pero tampoco soy solamente venezolana. La identidad es algo que nunca para de construirse y para muchos inmigrantes ésa es una fuente permanente de conflicto, una plaquita en el pecho: “Cuidado, culpas trabajando”.
De la serie Tiwana, Tijuana, 2013. Fotografía de Olivia Vivanco. Cortesía de la autora.
La experiencia de Ojeda, por su parte, la ha hecho mucho más consciente de lo que ha perdido y de lo que ha ganado:
He aceptado mi duelo, cosa que no me permitía antes. Me he dado cuenta de que me he ido físicamente de mi país, pero sólo para quedarme sentimental e intelectualmente. Mi escritura, mi pensamiento y mi sensibilidad están allá. Cada dos años voy a Ecuador, me es imposible no ir: yo creo que uno se pelea con su origen, se aleja, se acerca, se enamora, se desenamora, lo critica, lo pone en crisis, luego crea una amistad compleja con él.
Es una mirada escritural afectada por el tiempo y la distancia, de alguien que se fue, que de alguna manera sigue yendo y volviendo pero que definitivamente ya no está, como lo observa la periodista dominicana Sorayda Peguero (Santo Domingo, 1980), también radicada en España. Para ella siempre existirá “la necesidad de regresar a través de la memoria a ese lugar que se dejó atrás. Migrar es una herida que permanece abierta, independientemente de cuáles fueron las razones que nos llevaron a partir”.
Recuerda entonces la idea cortazariana de la “mecánica del chicle”, ésa de haberse quedado adherido y, desde ahí, irse estirando. Así se lo expresa el autor de Rayuela a su amigo, el pintor y poeta argentino Eduardo Jonquières en una carta del 8 de noviembre de 1951: “Trato de decirlo con humor, pero ya ves lo que sale. […] La sola contemplación de un sobre, o el olor del papel, me devuelven a latigazos a Buenos Aires. No estoy triste de estar en París. Está bien, y ahora sé que es necesario que esté aquí. Pero el chicle, sabes.”7
Mohsen, recordando su Egipto lejano, advierte que ser migrante ha atravesado su escritura y ha transformado su mirada del mundo porque ha vivido dos migraciones: la primera fue física, al viajar de un lugar a otro, y la segunda fue habitar y empezar a escribir otra lengua. Su poema “Vida pequeña” teje esas líneas: “Cada uno en su lugar/ con lo que tenga en las manos/ No hay tiempo para empacar equipaje/ No hay equipaje/ El mar arrastra los recuerdos/ […] La orilla es una reunión de troncos en exilio/ que las olas trajeron desde países lejanos”.
La experiencia de la migración ha atravesado la historia personal de Morán como una flecha y la llevó a escribir Volver a cuándo, “a usar la escritura para intentar darle algún sentido al caos que me estaba engullendo. Si en el día a día muchas veces logro mantener a raya el exabrupto, cuando escribo ese límite deja de existir, protegida como estoy por la ficción”.
Del proyecto transmedia Atlas del neoTrópico, 2017-2024. Obra fotográfica de Gerardo Suter. Cortesía del artista.
Entonces, en su narrativa aparece la mirada crítica de lo que ocurre en Venezuela hoy:
Fue también a través de esa experiencia tan radical y desgarradora que le puse lupa a mis opciones políticas y al fanatismo con que me entregué en los primeros tiempos de la revolución. Reconocer el fracaso y mi cuota de responsabilidad en su construcción me ha ayudado a desmontar mi panteón latinoamericano de líderes, a ver con ojos menos infantiles y huérfanos a las figuras históricas y a las contemporáneas. Hemos sido durante demasiado tiempo huérfanos a la espera del gran padre salvador.
Ojeda, finalista de los premios Bienal de Novela Mario Vargas Llosa y de Narrativa Breve Ribera del Duero, reclama por las acciones del gobierno de Daniel Noboa en Ecuador, quien
está implantando necropolíticas en las que las víctimas principales son los niños y los jóvenes racializados. Pese a tanto dolor, la resistencia social está firme y la gente tiene proyectos hermosos de escritura, edición, teatro […]; se abren afrocolectivas, revistas y medios comunitarios. Esos movimientos me enseñan que en lo colectivo hay una imaginación futura insumisa. En ese sentido, migrar me ha ayudado a recuperar una salud mental que estaba perdiendo y me ha vuelto más útil, porque pese a la distancia, colaboro activamente con varios espacios de resistencia. Así que la migración me ha traído la posibilidad de tejer comunidad allá en Ecuador.
Unas y otros, con miles de kilómetros entre ellos y sus países, escriben para no olvidar y no olvidarse, para mantener a todos en su memoria propia y en la de otros tantos, como lo dice De Sousa-García. Al migrar se vive la “historia al margen de la historia, un presente elástico, una dictadura del gerundio”, se aflige Morán en su libro, pero vislumbra que no hay nada definitivo en la ruina y que se pueden hacer obrar nuevos tiempos en su tiempo perdido.
Seguirán escribiéndose páginas y páginas que cuenten todo lo que se ha derrumbado: los escombros restantes de la vida que se edificó, los paisajes vacíos, las partidas imprevistas, el país que no deja de ser el propio pese a la desilusión. Esas mismas páginas también narrarán los paisajes extranjeros, las caras familiares del nuevo mundo, la vida que se reconstruye, y nosotros seremos sus testigos.
Imagen de portada: De la serie Tiwana, Tijuana, 2013. Fotografía de Olivia Vivanco. Cortesía de la autora.
“Fundamentals of migration”, International Organization of Migration. Disponible aquí. ↩
Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), Panorama social de América Latina, Santiago, 2019, p. 163. Disponible aquí. ↩
Hugo Graeme, Migrants in Society: Diversity and Cohesion, National Centre for Social Applications of GIS, University of Adelaide, 2005. ↩
Comunicación personal. En lo sucesivo, cuando no aparezca una cita específica, tal es el caso. ↩
Meta 10.7 del “Objetivo 10: Reducir la desigualdad en y entre los países”, Organización de las Naciones Unidas, disponible aquí. ↩
“Reduce inequality within and among countries”, Organización de las Naciones Unidas, Sustainable Development Goal Indicators, disponible aquí. ↩
Julio Cortázar, Cartas a los Jonquières, Alfaguara, México, 2010, p. 19. ↩