periódicas Rojo FEB.2025

Rafael Lemus

Notas para un ensayo sobre El libro vacío

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Escribo acá algunas notas con las que después armaré un ensayo sobre El libro vacío.

​ El asunto es elemental: un hombre, José García, desea escribir un libro. ​ El asunto es de lo más complicado: un hombre, José García, desea escribir un libro. ​ Ésta es la anécdota —toda la anécdota— de El libro vacío —y El libro vacío es, por carambola, la novela más sencilla, la novela más imposible, de la literatura mexicana.

​ Explicar: plantada casi a la mitad del siglo XX, es, en una de sus caras, una superficie blanca y lisa que rebota la palabrería de toda esa narrativa nacionalista-regionalista-costumbrista que había venido acumulándose con los años y, de paso, y de una vez, la palabrería de toda esa narrativa urbana-cosmopolita-modernista que Carlos Fuentes está fundando entonces.

​ ¿Del otro lado? Una pieza honda, opaca, colmada de escritura y tan anudada sobre sí misma que tantos años después nadie ha conseguido desatarla.

​ Ampliar. Mejorar.

​ Esta obra parecería haber sido escrita por nadie —como si estuviera allí desde siempre para ilustrar la teoría sobre la muerte del autor— y sin embargo tiene un autor, una autora, y no cualquier autora, Josefina Vicens. Habrá que contar: que Josefina Vicens nació en Villahermosa, Tabasco, en 1911 y que murió en la Ciudad de México setenta y siete años más tarde; que medía menos que Guadalupe Dueñas, pero acaso más que Efrén Hernández, y que fue convenientemente apodada la Peque; que gastó más de mil horas como mecanógrafa y otras mil como taquígrafa en un puñado de oficinas públicas; que escribió sobre toros —no juzgar— bajo el seudónimo de Pepe Faroles; que escribió sobre política como Diógenes García; que maquiló más de noventa guiones cinematográficos; que publicó sólo dos novelas, ésta, en 1958, y Los años falsos, en 1982, cuando ya muchos la creían muerta; que estaba viva; que dos novelas son suficientes; que ya El libro vacío es demasiado.

​ José García. ¿Será necesario decir que su nombre deriva de aquel Faroles y de aquel otro Diógenes? ¿Habrá que agregar que, como aquellos dos seudónimos, este personaje sirvió también a Vicens para ocultarse, y revelarse a medias, y para torcer desde dentro masculinidades? José / Josefina / José.

​ Lo esencial acá será contar que José García es un “hombre mediano”, “igual a millones y millones de hombres”, y que tiene cincuenta y pico años de edad, y que es contador público, y que se consume en una oficina, y que trabaja tiempo completo de lunes a viernes —y medio tiempo los sábados—, y que compra en abonos, y que tuvo una amante, y que tiene dos hijos, y que tiene una esposa que parece soportarlo todo, entenderlo todo, salvo esa rara obsesión de su marido de encerrarse todas las noches en uno de los cuartos del departamento para escribir, o intentar escribir, o fingir que escribe, un libro.

​ Porque José García —habrá que repetirlo— desea escribir un libro. Porque José García desea escribir un libro, y para escribirlo se ha hecho de dos cuadernos: en uno escribe y escribe y escribe cada noche con la esperanza de escribir allí algo bueno, algo válido, que después pueda pasar, “ya cernido y definitivo”, al segundo cuaderno, que será el libro.

​ Lo que leemos —explicar bien— son los trazos que José va dejando en el primer cuaderno.

​ El otro cuaderno es puro blanco —o pura potencia —o pura inminencia.

Josefina Vicens ca. 1960. Álbum familiar de las hermanas Ibarra Vicens. Foto inédita, cortesía de la familia a través de Claudia Loredo y Eduardo Renaud.

​ Son montón las novelas que giran alrededor de un personaje que escribe. Son menos las que se entretienen con un personaje que quiere escribir pero no puede. El libro vacío es las dos novelas al mismo tiempo: José García escribe que no escribe. O escribe para confesar que no escribe. O escribe para demostrarse que no puede, que no sabe, escribir. O escribe para demostrarse que no puede, que no sabe, no escribir.

​ Porque si José García no escribiera, ¿cómo sabría que no puede, que no sabe, escribir? Si no se sentara todas las noches frente a sus dos cuadernos, ¿cómo descubriría que esa noche tampoco es la noche en que acontecerá la escritura? Y si un día dejara al fin de escribir, ¿no sería eso, en realidad, sino otro pretexto, una excusa más, para volver al cuaderno y poder escribir “He parado al fin de escribir”?

​ Hay tanto juego y tanto pliegue y tanto metatexto en El libro vacío que uno podría decir que esta novela inaugura —casi en silencio— nuestro museo posmoderno.

​ ¿Qué escribe José García mientras no escribe? Escribe, por ejemplo: “Yo no quiero escribir. Pero quiero notar que no escribo y quiero que los demás lo noten también. Que sea un dejar de hacerlo, no un hacerlo”. Escribe, por ejemplo: “Ya debe ser muy tarde, porque mi mujer ha encendido la luz. Es su forma de avisarme que se despertó y que debo irme a dormir”. Escribe, por ejemplo: “Hace poco fui al restaurante donde trabaja Margarita, y desde un sitio discreto estuve observándolo, sin que advirtiera mi presencia”.

​ Da gusto, da pena, ver escribir a José García todas las noches.

​ Da gusto porque esas noches son suyas, y no del trabajo ni de la familia, y porque son el momento, la oportunidad única, en que José García podría dejar de ser José García el oficinista, José García el padre de familia, para ser José García a secas.

​ Da pena porque José García ya no puede desprenderse, ni siquiera durante esas noches, de esos otros hombres.

​ Así como nosotros, José se ha hundido en la tupida vida diaria con el objeto de experimentarla y conocerla y después escribirla.

​ Así como nosotros, cuando al fin encuentra tiempo para escribirla, descubre que está exhausto, o que se ha sumergido tanto en ese mundo que ya no puede referirlo, o que los muchos años han terminado por domesticar también su escritura.

​ (Además descubre que, mientras tanto, su vida, ni modo, ha transcurrido.)

​ Reescribir.

​ José García: contador público, Gregorio Samsa por la mañana, Sísifo por la noche. A su servicio.

​ La escritura, pensaba Roland Barthes, no compensa nada, no sublima nada: es sólo un estar aquí, escribiendo, y esa es su sola recompensa.

​ Otra cosa parece pensar José García, quien cada noche desea que la escritura sea simultáneamente un estar aquí y un ir más allá. Quiere que la escritura diga, sí, esta noche y este cuarto y al hombre que mueve la pluma, pero también que opere cierta magia y revele otras voces y lo lleve lejos.

​ Es doble el deseo y son dos, entonces, las decepciones: cuando la escritura dice a José García, José García piensa que la escritura es poca cosa; cuando dice otra cosa, José García piensa que la escritura miente.

​ Decir escritura —tiene razón José, tiene razón Josefina— es decir fracaso.

Josefina Vicens en su labor artística, ca. 1960. Álbum familiar de las hermanas Ibarra Vicens. Foto inédita, cortesía de la familia a través de Claudia Loredo y Eduardo Renaud.

​ Tal vez no es tanto el problema de la escritura como el de la literatura el que atormenta a este hombre. José García no quiere escribir cualquier cosa: quiere escribir literatura, y el asunto es que no sabe —como tampoco sabemos nosotros— qué es literatura. En algún momento José decide escribir una novela —porque eso, vaya, debe de ser literatura— pero, cuando al fin lo intenta, se topa con lo novelesco y no con lo literario. Otra noche imagina un desvergonzado libro autobiográfico, y otra, una mediana colección de meditaciones que algo diga a los otros muchos José García que pueblan el mundo: pero ¿es eso literatura? También piensa José en una solución radical, en un libro sobre nada, un mero agujero sobrevolado por palabras: pero ¿cómo se escribe eso? ¿Cómo se escribe literatura? ¿Cómo se escribe literatura en el cuarto de los tiliches, a la salida de la oficina, sobre un cuaderno que es un cuaderno que es un cuaderno y con escritura que es escritura que es escritura?

​ Esta cita de Thomas Mann: “Un escritor es alguien para quien escribir es más difícil que para el resto de las personas”.

​ Esta otra de Maurice Blanchot: “La necesidad interior de escribir debe ser reprimida y contenida porque, si no, se hace tan amplia que ya no hay sitio ni espacio para que se realice”.

​ Sobre todo ésta de Marguerite Duras: “Escribir es intentar descubrir lo que escribiríamos si escribiésemos”.

​ Encontrarles espacio.

​ Josefina Vicens sabía cosas que José García ignoraba. Sabía, por ejemplo, que la literatura es menos un producto de la escritura que de la lectura y que uno lee como literatura lo que se nos dice que es literatura. Por eso hizo lo que hizo: firmó el urinario —y aquí seguimos nosotros, tantos años después, contemplándolo.

​ Terminar así: Debió de haber sido verdad, debió de haber sido mentira, que un día Josefina Vicens y Juan Rulfo se encontraron y que Juan dijo ​ —Oye, Peque, ¿por qué no publicas otro libro? ​ y que Josefina dijo ​ —Oye, Juan, ¿y por qué no publicas tú otro libro? ​ y que Juan dijo ​ —Pues sí, ¿verdad? y que ambos, no José García, guardaron silencio.

​ Mejor sería no escribir el ensayo.

Imagen de portada: Josefina Vicens en su labor artística, ca. 1960. Álbum familiar de las hermanas Ibarra Vicens. Foto inédita, cortesía de la familia a través de Claudia Loredo y Eduardo Renaud.