dossier Migraciones ABR.2025

Verónica González Laporte

Esclavos del oro verde: los migrantes coreanos en Yucatán

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En los primeros años del siglo XX, más de mil coreanos dejaron su península natal para trabajar en las haciendas de otra península. Yucatán, uno de los estados más ricos del México porfirista gracias a la producción de henequén, les reservaba una vida mucho más dura de la que imaginaban.

​ Mérida era una ciudad bien trazada y pavimentada. Los tranvías circulaban a la luz de los faroles eléctricos. Las casas blancas con numeración presumían muebles de factura europea y patios bañados de sol, rodeados de helechos. En aquel ombligo político y social, de aspiraciones independentistas, se paseaban rollizos hacendados vestidos de lino claro y panamá ladeado con puro fino en la boca. No olvidaban el pasado reciente, cuando los mayas se habían alzado para defender sus tierras, consideradas por esta clase alta, muy convenientemente, terrenos baldíos. La llamada “guerra de Castas” (1847-1901) fue una cruenta guerra civil que duró más de medio siglo.

​ El henequén o sisal, fibra apreciada por su calidad y su alta resistencia, inundaba la península. Su producción superaba las cien mil toneladas al año y reemplazaba otros cultivos, como el maíz, el algodón y el chicle. Las travesías comerciales se desarrollaban a gran escala y requerían de navíos con cuerdas de henequén; también las usaba la industria agrícola en los Estados Unidos, que pronto se convertiría en su mayor consumidor.1 Para responder a la demanda, los hacendados se endeudaron con los bancos e importaron modernas máquinas desfibradoras a vapor, así como prensas y calderas.2 El periodista estadounidense John Kenneth Turner relató que sus propiedades, donde vivían entre quinientas y dos mil quinientas personas, eran tan extensas que se recorrían en truc o decauville, un carro de madera sobre rieles.

​ En 1911 Turner publicó el libro que condensaba los artículos que escribió en 1909 y en los que describió las condiciones de vida de unos cien mil indígenas mayas al servicio de cincuenta henequeneros. En su México bárbaro no dudó en calificarlos de “esclavos”: hombres comprados y vendidos, incluso a Cuba, cuando protestaban demasiado.3 Las autoridades, hacendados a su vez o cómplices de éstos, se encargaban de perseguir a los que intentaban huir del “servicio forzoso por deudas”. Desde el momento en que quedaba “enganchado”, el peón sólo podía aspirar a su libertad si pagaba su deuda, algo casi imposible de lograr. Ésta se heredaba a los hijos, quienes pasaban a ser propiedad de la hacienda apenas nacían.

​ Mano de obra barata para trabajar el sisal, había. Sin embargo, cada vez estaba más harta de los despojos y los maltratos, del derecho de pernada del patrón, del látigo con que el mayacol o capataz la azotaba en público con cualquier pretexto o de que la encerraran en calabozos. Tenía tendencia a escapar y a veces se le aplicaba la “ley fuga”, en cuyo caso se le disparaba a discreción, estuviera comprobado o no el intento de evasión. Para mantenerla siempre en la hacienda, para “acasillarla”, la tienda de raya se encargaba de endeudarla; centavo tras centavo le surtía lo necesario (comida, ropa, herramientas, alcohol o medicina) a precios hasta setenta por ciento más elevados. Un par de huaraches significaba varios meses de trabajo. Los peones eran, sobre todo, mayas, pero también había unos siete mil yaquis, que el maquiavélico Porfirio Díaz suministró puntualmente a partir de 1902, como castigo por haberse rebelado, pues tuvieron la osadía de oponerse a quienes buscaban apoderarse de sus tierras en Sonora. Los yaquis eran vendidos a sesenta y cinco pesos por cabeza y dos tercios morían en el primer año.4 La esclavitud, oficialmente abolida con la Independencia, se mantenía de facto. Eran voraces los patrones, la “casta divina”, blancos, criollos, mestizos y extranjeros, respaldados por la Iglesia.5 Según ellos, los indígenas eran flojos e indolentes, por eso era necesario “limpiarlos”, golpearlos o torturarlos. El gobierno, atento a las quejas disfrazadas de paternalismo de los terratenientes, propició la apertura a trabajadores migrantes por medio de subsidios, a ver si éstos les resultaban más productivos.6

​ Los primeros jornaleros coreanos, hambrientos y preocupados por el destino de su país, hicieron cola frente a la oficina de la Compañía de Emigración Occidental, montada por John Meyers, traficante holandés nacionalizado británico y quien fue comisionado por la Junta de Inmigración de Yucatán para conseguir mano de obra en Asia.7 Había antecedentes: unos siete mil coreanos, contratados en su país por esta misma compañía, trabajaban en las plantaciones de caña de azúcar de Hawái e islas aledañas, recientemente anexadas por los Estados Unidos.

​ La península coreana ha sido históricamente codiciada y ocupada en diferentes momentos por chinos, mongoles y japoneses. Siempre se sintió un camarón entre dos ballenas. En 1897 el rey Gojong, el último de la dinastía Chosun, hizo del reino de Corea un imperio para dejar de rendir tributo a China, pero los japoneses buscaron apoderarse del territorio. El embajador nipón Miura Goro incluso comandó, en 1895, a un grupo de asesinos que violaron, apuñalaron y quemaron a la esposa de Gojong, la reina Min, quien había fungido como una reformadora política y defensora de la soberanía del breve imperio. La poderosa dinastía Chosun, confucionista y con cinco siglos de antigüedad, expiró a los pies de la bandera del Sol Naciente. Cuando en México estallaba la revolución, en 1910, Corea fue oficialmente anexada a Japón. La despiadada ocupación duraría hasta la capitulación de Japón al final de la Segunda Guerra Mundial, en 1945.

​ Antes de que Japón, por miedo a quedarse sin mano de obra, prohibiera a los coreanos emigrar, 1 033 almas se embarcaron con destino a México. Kim Young-Ha rememora en la novela Flor negra (Panorama, 2021) esa travesía: en abril de 1905, en el puerto de Chemulpo, hoy llamado Incheon, 702 hombres, 135 mujeres y 196 niños se acomodaron como pudieron en las oscuras calas del buque de carga Ilford, de pabellón británico. Entonces Corea y México no tenían relaciones diplomáticas y el capitán John Meyers hizo lo necesario para conseguir pasaportes a sus pasajeros, también para hacerles creer, como afirma Alfredo Romero Castilla, que México formaba parte de los Estados Unidos. Corría el rumor de que serían tratados como esclavos, aun así el espejismo del Nuevo Mundo se apoderó de ellos. Ignoraban su condición de “enganchados”: el costo del viaje había sido absorbido por los ricos hacendados mexicanos. Entre quienes embarcaron estaban algunos antiguos militares despedidos por el ejército japonés y familias enteras en busca de un futuro en aquel país “con forma de estómago vacío”, como lo describe Young-ha.

​ Iban con la promesa de un salario diez veces mayor y un contrato de cuatro años, al cabo de los cuales quedarían libres, siempre y cuando saldaran una liquidación de cien pesos. Al menos en aquellas tierras donde siempre salía el sol, no se perderían las cosechas por las heladas. Tenían la intención de trabajar para ahorrar y marcharse a los Estados Unidos (toda similitud con la situación actual es mera coincidencia) o de volver a su pueblo natal y comprar un terrenito, pero se quedaron en las tierras calizas de Yucatán.

​ El viaje fue extenuante, tanto que varios murieron a bordo del Ilford. De Chemulpo a Salina Cruz en barco, luego a Coatzacoalcos en tren, en carguero hasta Progreso y de nuevo en tren a Mérida. Uno que otro llevaba dinero o joyas y logró saldar pronto sus deudas, los demás fueron distribuidos en treinta y dos haciendas. A los hombres les cortaron el pelo, recogido en una coleta, que solían dejar crecer desde su nacimiento. Se apodaron a sí mismos, por ser trabajadores del henequén, aenikkaengs.8 Hacían una comida al día, de pie: dos tortillas de maíz, una taza de frijol cocido y un plato de pescado seco. Engañaban el hambre con bolitas de nixtamal fermentado. A veces se comían el hongo que le salía al henequén, y los mayas, al verlos, se santiguaban. Cuando llegaba sandía a la tienda de raya, se precipitaban para hacer kimchi con la cáscara marinada en ajo y chile.

​ Turner describió que la campana del patio sonaba al cuarto para las cuatro de la madrugada y el trabajo en los campos de henequén empezaba de inmediato. Cortar las hojas, sólo doce por penca, para permitir un crecimiento óptimo durante tres meses. Limpiar la maleza. Quitar las espinas que perforaban la piel tierna de los neófitos. Formar hatos de cincuenta y acomodarlos en carretas jaladas por mulas. Una y otra vez. Hasta dos mil hojas en una jornada. Los coreanos pronto inventaron un guante para protegerse, pero las cuotas de los mayorales eran tan altas que muchas veces la familia entera intervenía para ayudar al padre. Entre el polvo verde de los deshechos de la fibra y el ruido constante de la máquina desfibradora, la faena terminaba hasta bien entrada la noche. Los niños y los enfermos recibían medio sueldo. El mayoral pagaba con fichas, marcadas con el logo de la hacienda. Un corte de maleza o “mecate de chapeo” correspondía a una medida, es decir, a una ficha. Los peones se colgaban al cuello las fichas agujereadas, así como en Corea y en China llevaban las monedas atadas al cinturón. El precio de una paca de sisal era de ocho centavos por libra; el sueldo anual de cada trabajador: 22.50 pesos.

​ Lejos de sus montañas, sus pinares y sus ríos, los migrantes buscaron adaptarse. Mantuvieron su lengua, incluso fundaron escuelas donde se impartían clases de hangul, la escritura coreana, cada sábado. Siempre atendían los códigos de los blancos, la “gente de vestido”, y de los indígenas que vestían de blanco, al igual que los campesinos coreanos. Todo esto es una mera coincidencia cultural. Las chozas mayas de barro seco de techos de palma eran iguales a las de su país: espacios reducidos donde vivían quienes tenían familia, en contraste con los inmensos dormitorios colectivos para solteros, sin ventanas y custodiados por hombres armados. En Corea también prevalecía un sistema donde algunas vidas no valían nada mientras que otras eran preciosas. Hasta ahí las similitudes. Aniquilaron sus esperanzas las plantas tropicales gigantes, las espinas del henequén, aquel tapete verde y plano hasta donde alcanzaba la vista y un calor que ellos hubieran asociado al del infierno si hubieran creído en él. No había ningún lugar donde escapar o refugiarse. Además, por orden del patrón, debían asistir a misa, celebrada en latín, idioma aún más incomprensible. Tenían que renunciar a sus ritos de cosecha, basados en el calendario lunar, y los dedicados a sus ancestros. Se otorgaba una compensación, en fichas, a quienes aceptaban bautizarse.

​ Fue a través de las cartas de un vendedor ambulante de ginseng que viajaba desde San Francisco que el imperio de Corea se enteró de la esclavitud que vivían sus compatriotas. Se quejaban de ser tratados como animales, sometidos al látigo mojado, que caía hasta veinte veces en la espalda desnuda. Algunos se habían suicidado. Relata Young-Ha que, ante estas acusaciones, el gobierno de Díaz respondió que debía haber un error, todos los trabajadores en Yucatán recibían muy buen trato.

​ En cuanto se liberaron de su contrato (fuera de sus deudas, nada les impedía hacerlo legalmente), algunos coreanos se dedicaron a la hojalatería. En Mérida se instalaron en los barrios de San Cristóbal y San Sebastián; más tarde fundarían un templo metodista y una sucursal de la Asociación Nacional Coreana de Norteamérica. Enviaron remesas a sus familias. Cuando los japoneses sofocaron un intento de independencia en Seúl, en 1919, perdieron la esperanza de volver a su tierra y desmantelaron las escuelas en su idioma. Occidentalizaron sus nombres. Al sol de hoy, en Corea, suelen escoger un nombre occidental en cuanto entran a la universidad para abrirse oportunidades en el mundo laboral. Cuando yo vivía allá, me preguntaban mi nombre coreano; elegí “Bitna”, asociado a la luz y, por tanto, a mi primer nombre de pila. Con los años, los Ko, los Kim y los Cho se diluyeron entre los apellidos mayas y ya no se nos ocurre que puedan tener raíces asiáticas. Los hombres solteros de Chemulpo —la mayoría de los emigrados lo eran— se casaron con mujeres mayas.

​ Las relaciones diplomáticas entre México y Corea se establecieron en 1962. El gobierno coreano no reconoce la doble nacionalidad, pero otorgó un certificado a quienes pudieron comprobar que eran descendientes de los primeros migrantes. Las distintas asociaciones coreanas en Yucatán estiman que son entre cinco y siete mil.9 A pesar del mestizaje y de la asimilación cultural, buscan mantener sus raíces; muchos de ellos son trilingües: hablan español, coreano y maya. La Asociación de Coreanos en Mérida, la escuela de coreano y el Museo de la Inmigración Coreana reciben financiamiento de Corea.

​ Cerca de veinte mil coreanos viven actualmente en México. La Zona Rosa es Little Korea; Pesquería, Nuevo León, sede de una fábrica de autos Kia, es apodada “Pescorea”, y durante la construcción de la refinería de Dos Bocas, en Tabasco, se sirvió kimchi en la cafetería para complacer los nostálgicos paladares de los ingenieros coreanos. El 4 de mayo se celebra el Día del Inmigrante Coreano. En Yucatán no queda sino alguna hacienda-museo con desfibradoras oxidadas, una acotada producción de agaves, un bar Chemulpo y una avenida Corea. Como las semillas de la ceiba, los descendientes del Ilford esparcieron sus semillas.

Portada e imágenes de migrantes coreanos en Yucatán, ca. 1909-1940, del estudio Fotografía Guerra. Cortesía de la Fototeca Pedro Guerra, Facultad de Ciencias Antropológicas, Universidad Autónoma de Yucatán.

  1. Sandra Kuntz Ficker, “El henequén y otras fibras duras”, en Las exportaciones mexicanas durante la primera globalización (1870-1929), El Colegio de México, Ciudad de México, 2010, pp. 236-290. 

  2. Rodolfo Canto Sáenz, Del henequén a las maquiladoras: la política industrial en Yucatán, 1984-2001, Instituto Nacional de Administración Pública, Universidad Autónoma de Yucatán, México, 2001. 

  3. Victoria Novelo O., “Migraciones mayas y yucatecas a Cuba”, en Dimensión Antropológica, vol. 59, septiembre-diciembre, 2013, pp.127-146. 

  4. John Kenneth Turner, México bárbaro, Casa Editorial Boek, México, 2015. 

  5. La “casta divina”, élite de élites de origen criollo, dominó el ámbito político y económico de Yucatán durante el auge del henequén. Entonces en Mérida se concentraban más millonarios que en ninguna otra ciudad del mundo. Alrededor de mil haciendas, repartidas en millones de hectáreas, estaban en manos de unas doscientas familias que tenían parentesco entre sí. Treinta apellidos destacaban por su riqueza y su poder. Turner habló de los “cincuenta reyes del henequén”. El término, asociado a la gente rica y blanca, sigue presente en la península. 

  6. Sandra Kuntz Ficker, “El henequén y otras fibras duras”, op. cit. 

  7. Alfredo Romero Castilla, “La inmigración coreana a México: ayer y hoy”, Ichan Tecolotl, año 33, núm. 356. Versión en línea. 

  8. “Coreanos”, Los que llegaron, Canal Once, México, 2012. 

  9. “Migración coreana a Yucatán”, disponible en el canal Yucatán, tierra de maravillas, 19 de noviembre de 2022.