Sobremigrar
Leer pdfSalvo el desplazamiento, no he conocido otro lugar. Hace siglos que las indígenas venimos a este mundo como si nacer fuera una vergüenza.
Mi carne se gestó en las montañas de Veracruz, en Coscomatepec de Bravo (para ser exactas), pero ya mis células cargaban la sabiduría de mi abuela zapoteca, quien migró junto con su esposo a la frontera del estado, en Tuxtepec (escapando de su propia familia). En fin, a lo que iba. Mi carne se gestó en las montañas cafetaleras junto al Pico de Orizaba. Cuando yo iba a nacer, mi madre tuvo que bajar a Córdoba hasta la puerta maltrecha de un baño público en una clínica del ISSSTE: me asomé a este mundo en un excusado de gobierno, desplazada de mi lugar de origen. A mí me hubiera gustado asomar la cabeza por primera vez en el camión que trasladó a mi madre sola y desde el que se contemplaba la infinitud de la neblina y de la selva junto al volcán. Hace siglos que los indígenas venimos al planeta como si nacer fuera una vergüenza. Vengo del abandono: del cuerpo de mi madre indígena y negra que, al quedar huérfana de padre, fue puesta en la calle (junto con mi abuela), despojada de todo lo que mi abuelo sastre construyó para su familia. El despojo se llevó también la pensión militar. Sí, mi abuelo materno, al igual que mi padre, se formaron en el ejército.
Quitemos esa cara de asombro, así es la vida. Ser “pobre” debería ser La Culpa, pero todas hemos tenido la misma experiencia en diferentes formas, ¿verdad? La casa donde todas venimos a nacer tiene las mismas cuatro patas: jerarquía, competencia, exclusión y confrontación. No entraré en detalles al respecto. Ustedes pueden hacer cuentas al recordar las interacciones familiares y recapitular las estructuras académicas. O sentir otra vez en el estómago la punzada de alguna humillación en el contexto laboral (si bien nos va). Si no nos va tan bien (pero tampoco tan mal) recordaremos el día en que un adulto llegó por nosotras en lugar de la madre que debió regresar, sana y salva, de aquella apendicitis, antes de que comenzáramos a rodar de mano en mano, desvinculadas del cuerpo que nos dio realidad. Todas hemos vivido lo mismo. Aunque no todas somos iguales. Hay algunas que jamás van a leer esto y otras que nunca abrirán una revista o un ordenador. Ni hablar de quienes nacieron esclavas, ardiendo en infiernos imposibles de imaginar. Pues esta casa de cuatro patas también tiene lugares donde se estanca el agua y se pudre el mundo. Tal vez esta casa no es más que un animal en el que todas vivimos creyendo en el origen: allá donde estaba el volcán era lo mío. Quizá nuestra memoria convierte en volcán un charco plagado de moscas donde está nuestra cama calentada por los propios orines. Todas hemos tenido la misma experiencia ¿verdad?
Les decía del ejército y la formación militar de mi padre, que nos llevó a una vida nómada de sur a norte. Primero llegamos a Torreón. Recuerdo las caminatas nocturnas en la calle Morelos al lado de mi padre y las cenas en La Noria o El Papadopulos. Torreón y la primaria pública donde me señalaron porque usaba las faldas muy rabonas y me exigieron que el largo llegara abajo de la rodilla. Torreón, donde, con falda larga y todo, a don Bernardo (un vecino anciano que tenía una milpa y macheteaba a los perros que la traspasaban) le gustaba violarme. No sé qué hubiera hecho mi padre, siempre armado, si lo hubiera sabido. A su realidad le hubieran macheteado de golpe la pata de la jerarquía. Digan lo que digan, esto nos pasa a todas.
¿No les gusta la cara de india que están viendo frente a la suya? ¿No les gusta la cara de negra? Yo estoy enamorada de mi cara. Mi cara de a deveras. No mi cara de campus, o mi cara de diva, o mi cara de señora ocupada en la oficina, ni mi cara de artista contemporánea. Mi verdadera cara, donde vivo.
Todas venimos a nacer en esta casa de cuatro patas, decía, y una debe saber dónde vive. Decía también que tal vez esta casa es más pequeña de lo que pensamos y que el origen es otro o no está en ninguna parte. Pero hay algo que es nuestro, debe haber algo que lo sea. Esta ilusión de cuatro patas se va a caer. Esta pequeña casa inmunda se irá borrando tiernamente: un vaivén de agua que se acerca a la orilla, limpia lo que se pudre y se va. El destino migrante de las mujeres pobres en América Latina. El rostro de las acorraladas. El rostro de verdad, de Honduras, de Guatemala. Mi vida ha sido la construcción de ese entendimiento. Esta casa se está borrando. Esta casa se destruye hermosamente.
De Torreón viajamos a la frontera con Texas. Una frontera de la que no me gusta ni mencionar el nombre. Un nombre explotado. Un nombre seco cuyo significado está vacío. Ahí llegamos, al desierto, a finales de los ochenta. Yo no tenía ni quince años. Ahí no había problema por vestir falda corta ni por trabajar siendo menor de edad. La industria reclutaba a las niñas en la secundaria: allá iban mis amigas durante las vacaciones, formaditas, a la línea de producción. Los viernes por la tarde, en un centro nocturno cerquita de la maquiladora, hacían tardeadas “para chicas”, esas menores de edad que salían de trabajar agotadas pero empoderadas por el sueldo de viernes. Cada shot de tequila costaba un peso. ¡Sólo entraban chicas! De cuatro de la tarde a nueve de la noche. A las ocho, cuando “las chicas” ya estaban borrachas, comenzaba un show de strippers varones que se quitaban la ropa y colocaban botellas de crema batida a la altura del pene, para rociar las caras de las chicas. A las nueve, como cuento de hadas, la “noche de chicas” desaparecía: abrían las puertas para que entraran los hombres, que pagaban cover. Escogían a la chica que se les antojara: borracha y exhausta. El motel era parte de este centro nocturno, por supuesto, pegadito a las maquiladoras y al Puente Internacional de cruce Zaragoza-Ysleta. Pero qué brillante cultura de la violación en nombre de nuestra libertad sexual hemos vivido.
Nunca quise vivir en Estados Unidos. Nunca. Jamás había pensado tanto en el racismo como cuando comencé a frecuentar este país. No la frontera de Texas, que visitaba desde niña, sino cuando me adentré en esa espesura de relaciones humanas e interacción de idiomas y de clases sociales. Esta casa de cuatro patas no es tan grande como pensamos, en serio. Todas hemos tenido esta experiencia. La primera vez que visité “profesionalmente” Estados Unidos fue para una presentación en la Biblioteca Pública de Nueva York. La persona que traducía mi trabajo al inglés tenía contactos importantes. Así que comencé a navegar en un mundo de arte y cultura inimaginable. La casa es la misma: mismas cuatro patas, perspectiva distinta. En los años dos mil introduje a mi vida ese ir y venir a universidades gringas. En la Universidad Naropa me preguntaban “¿alguna vez te imaginaste llegar hasta aquí?”. ¿Hasta dónde?, pensaba yo. A mí lo de cenar después de una charla universitaria me parecía lo más normal: parte del trabajo que hacemos las escritoras. Pero lo que en verdad estaban preguntado era: qué privilegio te trajo hasta aquí. Para los blancos, como para los criollos en América Latina, el trabajo de una mujer indígena nunca es suficiente. Ellos llevan años arañando las patas de esta casa sin poder trepar a ningún lado.
Decía que nunca quise vivir en Estados Unidos. Nunca. En noviembre del año 2010 me prometí que no regresaría. Jamás, me dije, no tengo a qué volver. Con que mis libros vayan es más que suficiente. Entonces coordinaba la sede de una organización que promovía la escritura autobiográfica entre mujeres. Entregábamos la escritura a mujeres de las zonas más vulnerables de la ciudad. Estados Unidos para qué. Me parecía frívolo vivir como escritora de universidad en universidad, entregada a actos sociales. Siempre me ha gustado la vida de verdad, no la simulación de los campus, como si sumergirse ahí fabricara por dentro la escritura. Tal vez no sé vivir como Dios manda.
Convivía a diario con mujeres que habitaban albergues secretos, refugiadas de sus agresores. Llegaban a escribir conmigo portando collarín, con lesiones frescas en la cara, las bocas y los dientes rotos; intentando escapar. La más prestigiada novelista sentiría envidia de lo que una de ellas fue capaz de escribir sin haber cursado quinto de primaria. Vaya que había vivido y lo había hecho con ese talento natural para observar a través del pulso de su propia escritura. La vi volver con su agresor, escapar de un refugio gubernamental donde el sometimiento y las amenazas de quitarle a sus hijos fueron constantes. Me dejó su cuaderno: todo lo que había escrito me lo puso en las manos, no aguantó más. Ese refugio de mujeres era una cárcel, donde en invierno se racionaba hasta el café mientras que en la oficina administrativa había una cafetera humeante todo el día. Los niños, hacinados en pequeños cuartos, brincaban como gatitos cuando yo entraba a regalarles galletas. En ese albergue yo era la Señora de las Galletas. ¿Estados Unidos qué? Ser la Señora de las Galletas para mí era más que suficiente.
Estados Unidos qué. Me gusta encontrar mi cara en esta casa. No la cara de la vanidad, sino la cara verdadera: la que se expande por dentro de tanto negarla, agonizante. Recibir a mujeres con la boca rota, el hombro dislocado, el cuello en reparación; saber que estaban hartas de lo que siempre se repite. Lo que las llevaba a los refugios no era una relación tóxica, sino lo mismo que vivieron sus abuelas, sus madres y sus bisabuelas. Ellas iban a terminar con eso. Se habían puesto en contra de esta casa: daban su vida por defender la vida. El gobierno no encontró otra solución que encerrarlas para protegerlas. Los agresores tenían poder. Tenían armas; brazos armados recorriendo la ciudad. Yo tomaba un camión a las cinco de la mañana y dos horas y media después llegaba a mi destino. De ahí caminaba media hora hasta llegar al refugio “secreto” para que los niños brincaran gritando “¡la Señora de las Galletas!”.
A las que administraban el refugio no les gustó lo que las mujeres escribieron junto a la Señora de las Galletas. Las asustó verse sin máscara en esos escritos; sus administraciones de miseria.
Qué iba yo a pensar en Estados Unidos si yo creía que allá, donde estaban las bocas reventadas, estaba lo mío. Ése era mi rostro. Ahí quería estar. Embelesada. Ahí, donde Marisela Escobedo desfilaba desnuda frente a la ventana del camión, mientras yo me dirigía a la cárcel municipal a escribir junto a otras mujeres. Era mi lugar. Donde sucedían 35 asesinatos diarios y los hombres se abanicaban el susto repegándose a niñas indígenas, a las que apretaban por la cintura al ritmo de música ranchera en una bodega que servía de cantina/salón de baile en la calle La Paz: “cobran cinco pesos porque en ningún otro lado las dejan trabajar”. Todos. Todos saben de qué lugar les hablo. Todos iban a repegarse ahí: porque podían. El embeleso es ciego.
Comencé a recibir amenazas. Era el sexenio de Calderón: tantas recibíamos amenazas. Asesinaron a Susana Chávez y aventaron su cuerpo a dos cuadras de donde yo vivía. “La dejaron con las nalgas de fuera”, me contó uno de esos a los que les gusta violar; parecía fascinado por los acontecimientos, exaltado.
En ese momento, en mí comenzó a avanzar el silencio. Como un mar pesado, profundo, creciendo despacito. Igual que ahora.
Me fui porque resultó que mi vida valía más que ese infierno. Me fui porque desconocí ese rostro verdadero descomponiéndose en muerte. Esa casa de cuatro patas, en la que también se pudre el agua y avanzan los insectos, mandaba mensajeros para señalarme. Igual que señaló y marcó la puerta de tantas otras compañeras. Era marzo, mes de los asesinatos y las amenazas contra activistas a las que esta guerra (por décadas) ha utilizado como ejemplo. Un diez de marzo del 2011 cerré la puerta de la casa a la que (afortunadamente) nunca regresé. Unos amigos habían llegado a la ciudad para darme refugio y dormí junto a ellos esa noche. Al día siguiente los amigos me alimentaron y después crucé el puente libre hacia Estados Unidos. En la fila de cruce también se formaron adolescentes que me amenazaron durante la espera. ¿Estados Unidos qué? Al agente migratorio le dije que iba a desayunar con una amiga, como solía hacerlo cada fin de semana. Mi amiga me esperaba del otro lado. Así son las amigas: cuando la llamé la noche anterior sólo dije “ve por mí al puente” y no tuve que explicarle más. ¿Estados Unidos qué? Me detuve en la puerta antes de salir de las oficinas del puente para que los adolescentes (halcones, niños desechables) se adelantaran y caminé detrás de ellos para desviarme en el estacionamiento. Mi amiga abrió la puerta del carro. Entré y me tiré al piso mientras le pedía que arrancara. Ya en la calle pasamos junto a los halcones. “¿Les tomo foto?”, preguntó mi amiga. No sé de dónde saqué tanta frialdad.
El proceso de asilo político ocurrió en tiempo récord. Conocí mi rostro en shock. Mi rostro de terror a la vida. Mi rostro que era un grito de estrés constante. Viví tres meses en una cochera en el desierto. Viajé en el carro de otro amigo a Los Ángeles huyendo de mi propia familia. Y me refugié en una minicasa rodante que primero fue un capullo donde yo hablaba sola todo el día. Después se convirtió en algo parecido a un sarcófago. Decía que mi proceso de asilo sucedió en tiempo récord. Una abogada especialista en asilo político me representó sin cobrar un centavo. Yo era incapaz de notarlo, pero mi rostro era el rostro espléndido de la compasión. ¿Estados Unidos qué? Amigos tradujeron los documentos. Amigos me llevaron a terapia. Amigos organizaron la escritura de cartas en mi favor. Amigos brindaron por mí en una montaña cuando ganamos el caso de asilo. Y a mí, mi verdadera cara me daba vergüenza. Me daba culpa mi capacidad para construir tanto amor. Mi mente había quedado prendada de la matanza. Del nido de cobardes. De las niñas reventadas en la ciudad. Esta casa de cuatro patas me había excluido. Me había arrancado a mí de mí. Ahí estuve por años. Detestaba ser vista. No quería más que estar fuera del mundo, incapaz de aceptar y compartir amor. En el proceso publiqué dos libros e hice un performance. A éste, con los ojos vendados, también fueron todos los amigos.
En este momento resuena en mi cabeza la línea de un poema: “yo me sumerjo ahí/ en ti/ hacia abajo/ hacia adentro/ vierto el contenido de una urna”. Algo así me pasaba. Lo único que podía entregar era ceniza, ceniza de lo que alguna vez fue un cuerpo. Cerré mis correos electrónicos y mis redes sociales. Aunque todo un país de amigos quería quererme, yo conversaba con muy pocos. Terminé muchas relaciones. Prefería desaparecer a verme desaparecer.
Mi vida era más grande de lo que yo intuía y, por lo visto, esta casa de cuatro patas era mucho más chica de lo que pensaba. Y se va a caer. Se va a caer. Una vez, visitando a las fundadoras de la primera universidad palestina, en Ramala, me senté en la sala (frente a la limonada que me sirvieron) y una de ellas comentó: ahí mismo se sentaba Mahmoud Darwish. Se me derrumbó todo. Se me desmoronó el mundo. Se me desmoronó la realidad. ¿Dónde estoy? ¿Cómo llegué aquí? ¿Qué es esto que llamamos La Vida?
En cuanto al exilio, hay amigos que piensan que me “echaron”. A mí me gusta creer que mi lugar me estaba recibiendo. No me refiero a Estados Unidos, sino a un lugar donde la perplejidad es constante; el lugar que soy yo. El rostro creado por mí. El verdadero. Creado por mí y estimulado por mí para que yo sea la creadora de todo lo que vivo. Me estaba ahogando en un vaso de sangre con tal de no dejar de existir. Todas hemos tenido esta misma experiencia. Dejar de existir es lo mejor del mundo.
Dejar de existir no es desaparecer, sólo es vivir de otra manera. ¿Les importa esta cara?
En el exilio, la vida se repite, como en todas las vidas. En algún lugar de esta ciudad soy otra vez la Señora de las Galletas. En algún lugar de esta ciudad nos reunimos para escribir juntas la propia historia y (por temporadas) todas tenemos miedo. Miedo a las matanzas que perpetran los racistas; miedo a la policía, a los agentes federales, a ser borradas de la realidad sólo por ser mujeres y morenas (igual que ha pasado en América Latina durante siglos). Últimamente el terrorismo mediático nos hace reír. Y, si abrimos las computadoras, escuchamos que los blancos insisten en instaurar la monarquía sobre el continente. Sabemos que los linchamientos no tardan en llegar. ¿Son otros tiempos? Esta pobre casa miserable y estúpida lanza tentáculos de ahogada. Pero se va a caer. Se va a caer.
Este texto es parte del libro documental Estructura, en proceso de escritura.
Imágenes y portada de Alejandro Santiago, 2501 Migrantes, 2007. Fotografías de Gretta Penélope Hernández. Cortesía de la familia del artista y del Colegio de San Ildefonso.