dossier Rojo FEB.2025

Carlos Martínez Assad

Rojo púrpura de Líbano

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“Los hombres rojos” fue el gentilicio que se les dio a los fenicios, cuya expansión comenzó a partir de la ciudad de Tiro, desde donde salían en sus reconocidos navíos confeccionados con madera de cedro, que abundaba en las montañas, y su forma era inconfundible en el mar Mediterráneo. En su recorrido se crearon las escalas de Levante, siguiendo la costa de África hasta el sitio que denominaron Cartago, donde manos humanas construyeron las primeras dos grandes represas unidas, a las que se accedía desde el mar por medio de muelles con un sofisticado sistema de rompeolas, para permitir que en la bahía rectangular atracaran sobre las aguas los navíos comerciales y en una circular se pudieran reparar con rapidez más de doscientas embarcaciones de guerra. ​ Ése fue el recorrido de los fenicios debido a las diferencias entre los hijos de Matán, descendiente de Itobaal, que llevaron a Pigmalión a desterrar a su hermana Elisa, quien huyó por Chipre hasta Cartago en el año 814 antes de la era común. Todo fue originado por la historia de Europa, hija del rey Agenor, quien fue criada entre Tiro y Sidón. En el palacio de su padre, ella tuvo un sueño en el que vio dos continentes con forma de mujer. Una parecía extranjera y luchaba con Asia para arrebatarle a su hija Europa, reclamándola porque la había amamantado y quería ofrecérsela a Zeus.

Relieve de nave fenicio-púnica sobre sarcófago, II d.C. World History Encyclopedia, Creative Commons, 3.0.

​ Por la mañana, al despertarse, Europa realizó su acostumbrado paseo junto al mar con otras jóvenes. Todas llevaban lucidos vestidos bordados, pero sólo los de Europa estaban tejidos por Hefesto con hilos de oro y leyendas olímpicas. Zeus observaba a estas jóvenes y, para burlar la ira de la celosa Hera, urdió un plan. Pidió a su hijo Hermes Olimpo que condujera el ganado del rey Agenor a la orilla del mar de Fenicia y Zeus se transformó en un toro con piel de color oro, se puso una mancha en la frente y se colocó unos cuernos traslúcidos como el cristal. Las jóvenes, al encontrarlo tan atractivo y sin poder resistir a sus encantos, se montaron en su lomo y el toro corrió en medio del oleaje hasta alzarse por los aires como si tuviera alas. Luego, en una sacudida, dejó caer su carga. Sólo Europa pudo sostenerse, con sus manos aferradas a los cuernos.

​ Desesperado por no encontrar a su adorada hija, el rey Agenor envió a su hijo Cadmo a buscarla, acompañado por su hermano Fénix, a cuyo nombre se atribuye el de los fenicios. Por largo tiempo buscaron a Europa sin dar con su paradero y sin adivinar lo que había hecho Zeus, quien, como dios invencible, la inmortalizó al darle su nombre a un continente.

​ Tiro era muy semejante a las ciudades abiertas al mar, como Trípoli, Biblos, Sidón y Beirut, donde se alzaban construcciones para contener el oleaje y atracar sus embarcaciones para el comercio de mercancías; los enseres de vidrio y las telas teñidas con los matices que adquiría el color púrpura eran muy apreciadas.

​ El dios Melkart, llamado el Hércules tirio, de quien Herodoto cuenta haber encontrado el santuario erigido en su honor por los fenicios, estuvo asociado al surgimiento del color púrpura, razón por la que los griegos llamaron a los fenicios “los hombres rojos”. Melkart, enamorado de la ninfa Tyrus, la seguía por todas partes sin que ella respondiera a sus intenciones. Un día, paseando por la playa, Tyrus se encontró con un perro que mordía un caracol y tenía el hocico teñido de un color que ella jamás había visto. La ninfa le dijo a Melkart, quien la seguía como hacía a diario, que correspondería su amor si le regalaba un lienzo de ese color ignoto para lucir una túnica hermosa. El dios reunió, uno a uno, cientos de caracoles múrice (Stramonita haemastoma, Nucella lapillus), los hirvió y los combinó con otros elementos sin lograr el color deseado. Usó vasijas de distintos materiales, como el barro y el cobre, hasta que luego de múltiples combinaciones y de ensayar con varios procedimientos, apareció el color púrpura que exhibía diferentes matices, del rojo profundo al carmesí, hasta alcanzar el violeta o el azul.

Maestro del retablo de los Reyes Católicos, Las bodas de Caná, ca. 1495-1497. National Gallery of Art, dominio público.

​ No queda claro si el dios y la ninfa vivieron su amor, pero el rojo se convirtió en el color de los amantes. Cleopatra lo empleó en sus prendas e hizo teñir la vela mayor del barco de guerra en el que, vestida de Venus, fue al encuentro de Marco Antonio, con las consecuencias conocidas. En Roma, solamente los senadores podían portar una franja de este color sobre sus túnicas y se dejó al emperador la posibilidad de usarlo en cualquiera de sus vestimentas.

​ Debido al púrpura, los tintoreros de Tiro y Sidón ganaron gran fama por todo el Mediterráneo, y la mantuvieron por siglos. Aún Carlomagno encargaba a los artesanos de estas ciudades los paños teñidos para la ropa de sus rituales. La demanda crecía y el púrpura se encareció tanto que la industria languideció por el alto costo de la cantidad de caracoles necesaria para elaborar una libra de tinte.

​ Según el relato Viaje a Oriente de Gérard de Nerval, el río Nahr Ibrahim se tiñe de rojo en primavera para recrear el mito de Adonis, recordado en la estación en que se lloraba la muerte simbólica del favorito de Venus, nacido en Biblos como hijo de Cynire y de Myrrha, hija del rey fenicio. La región del antiguo territorio de Líbano, bañada por el Mediterráneo, ha gozado de renombre por su buena cocina. Un viajero de esos tiempos remotos contaba que en Caná había pan y vino cotidianamente; se comía carne hervida y ganso asado, además de los abundantes alimentos obtenidos por medio de la caza. Por eso allí surgió el que se considera el primer milagro de Jesús: transformar el agua en vino cuando su madre le suplicó que ayudara a la pareja que celebraba su boda.

​ Así, el mito de Adonis está relacionado con el agua teñida de rojo, lo que se explica por la coloración de la tierra, que corría en el río desde la gruta de Afkah. También se le vincula con un afamado platillo elaborado con un pez que nadie se atrevía a comer por la dualidad del rito, que incluía la idea de la muerte. Cuando los turcos por fin se atrevieron a probarlo, descubrieron su riquísimo sabor y llamaron “sultán Ibrahim” al pescado; por ser un producto originario de ese río, se le dio su nombre precedido por uno de los rangos más altos en la jerarquía política del Medio Oriente, confirmando la asociación de la realeza con el color rojo de Líbano.

Jacopo Tintoretto, El milagro del esclavo, 1547-1548. Gallerie dell’Accademia di Venezia, dominio público.

​ En nuestros días aún despiertan asombro las grandes obras de arte que ostentan los matices de este color, que van del rojo profundo al azul y el violeta. Una de sus máximas expresiones son los frescos de Giotto en la Cappella degli Scrovegni, en la región de Véneto, en Italia: los lienzos de las túnicas del propio Jesús y de los santos ostentan la gran luminosidad del color producido por el caracol en la Antigüedad. El tinte se combinaba con otros materiales orgánicos, como flores y bayas, o con azurita para producir azul, que también podía conseguirse con el lapislázuli, pero éste debía traerse de Afga­nistán.

​ Desde luego, el rojo de Tintoretto se acerca mucho a esta sinfonía de colores, como puede apreciarse al contemplar El milagro del esclavo. Aunque se asocie este rojo con la cochinilla de México, es posible que el pintor empleara la tinta de las hembras de los insectos kermes o la raíz de rubia molida. No puede obviarse que su nombre era el de los tintoreros que, en la cuenca del Mediterráneo, procesaban el caracol púrpura para luego ofrecerlo en Venecia, Amberes o Brujas.

​ Gustav Klimt empleó notablemente los matices del púrpura, tal como se expresa en la famosa pintura de El beso, en la que buscó usar el rango colorido y variado que daba el caracol y apenas lo amenizó con pan de oro fino, que es, hasta cierto punto, otro matiz del rojo. Sin duda, abundan ejemplos semejantes en la pintura, pero este cuadro de Klimt me permite imaginar lo que en la Antigüedad producía en el espectador esa gama de colores.

Imagen de portada: Jacopo Tintoretto, El milagro del esclavo, 1547-1548. Gallerie dell’Accademia di Venezia, dominio público.