Ríos de vino
Leer pdfCaía el atardecer sobre el valle cuando Iván Samarín sintió la humedad que antecede a la lluvia. Era extraño que lloviera en esa época, aunque también era cierto que las últimas añadas se habían caracterizado por no obedecer a las empíricas predicciones meteorológicas heredadas de su bisabuelo, su abuelo y su padre. En el Valle de Guadalupe llueve en invierno, es húmeda la primavera, seco el verano, y el otoño está cubierto de la bruma producto de su cercanía con el Pacífico. De bruma sí, pero no del inminente chubasco que concedía al aire sus partículas húmedas y pesadas.
A pesar de esos atisbos de esperanza pluvial, la sequía empeoraba cada año. El rendimiento de las vides era menor y los permisos para la explotación de agua en pozos agrícolas eran cada vez más caros. Qué esperanza, Deda, decía en voz alta como si alguien en esas siete hectáreas de terreno pudiera escucharlo. Iván contemplaba los surcos desordenados de sus plantas, cuyas hojas habían adquirido ya los tonos rojizos de octubre. La hojarasca del suelo volaba raso con los ventarrones ocasionales hasta levantarse en remolinos enanos.
El camino de terracería proveniente de la carretera federal desembocaba en un estacionamiento para visitas. De ahí, un andador de gravilla se extendía cuesta arriba en medio de un encinar hasta la plancha de concreto donde trabajaba durante la vendimia. Esa superficie sin gracia adquiría mucha vida cuando los tres edificios que la flanqueaban se abrían al público: una pequeña terraza de mesas y bancos de madera, una bodega de barricas hecha de adobe y una construcción cúbica de donde emanaba la mayor parte del aroma a vino. A uva fermentada, aclaraba Iván, porque las notas del vino son mucho más complejas.
Ante la presencia próxima de la lluvia, se apresuró a mover las rudimentarias máquinas (una embotelladora manual de tres entradas y una encorchadora) y lo que pudiera dañarse con el agua: cajas de cartón, bolsas de corchos, rollos de etiquetas. —¿Necesita ayuda? —preguntó una voz.
Era un hombre evidentemente foráneo, quizás había venido desde Ensenada o incluso de un paraje más lejano, como Tijuana o Mexicali, pero no del Valle. Lo delataban los pantalones blancos y los zapatos lustrados, la pulcritud de su camisa con tres botones abiertos y las cadenas doradas que pendían en su pecho.
Iván rechazó la oferta con un gesto de la cabeza. Si bien había entendido —no sin cierta reticencia— que el turismo era una parte fundamental de su actividad económica, no terminaba de acostumbrarse a la presencia de extraños en su propiedad. Para él, esa gente de sombreros Panamá, botas altas y disfraces de Indiana Jones era una anomalía en la tierra arcillosa y fértil que se les impregnaba en los atuendos. En un día sereno podía recrear la figura de su bisabuelo con sus primeras vides (cuando éstas aún eran un puñito de varas ralas), recién llegado del Cáucaso Menor con la esperanza de instalarse indefinidamente en esa zona rural. Imaginaba también a su abuelo, que expandió su territorio cuando tata Cárdenas hizo el reparto agrario. Luego le llegaba la imagen tozuda de su padre, que se negó a marcharse cuando sus once hermanos emprendieron la huida al norte de California.
Hernán García Crespo, L. A. Cetto, Valle de Guadalupe, Ensenada, California, 2013. Wikimedia Commons 2.0.
En todo ese recorrido mental por su linaje de Samarines no aparecían los visitantes que buscaban la selfie ideal en el atardecer, los connaisseurs que venían de las grandes ciudades a explicarle cómo debía vinificar ni la condescendencia de los sommeliers que pretendían desmenuzar los aromas y sabores de su vino.
El panorama del Valle de Guadalupe se había vuelto irreconocible para él. Lo que recordaba en su niñez como un paraje meramente agrícola, se había poblado de restaurantes exclusivos, hoteles boutique y bares disfrazados de proyectos vinícolas. Veinte años habían pasado desde ese crecimiento exponencial que alcalde tras alcalde habían tildado de “progreso”, que, decía Iván, no era más que una explotación voraz e ilimitada porque ese “progreso” nunca es suficiente.
Más de cien años después de la llegada del bisabuelo, se veía ahí, diminuto y empequeñecido, cediendo una y otra vez lo poco que poseía a los caprichos de los consumidores: sus botellas, sus instalaciones, su paciencia.
El visitante echó un vistazo a su alrededor. Caminó esquivando las herramientas al tiempo que se sacudía las manos. A pesar de que su rostro estaba cubierto a medias por unos lentes oscuros, había algo en el rictus de su boca que desconcertaba a Iván. Calculó que tendría alrededor de cuarenta años, tal vez, unos veinticinco menos que él. Por un momento se preguntó si finalmente había llegado el día en el que la maña le exigiera derecho de piso.
No vendría solo, pensó en un inicio. Tampoco quiso arriesgarse y optó por atenderlo como si de cualquier cliente se tratara. —¿Quiere probar algún vino en especial o viene a comprar una botella? —Esto es Viñedo Samarín, ¿cierto? —respondió el visitante con la mirada fija en la bodega de barricas. —Así es. Iván Samarín, mucho gusto.
El hombre estrechó con desinterés la mano que Iván le tendió. Aceptó probar los vinos, sólo los tintos, y preguntó por el precio de la degustación y de cada etiqueta. En la vinícola sólo se producían tres tintos y uno rosado. Para ese momento de la conversación, Samarín supo que el hombre iba solo, que había dejado el auto en el estacionamiento y que debía conducir de regreso a la ciudad. Cuando lo vio rodear el cuerpo de la copa con la palma de la mano en lugar de sostenerla por el tallo, desechó la idea de que el hombre tuviera un interés genuino por el vino. —¿Ya había escuchado de nosotros? —Mucho. Su negocio de vinos artesanales nos ha interesado desde hace algún tiempo.
Josef Rudolf Witzel, Restaurante vienés Jugned, Munich,1891. Los Angeles County Museum of Art, dominio público.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Nos. Ese plural incluía a más gente que había discutido sobre él y sobre temas que ignoraba, pero que a todas luces no quería en boca de personas así. Ni siquiera tuvo interés en hacer hincapié en cómo su producción no era “artesanal”, término ofensivo para cualquiera que no haga vino en la cochera de su casa. —¿De cuánto es su producción?
El hombre paseaba con los brazos cruzados por la bodega de barricas, rozándolas con la yema de los dedos antes de volver a sacudirse el polvo. —Aproximadamente ochenta barricas. —Ochenta barricas son dieciocho mil litros. Veinticuatro mil botellas. Dos mil cajas.
Samarín asintió desde su sitio, sorprendido por la agilidad matemática del individuo y por su conocimiento del contenido de botellas y cajas. —¿Y lo hace solo?
Aunque la pregunta lo hizo sentir incómodo y poco tenía que ver con la calidad del vino, respondió con la verdad. Tenía tres empleados de planta y algunos más, temporales, durante la vendimia. —Todos ellos incorporados al Seguro Social, ¿cierto?
Irguió la espalda mientras se alisaba el bigote sin responder. Envalentonado, acomodó el ala de su sombrero con la mano derecha y colocó la izquierda en la hebilla de su cinturón. —¿Ya me vas a decir quién chingados eres y a qué viniste a mi terreno? —Licenciado Abúndez, caballero. Sistema de Administración Tributaria. Usted ha fallado sistemáticamente en sus obligaciones como contribuyente y me veo en la penosa necesidad de colocar los sellos de clausura en su negocio. No tiene de qué preocuparse, en cuanto cubra el monto de la multa y los impuestos retroactivos, podrá volver a operar con normalidad.
Su mano temblorosa recibió la hoja. Recorrió con la mirada los renglones de líneas mal impresas: 26.5 % de impuesto especial sobre producción y servicios, 16 % de impuesto al valor agregado. Le ahorraron el cálculo y leyó la cantidad escrita a mano. Hijo de puta, pensó. Hijo de la gran puta. —No se angustie, señor Samarín. Sé que para usted y varios de sus vecinos es difícil asimilar la noticia, pero si se unen quizás podrían llegar a un acuerdo con la autoridad. Hable con los Dalgoff, los Samaduroff y los Kachirisky. Su situación es la misma.
Qué mierda iba a hablar él con Kachirisky después del engaño con aquel deslinde en el que le robó casi mil metros de terreno. Rata asquerosa, como rata era el sistema que venía a robarle y que nunca le había aportado nada: él había pagado la instalación de los servicios en sus tierras, él había comprado sus postes de luz, él pagaba su propio servicio de recolección de basura. La policía jamás había aparecido cuando le robaban el cable de cobre y las piezas de acero que terminaban vendiéndose por kilo en algún deshuesadero. —Es el patrimonio de mi vida, de mi bisabuelo. Es mi trabajo, la historia de mi familia está aquí. ¿De qué voy a vivir? —Tal vez si vendiera una porción de su terreno podría pagarlo, señor Samarín. Los terrenos en el área han adquirido gran plusvalía y quizás podría negociar la cesión de una de sus hectáreas. Podríamos incluso ponderar que usted no corriera con los gastos notariales. Piénselo.
Vender el terreno de su Deda. Regalarlo. Cuatro generaciones mantuvieron esa tierra para que él viniera a malbaratarla. Si habían sobrevivido al zarismo no era para venir a sucumbir a otro gobierno de sanguijuelas. Lacras. Vividores. Fugaces pensamientos sobre la resistencia de los Samarines bullían en Iván mientras empuñaba con fuerza el bastón de acero inoxidable que había retirado del paso del hombre para que pudiera entrar a husmear a placer. Cabrón, abusivo, ratero. Una sensación irrefrenable de calor le invadió cada extremidad y así, tan molokan y pacifista como fueron sus ancestros, conoció un sentimiento de furia que desembocó en un golpe seco, un batazo de acero en la base de la nuca del licenciado Abúndez.
El hombre se desplomó de cara al piso. La sangre se deslizó por su cuello hasta formar un charco denso y viscoso sobre el cemento. Era, sin lugar a dudas, un cadáver, pensó Samarín. Arrodillado y con el rostro entre las manos, lloró ante la posibilidad del encierro; vio sus últimos años, décadas, en una celda pestilente habitada por delincuentes. Qué hiciste, Iván, qué carajos hiciste. El llanto se intensificó mientras imaginaba los aromas con que habría de convivir en el hacinamiento y la podredumbre.
John Thomson, naturaleza muerta con fruta, Hong Kong, 1981. Wellcome Collection, dominio público.
Pero nadie lo había visto hablar con Abúndez. No tenía por qué renunciar a todo, se dijo, no sería él quien ensuciara la tradición de los Samarines y menos por esa punta de ladrones. Las ideas se le acomodaron, una tras otra, como fichas de dominó. Cómo deshacerse de un cuerpo, cómo desaparecer noventa kilos de persona, se preguntaba. Ideó escenarios: descuartizarlo con la sierra circular, sumergirlo en sosa cáustica. No. Todo dejaría evidencias. En una carrera contra el anochecer y la lluvia, se enfundó un par de guantes de hule en las manos antes de buscar las llaves en el pantalón de Abúndez y corrió hacia el estacionamiento para mover el coche colina arriba hasta la plancha de cemento donde yacía el licenciado. Lo acercó en reversa tanto como pudo con la cajuela abierta: el cuerpo lánguido se enredaba en el suyo, un pulpo gigante bañado en sangre y colonia barata. Una vez colocado ahí dentro, impulsado por una extraña curiosidad, le retiró las gafas estrelladas. Se encontró con la mirada perdida del muerto, con su gesto vacío e insignificante. —Escuincle pendejo —increpó al cadáver en voz alta—. Escuincle pendejo.
De la guantera sacó la póliza de seguro del carro y una pluma. En el dorso de la hoja escribió, con la mano izquierda y en mayúsculas, CHIBATO. Así, con be, para ser otro. Otro que también fuera capaz de matar, pero que a ojos de los peritos sería zurdo y vengativo, tendría poca educación y muchas ganas de castigar a Abúndez por hablador.
Las primeras gotas de lluvia se desprendieron. Emisarias de la tromba que se avecinaba, eran el anuncio de que había poco tiempo para mover el auto antes de que la terracería se anegara por completo. Condujo hacia la carretera federal, pero antes de llegar se detuvo de golpe para tomar una decisión: en el camino vecinal sin pavimentar, giró a la derecha y rodeó su propio viñedo hasta llegar al de Kachirisky. Abandonó el coche junto a la entrada del terreno, en el predio que su vecino se había autoadjudicado años atrás, para luego escabullirse entre los viñedos a pie.
El charco de sangre seguía ahí, en el centro de la bodega, junto con las líneas del cuerpo brevemente arrastrado hacia afuera. La mancha había penetrado en los poros del concreto. Se quedaría grabada, intacta y visible, imposible de explicar. No tenía cloro y ni la sosa ni el ácido cítrico ni la gasolina blanca lograrían retirarla. Si la trapeaba, tendría que deshacerse de los trapos ensangrentados. Qué hiciste, Iván, qué hiciste.
Gruesas gotas de lluvia le escurrían por el sombrero. Se guareció entre las máquinas con la mancha todavía en mente. De la embotelladora se filtraba el remanente de lo que no había alcanzado a limpiar cuando fue interrumpido: un pequeño charco tinto se había formado entre múltiples salpicaduras añejas cuyas tonalidades púrpuras jamás abandonarían el gris del cemento.
Ese día hubo una fuga ocasionada por un desperfecto en dos tanques de fermentación de Viñedos Samarín. Cuatro mil fragantes litros de nebbiolo carmín inundaron la bodega entera y el patio de vendimia hasta formar un río que desembocó en la carretera federal tres.
Imagen de portada: John Thomson, naturaleza muerta con fruta, Hong Kong, 1981. Wellcome Collection, dominio público.