dossier Migraciones ABR.2025

Emily Celeste Vázquez Enríquez

Migraciones multiespecie: “Días del fin” de Jacinta Escudos

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La categoría de los animales de compañía suele estar delimitada por el espacio doméstico, donde los felinos y caninos ocupan un lugar privilegiado dentro de la jerarquía afectiva humana. Sin embargo, las crisis ambientales recientes muestran la urgencia de repensar las relaciones de acompañamiento entre especies más allá de dicha esfera. La migración a causa del cambio climático es el ejemplo más claro de ello. En el Antropoceno, una era definida por el deterioro ecológico provocado por la acción humana, la degradación de hábitats cobra intensidad, lo que obliga al desplazamiento de sus habitantes humanos y no humanos. En estos escenarios, las diásporas transespecie desdibujan las fronteras entre la fauna silvestre y los animales de compañía. Hoy en día son inevitables las migraciones compartidas que trascienden los límites ontológicos habituales. Vincularnos con otros seres vivos en este tipo de tránsitos nos invita a replantear las nociones más comunes de la figura del migrante.

​ Pese a los crecientes marcos migratorios que incluyen a distintas especies, los enfoques antropocéntricos aún dominan el concepto de migración. El desplazamiento de los animales suele verse como un proceso natural, sin que se reconozca que también ocurre de manera forzada. En su lugar, persiste la creencia de que sólo parten en busca de pareja para el apareamiento, o bien, que exploran otras zonas donde alimentarse o hábitats más propicios para sobrevivir. Esta separación cimenta una jerarquía epistemológica que desliga su desplazamiento de los mismos factores ambientales que causan el de las poblaciones humanas.

​ Acerca de esta división, la investigadora en derecho ambiental y animal Charlotte Blattner advierte que “la migración humana suele teorizarse a partir de la preocupación por el desplazamiento, la persecución, la seguridad y la amenaza de los movimientos masivos”, mientras que la migración animal tiende a romantizarse a través de un prisma exageradamente naturalista.1 Tal diferencia de enfoque oculta los lazos entre el movimiento forzado de los animales humanos y no humanos, refuerza la separación de sus experiencias y, por último, obstaculiza la creación de una perspectiva de justicia ambiental y migratoria más completa. Al ignorar cómo las crisis ecológicas provocan desplazamientos involuntarios que trascienden la diferenciación ontológica, se perpetúa un marco legal, afectivo y ético que excluye a las criaturas no humanas de las discusiones sobre los derechos a la movilidad, el acceso al refugio y la libertad de existir en espacios habitables.

​ En cambio, al reconocer la migración como un fenómeno multiespecie, es posible cuestionar los límites impuestos por el pensamiento antropocéntrico y ahondar en la comprensión y el debate sobre la justicia ecológica. Sin embargo, para que este reconocimiento se concrete, visibilizar las conexiones entre dichas diásporas resulta fundamental. Al iluminar el movimiento forzoso que protagonizan los animales, la literatura emerge como un medio privilegiado para cimbrar las narrativas antropocéntricas.

Tony de los Reyes, Border Theory (Rio Grande/colorscale 5), 2014. Cortesía del artista.

​ Tal reorientación está presente en la colección de cuentos El Diablo sabe mi nombre de la autora salvadoreña Jacinta Escudos, sobre todo en “Días del fin”.2 Como el título sugiere, se trata de un relato apocalíptico. Ciudades en llamas, huracanes de una intensidad sin precedentes, terremotos devastadores e inundaciones que engullen edificios enteros conforman el panorama donde, poco a poco, se extinguen los sitios habitables en la Tierra.

​ Al inicio del cuento, la narradora se mantiene al tanto de las catástrofes por medio de las noticias. Observa cómo, una a una, ciudades completas, al otro lado del océano, sucumben ante los desastres. El relato enfatiza de forma reiterada la aniquilación de la vida en esos lugares, en apariencia lejanos. La distancia geográfica hace que la narradora perciba estos eventos como tragedias ajenas y que los mire con incredulidad, aferrándose al engaño —o a la inocencia, como ella le llama— de que esa destrucción nunca alcanzará su realidad inmediata. Por ello, habla de las preocupaciones de quienes no han experimentado —todavía— la desaparición de su hábitat: la caída de los mercados, el desabasto de alimentos, el desplome de la economía.

​ Mientras describe la preocupación colectiva por estos cambios abruptos, un intenso viento irrumpe en su casa en el campo y corta el hilo de sus pensamientos. Se trata de un presagio inquietante sobre la llegada de un desastre natural a un país que jamás había experimentado uno de tal magnitud. Al salir para averiguar qué ocurre, la golpea el viento feroz, que lacera su piel: “pensé que me arrancaría el pelo desde la raíz”. En el vendaval, logra distinguir con claridad un caballo blanco corriendo desbocado, su relincho cargado de agitación. Enseguida aparece una visión inesperada: “Gatos, perros, vacas, más caballos, pájaros. Todos haciendo ruidos y chillidos que jamás había escuchado en animal alguno”. Los niños emergen de entre los árboles mientras un anciano grita, entre el llanto y la desesperación. El caos desa­tado por el colapso inminente, anunciado y encarnado en el viento, disuelve las fronteras entre especies. La fuerza del vendaval hace que todos los animales, incluidos los humanos, se desplacen y compartan una sensación de vulnerabilidad, entre vistas y sonidos aterradores.

Un numeroso grupo de ñus después de haber cruzado el río Mara desde el Serengeti, 2012. Fotografía de Bjørn Christian Tørrissen. Wikimedia Commons, CC 3.0.

​ Estas escenas iniciales de “Días del fin” construyen una visión multiespecie del migrante ambiental, un ser obligado a huir debido a los distintos efectos del cambio climático. Llama la atención que el relato presente esta clase de migración como una diáspora en el centro de un contexto apocalíptico, una decisión que hace eco de nuestros tiempos. Según la Organización Internacional para las Migraciones, en 2020, casi 4.5 millones de personas fueron desplazadas por desastres naturales tan sólo en América y se pronostica que para 2050 esta cifra ascienda a diecisiete millones en la misma región.

​ Un acierto clave del relato es que, en vez de retratar la devastación climática como un evento instantáneo y fulminante, lo representa como un proceso gradual y progresivo, en el que los espacios de la Tierra se desintegran hectárea por hectárea. El fin del mundo no se muestra como un acontecimiento imposible de ignorar que arrasa de inmediato con todo, sino como un deterioro paulatino, en el que las rupturas del tejido ecológico no son más que las consecuencias de largo plazo del Antropoceno.

​ Si bien “Días del fin” describe varias tragedias ambientales por medio de lo que la narradora ve en las noticias, cuando éstas tocan la región donde ella vive, impactan primero en una zona rural. Lejos de ser un detalle arbitrario, la escena resalta que las comunidades marginadas enfrentan más temprano y con mayor intensidad los efectos del cambio climático. Después de presenciar la oleada de seres vivos huyendo del viento que arrasa con el campo, la narradora se dirige a la ciudad. El hecho de que la urbe permanezca en pie, mientras que el campo ha sido devastado, evoca las desigualdades sociales, raciales y económicas que caracterizan a América Latina. En este contexto, las zonas más vulnerables de­saparecen antes y sus habitantes, humanos o no, se cuentan entre los primeros desplazados.

Una gran colonia de sesenta mil pingüinos rey, especie afectada por el cambio climático, 2006. Wikimedia Commons, CC 3.0.

​ La narradora pronto se percata de que los animales que corrían del viento no buscaban refugio, sino que se precipitaban para dejarse caer de un barranco: “Huían, sí, pero sabían que no había lugar alguno sobre la faz de la Tierra que los salvaría de todo lo que estaba por venir”. No están siendo expulsados de su hábitat local, sino del planeta. No queda guarida alguna, salvo, acaso, la compañía en medio de una precariedad compartida: “Comencé a llorar y me agaché para abrazar a un par de perros que, gimiendo temerosos, trataban de encontrar refugio entre mis piernas”. La desolación lleva al imprevisto encuentro entre especies. En este cuadro, la figura del migrante se edifica a partir de seres humanos y no humanos. En lo alto de un hospital, buscando amparo ante una inundación inevitable, la narradora mira a un hombre abrazado de un mono que también se aferra a él: “Encontré al mono cuando empezó todo esto. Desde entonces andamos juntos”, le dice el hombre. El vínculo de la narradora con los perros y el del hombre con el mono evidencian que la migración forzada por el colapso ambiental diluye las fronteras entre especies, dando lugar a formas de acompañamiento entre ellas que resultan cada vez más obvias.

​ Reconocer que los animales también migran de manera forzada, como teoriza Charlotte Blattner y narra Jacinta Escudos, permite cuestionar las jerarquías que legitiman la exclusión y el despojo no sólo de las especies no humanas, sino también de las humanas. Mientras ciertos grupos de migrantes son excluidos mediante prejuicios raciales y sociales —deshumanizados y animalizados—, la vida de los animales es despojada de valor dentro de una jerarquía especista. El entendimiento de las diásporas como fenómenos multiespecie desafía estas lógicas. Por un lado, la deshumanización del migrante pierde sentido cuando se admite que la migración forzosa es un proceso que trasciende marcos antropocéntricos. Por el otro, al animalizar las nociones más comunes sobre los movimientos migratorios, se reconoce que otros seres vivos son merecedores de compasión y cuidado, así como de leyes y medidas que los procuren. “Días del fin” establece que el hábitat planetario es un territorio compartido entre especies que, acaso sin darse cuenta, se brindan compañía. Sin embargo, este acompañamiento se vuelve dolorosamente visible ante un presente incierto en el que, como advierte Jacinta Escudos, el mundo se va acabando, un pedazo a la vez.

Imagen de portada: Una gran colonia de sesenta mil pingüinos rey, especie afectada por el cambio climático, 2006. Wikimedia Commons, CC 3.0.

  1. Charlotte Blattner, “Global Migration Crises, Nonhuman Animals, and the Role of Law”, Natalie Khazaal y Núria Almiron (eds.), Like an Animal: Critical Animal Studies Approaches to Borders, Displacement, and Othering, Brill, Leiden y Boston, 2021, p. 182. 

  2. Jacinta Escudos, El Diablo sabe mi nombre, Uruk Editores, San José, 2008.