dossier Rojo FEB.2025

Bernardo Esquinca

Las pesadillas que soñamos despiertos

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Conservo recortes de periódicos de nota roja, sucesos extraños que llaman mi atención. No los veo como fuente de inspiración para una historia, sino como un recordatorio de que la realidad siempre supera a la ficción. La certeza de que existe una entidad superior que mueve los hilos con propósitos que nos rebasan. La idea es aterradora, pero me abisma aún más pensar que las cosas ocurren por azar. Tiene que haber un designio, un objetivo ulterior. Viene a mi memoria una noticia que ocupaba un espacio pequeño en el mar de crímenes y hechos sangrientos: un hombre que caminaba por el centro de la ciudad se detuvo para que una gitana le leyera el tarot. En plena sesión se desprendió un pedazo de cornisa de un edi­fi­cio viejo y cayó sobre la cabeza del hombre, matándolo. Esta anécdota me ha inquietado durante años; diversas preguntas han rondado mi mente de manera obsesiva: si la persona no se hubiera detenido, ¿habría muerto de todos modos, atropellada en la siguiente esquina? ¿Esa cita con la gitana estaba pactada desde que el hombre nació o fue un acontecimiento repentino, quizá porque tomó esa calle por error, confundido por la nomenclatura cambiante de la urbe? ¿Qué era lo que lo turbaba? ¿Qué necesitaba preguntarle al tarot? Y, sobre todo, una duda que a veces no me deja dormir: ¿cuál fue la última carta que la gitana le mostró antes de que el fragmento de piedra se desprendiera?

José Guadalupe Posada, Muy interesante noticia de los cuatro asesinatos por el desgraciado Antonio Sánchez, 1907. Imprenta de Antonio Vanegas Arroyo. Amon Carter Museum of American Art, Fort Worth, Texas, dominio público.

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En el principio fueron los monstruos.

​ Hacia finales del siglo XIX México era un país que oscilaba entre la modernidad y la violencia atávica. Por un lado, el telégrafo, el ferrocarril y la luz eléctrica cambiaban el rostro de una nación que se inspiraba en el modelo europeo; por otro, las pulsiones más oscuras del “México bárbaro” —como lo llamó el periodista John Kenneth Turner— teñían las casas, los tugurios y las calles de sangre. En este contexto, surgió una alianza entre dos personajes que serían claves en el nacimiento de lo que hoy en día se denomina como nota roja. El editor Antonio Vanegas Arroyo y el grabador José Guadalupe Posada unieron visiones y talentos para crear una serie de hojas volantes que informaban a la población de “terribilísimos sucesos”. El contenido de esas publicaciones era noticioso, refería a crímenes de la vida cotidiana; sin embargo, en muchas ocasiones pertenecía a un territorio ambiguo, donde la realidad se mezclaba con la fantasía y, sobre todo, con el folclor nacional. Un ejemplo es la hoja volante titulada “Suceso Nunca Visto. Rosa la Bruja. ¡¡Una mujer que se divide en dos mitades, convirtiéndose en serpiente y en esfera de fuego!!”. El texto que acompaña a la ilustración de Posada relata la historia de Leobardo Díaz, un tocinero que durante la madrugada descubre la auténtica naturaleza de su esposa: “Dos piernas sin estar unidas a cuerpo alguno se hallaban en la cama”. Mientras asimila este escalofriante hallazgo, Leobardo ve que en la habitación hay, además, una culebra con alas que arroja chispas por la boca. “La horrible serpiente”, continúa el relato, “convirtióse de repente en el medio cuerpo de Rosa y, como atraída por un imán, se unió a las piernas que estaban en la cama.” Estas hojas volantes, es importante recalcar, no se vendían con propósitos literarios, sino informativos, lo que evidencia la estrecha relación de los orígenes de la nota roja con el imaginario fantástico.

​ Incluso cuando publicaba sucesos más apegados a la realidad, el trabajo de la dupla Vanegas Arroyo-Posada no podía sustraerse de su inclinación hacia la ficción: “Muy interesante noticia de los cuatro asesinatos por el desgraciado Antonio Sánchez en el pueblo de San José Iturbide, estado de Guanajuato, quien después del horrible crimen se comió los restos de su propio hijo”. El texto narra la historia de un apostador que pierde su casa durante una parranda. Tras la juerga, Antonio acude a su hogar en busca de los documentos de la propiedad que le entregaría al individuo que se la ganó, pero sus padres se niegan a dárselos. Enfurecido, “arrojando por los inyectados ojos mil rayos de ese fulgor siniestro que engendra en las almas depravadas el nefando espíritu de la soberbia”, Antonio toma un hacha y asesina a sus padres, a su esposa y a su hijo, que duerme en la cuna, y “a quien divide en cuatro partes con sólo dos hachazos”. Cuando las autoridades llegan al “teatro de aquel inaudito suceso”, se horrorizan al ver al asesino “devorando tranquilamente el cadáver de su propio hijo”. En el grabado de Posada que ilustra el relato se ve al parricida, filicida y antropófago rodeado de los cuerpos desmembrados de sus víctimas, mientras clava los dientes en el vientre de su hijo. La escena está acompañada por un detalle recurrente en los grabados de Posada para las hojas volantes: la presencia de dos demonios alados, testigos del crimen, pero también —como parece sugerir el propio artista— instigadores de una maldad que no es natural de este mundo: ocurre por injerencia del diablo.

José Guadalupe Posada, Los roba-chicos en acción, ca. 1880-1910. Metropolitan Museum of Art, dominio público.

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Las leyendas, tan arraigadas en México desde tiempos prehispánicos, resultaron fundamentales para la nota roja surgida durante el porfiriato; también cobraron importancia los sucedidos populares en aquella época. Uno de ellos era el de Pachita la Alfajorera, una infeliz anciana que iba por las calles de la capital vendiendo su mercancía y anunciándola con un canto, tan desafinado como desagradable, que perturbaba la tranquilidad de la ciudad decimonónica. Como era lógico, pocos se acercaban a comprarle dulces, lo que exacerbaba el mal carácter de la vieja, quien se ponía a decir leperadas a diestra y siniestra, convirtiéndose en un personaje incómodo al que todos preferían evitar, pero del que era imposible librarse, pues su escalofriante voz se escuchaba aunque la gente estuviera encerrada en su casa a piedra y lodo. Era como una maldición, que incluso se hizo presente después de muerta. En 1893 el periódico Gil Blas dio la noticia de que Pachita se aparecía en el barrio de la Palma para aterrorizar a sus antiguos vecinos, vestida con su característico atuendo: un sombrero de ala ancha y copa alta y un rebozo anudado a las caderas. La gente le tenía miedo porque su lamento, ahora venido del más allá, contenía ecos macabros de la Llorona. El redactor de la noticia, poco receptivo de los profundos efectos del folclor en el ánimo de los me­xicanos, se burlaba de la situación: “Lo que más espanta de este espantoso espanto es la credulidad espantosa de nuestro pueblo”. Curiosamente, era común que los periódicos de finales del siglo XIX publicaran notas sobre fantasmas, como los que se aparecían en las calles de Moneda, Amargura y Rejas de la Concepción, así como en el puente del Cuervo, no sólo porque eso contribuía a las ventas, también porque los espectros y sus visitas al mundo de los vivos eran un tema de conversación cotidiana entre los habitantes de la ciudad. El espiritismo estaba en boga en aquella época y era considerado una forma de conocimiento, incluso había publicaciones dedicadas a esta doctrina, como la revista titulada La ilustración espírita.

​ El detalle más importante sobre el personaje de Pachita la Alfajorera, que la inscribe definitivamente en la nota roja, lo otorga Ciro B. Ceballos en sus memorias Panorama mexicano 1890-1910: lo que vendía la anciana eran dulces “fabricados con tuétanos de muertos”. El temor a la mujer que cocina partes humanas como ingredientes tiene una antigua raigambre; Pachita la Alfajorera es el antecedente de la famosa “tamalera”, un personaje que sigue apareciendo en la memoria de distintas generaciones, ya convertido en leyenda urbana, y que ha ido mutando porque, como explicó Isabel Quiñones, “una leyenda no es un texto, es un organismo vivo, late en boca de quienes la cuentan y enriquecen”. Lo que suele decirse es que había en la ciudad una mujer que vendía tamales hechos de carne humana, de manera similar a como actuaba la compañera de Sweeney Todd, el barbero degollador victoriano, que cocinaba pasteles con los restos de las víctimas de su pareja. Al igual que Pachita, la historia de la “tamalera” tiene un origen real, que luego fue distorsionado por el imaginario popular. El 20 de julio de 1971 los habitantes de la capital se despertaron con una noticia que acaparaba los periódicos: Trinidad Ramírez había sido detenida en la colonia Portales por el asesinato y descuartizamiento de su esposo, a quien mató con un hacha en represalia por maltratar a sus hijos. Le cortó las piernas y la cabeza y luego lo metió en un costal, que ocultó debajo de su cama. Como la cabeza no cupo en el costal, decidió hervirla en una olla para tamales, que después escondió en un cuartucho que utilizaba de bodega. Trinidad nunca usó los restos de su esposo para preparar comida, pero se dedicaba a vender tamales y eso bastó para que naciera la conseja que circula hasta nuestros días. Algo parecido ocurrió con las leyendas urbanas del “dedo humano en la botella de Coca-Cola” y “la rata empanizada en Kentucky Fried Chicken”, muy populares durante la década de los ochenta, que inocularon a miles de personas con el virus más eficaz: las historias que se cuentan de boca en boca y que no necesitan —ni buscan— su verificación para ser consideradas auténticas.

José Guadalupe Posada, “La aparición del espíritu de don Juan Manuel a Pachita la Alfajorera”, Gaceta Callejera, 4 de agosto de 1893, núm. 10, s.p. Metropolitan Museum of Art, dominio público.

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Como la nota roja ha tenido desde su origen una mezcla casi natural —o más bien sobrenatural— con lo fantástico, su fusión con la literatura era inevitable. Los escritores de lo macabro, que suelen estar atentos a las pulsiones sociales y a los miedos generacionales, se han nutrido de ellos para producir resultados interesantes. El ejemplo más emblemático está relacionado con los temores de una época en especial y con la psicosis creada por los medios de comunicación, la prensa de nota roja en particular.

​ La década de los cuarenta del siglo XX estuvo marcada por un miedo social específico: el robo de niños. La Ciudad de México se transformaba en una urbe extensa y moderna, pero al mismo tiempo era percibida por sus habitantes como un lugar hostil, lleno de peligros. La radio y los periódicos hacían eco constante de las noticias relacionadas con la temida figura del “robachicos”, desatando un pánico que alcanzó su paroxismo en 1945 con el famoso caso del niño Bohigas. Fernandito —como le llamó medio México una vez que la noticia de su secuestro explotó en los medios de comunicación— era un niño de dos años, perteneciente a una familia de clase media, que vivía en la colonia Juárez. El 4 de octubre de ese año, cuando su madre y él regresaban al edificio de Liverpool 88 donde tenían su departamento, se les acercó un muchacho de doce años que, aunque no vivía allí, era una figura familiar porque solía jugar con los niños del barrio. El muchacho pidió permiso para entretener a Fernandito con sus trucos habituales: imitar a un chango subido a un árbol y bramar como Tarzán. La madre aceptó y subió a su casa, dejando al niño en el área común de la planta baja. Media hora después la portera le informó que su hijo había desaparecido. Así inició un melodrama que la sociedad siguió paso a paso en las noticias y un despliegue policial sin precedentes para la búsqueda de un niño. Fernandito fue encontrado seis meses después en una casa de la colonia Moctezuma; lo había secuestrado María Elena Rivera, una mujer de veintinueve años que no podía tener hijos y quien declaró con cinismo a la policía: “El niño me gustó desde que lo vi”. A pesar de su final feliz, el caso Bohigas consolidó el trauma que la sociedad tenía sobre el robo de niños: se produjeron películas —una protagonizada por el propio Fernandito—, obras de teatro, historietas, anuncios publicitarios y programas de radio que ahondaban en el tema.

​ Veintisiete años después, José Emilio Pacheco publicó “Tenga para que se entretenga”, su cuento más conocido, en el que un niño desaparece en el bosque de Chapultepec de la mano de un misterioso hombre que sale de un agujero situado en las faldas del cerro. El sujeto, que viste uniforme azul con motivos dorados, que habla con acento alemán y tiene barba, le pide permiso a la madre para llevar al niño a conocer el túnel donde habita. Ante el entusiasmo del hijo, la madre consiente. El hombre, recordará la mujer después, era extrañamente pálido, “como un caracol fuera de su concha”. El tiempo pasa sin que regresen, así que la madre pide ayuda a unos toreros que se encuentran cerca. Cuando revisan la zona, ya es demasiado tarde: el agujero ha desaparecido y no hay rastro ni del hombre misterioso ni del niño. Al igual que en el caso Bohigas —del que resulta evidente que Pacheco se inspiró: su relato está ubicado en los años cuarenta—, se desata una gran búsqueda, aunque con resultado diferente. El niño nunca aparece y la madre, enloquecida, pasa los días en Chapultepec con la esperanza de que su hijo le sea devuelto por ese sujeto fantasmal que, en aquella tarde fatídica, le dejó una rosa negra y un ejemplar de La Gaceta del Imperio con fecha de 1866.

​ Esta historia tiene un interesante colofón. La única vez que pude conversar con José Emilio Pacheco en persona, durante alguna de las ediciones de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, el autor de El principio del placer me platicó que, en cierta ocasión, mientras viajaba en un taxi por los alrededores de Chapultepec, el chofer le relató la anécdota de un niño que había desaparecido en el bosque años atrás. Palabras más, palabras menos, el conductor le contó su propio cuento como si en realidad hubiera ocurrido y, por supuesto, sin tener la menor idea de que conversaba con el autor de dicho relato…

​ Y he aquí lo más significativo, algo que nos trae de vuelta al tema central de este texto. Lo que ocurrió dentro de ese taxi fue un fenómeno al que deberían aspirar todos los escritores: que sus historias sean contadas como leyendas urbanas sin importar quién las escribió, recibiendo así el reconocimiento máximo: ser asimiladas por el imaginario popular.

Extraña escena de la muerte de John Irving Bentley (1874-1966), 6 de diciembre de 1966. Fotografía del investigador forense John Dec. Wikimedia Commons, dominio público.

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Conservo una noticia fechada el 18 de agosto del 2009. Sucedió en la colonia Condesa, en la calle Pachuca y en el número 15. “Se calcina un señor en su cama.” La imagen que acompaña la nota muestra el exterior de la vivienda, la fachada de un edificio ruinoso. El reportero narra el hallazgo del cadáver de una persona con quemaduras en todo el cuerpo. Óscar Suárez, de 64 años, fue encontrado por su familia hacia las siete de la mañana; estaba recostado sobre las sábanas, con heridas visibles en la piel y sin signos vitales. Lo extraño fue que en la habitación no había rastro de ningún incendio. Nada más que el cuerpo del hombre estaba quemado. Sus familiares reportaron a la policía que vieron a Óscar llegar a la casa de madrugada y que se fue a acostar en perfectas condiciones. Los paramédicos que acudieron al lugar no pudieron precisar la causa exacta de su muerte. “El hombre presenta graves quemaduras, pero no sabemos qué las originaron”, declaró uno de ellos. Mi mente, acostumbrada a buscar explicaciones sobrenaturales allí donde la ciencia falla, ha especulado al respecto. ¿Se trata de la prueba de que los vampiros existen? ¿Era Óscar un redivivo que se descuidó, dejó las cortinas abiertas y fue sorprendido por los rayos de Sol, que lo calcinaron? En su relato “Vlad”, Carlos Fuentes sitúa a su milenario vampiro en la colonia Roma, vecina de la Condesa. ¿Casualidad? Sé que esta teoría es descabellada, pero tengo una mejor: lo que revela esa noticia misteriosa es que la combustión humana espontánea es real. Hay pocos casos registrados, incluido el más famoso: John Irving Bentley, un médico de Pensilvania, apareció calcinado sin motivo alguno en el baño de su casa en 1966. Existe una siniestra fotografía que registra lo que quedó del anciano de 92 años: una pila de cenizas y el pie derecho, enfundado en una zapatilla. Han pasado quince años del incidente en la Condesa y estoy convencido de que fue eso: un caso de combustión humana espontánea, que suele ocurrir en personas de la tercera edad.

​ Ante el crimen y la tragedia necesitamos explicaciones. De lo contrario sólo nos queda aceptar que estamos inmersos en un mundo incomprensible, más parecido al territorio de las pesadillas que a lo que llamamos “realidad”. Justo allí reside el punto donde la nota roja y lo fantástico se han complementado desde tiempos remotos. La hoja volante de Vanegas Arroyo y Posada sobre la mujer que se convierte en bruja lo resume bien. El esposo, aterrado ante la visión de la serpiente alada que recupera su forma humana, experimenta lo mismo que todos nosotros cuando nos topamos con una noticia extraordinaria: “Sueño se le figuraba”.

Luis Cruz, “Se calcina un señor en su cama”, Periódico Metro, 18 de agosto de 2009. Cortesía de Bernardo Esquinca.

Imagen de portada: José Guadalupe Posada, “La aparición del espíritu de don Juan Manuel a Pachita la Alfajorera”, Gaceta Callejera, 4 de agosto de 1893, núm. 10, s.p. Metropolitan Museum of Art, dominio público.